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Letras
Cuentos de los sabios del Tíbet
Pascal Fauliot recopila las narraciones de la tradición oral de los monjes del Himalaya
Pascal Fauliot
Pascal Fauliot, reconocido narrador y cuentista francés, está especializado en relatos filosóficos y leyendas de Asia. Cuatro años después de Cuentos de los sabios taoístas, Paidós añade Cuentos de los sabios del Tíbet a su colección Orientalia. Como dice su colega y compatriota Henri Gougaud en el prólogo: "Éste no es un libro para ser leído sino para ser frecuentado, como un amigo íntimo, secreto". A continuación, reproducimos varios cuentos recogidos por Pascal Fauliot de la tradición oral de los monjes budistas.La princesa de Khartchen
Cuando cumplió dieciséis años, como dictaba la costumbre, su padre decidió casarla. Sus emisarios salieron a la búsqueda de un buen partido entre sus poderosos vecinos, con el objetivo de sellar también una alianza ventajosa. Los pretendientes eran numerosos, pero el rey de Khartchen se quedó con dos soberanos, uno de Khartchu y otro de Surkhar, que deseaban ardientemente conseguir a la incomparable princesa y rivalizaban en promesas por poseerla. Por temor a herir el orgullo de aquellos temibles pretendientes, el padre de Yeshe Tsogyal les hizo saber que dejaría que fuera su hija quien eligiera. Así pues, cada uno de los candidatos envió una embajada con ricos presentes para inclinar el corazón de la joven a su favor.
Cuando las caravanas de ambos pretendientes empezaban a vislumbrarse en el camino, el rey de Khartchen expuso a su hija lo que esperaba de ella. Yeshe Tsogyal, que hasta el momento se había mostrado dulce y dócil, sacó sus garras de leona de las nieves. Llena de ira, reprochó a su padre que éste quisiera casarla con uno de esos reyes descarriados, unos defensores del bon que se resistían a convertirse a la santa doctrina de Buda. Se negó a mezclarse con ninguno de esos arcaicos chamanes, esos sacrificadores de animales. Su contacto la mancharía, le impediría seguir el Dharma y alcanzar la Liberación, que era su única meta en esta vida. Prefería hacerse monja o matarse.
Loco de furia por que su hija le hiciera quedar mal y amenazara los intereses del reino, el rey de Khartchen la agarró del pelo y la arrastró hasta las caballerizas. La obligó a subirse a uno de sus purasangres y la condujo hasta el portón del castillo para recibir a los embajadores. El padre, furioso, anunció a los representantes de ambas partes que su hija pertenecería al primero que consiguiera alcanzarla. Y acto seguido pegó un latigazo en el lomo del purasangre, que se llevó a la princesa en una brusca cabalgada.
Los embajadores se lanzaron inmediatamente a una carrera desenfrenada, seguidos de sus guerreros. La distancia entre la jauría y su presa no tardó en reducirse. El jefe de los hombres de Khartchu fue el primero en alcanzar a Yeshe Tsogyal. La agarró por el cuello de su tchouba, pero la princesa se mantuvo firmemente sentada sobre su silla y se deshizo de su vestido de fieltro, que se quedó en las manos del ministro. Le tocó entonces probar suerte al embajador de Surkhar. Agarró a la joven por la camisa de brocado, pero ésta se rasgó, dejando que la hábil amazona siguiera su carrera con los senos desnudos. El ministro soltó el trozo de tela y volvió a la carga, enfurecido. Agarró esta vez a la princesa por los pelos y consiguió que soltara los estribos. La arrastró durante varios metros antes de frenar un poco. Fue entonces cuando la testaruda Yeshe Tsogyal se agarró de repente a una roca e hizo que su verdugo perdiera el equilibrio, cayera de su montura y perdiera el conocimiento al golpearse la cabeza contra una piedra. El ministro de Khartchu aprovechó esta caída para agarrar a su vez a la princesa por los pelos y la golpeó con la parte plana de su sable para que soltara la roca. Bajo los golpes, y con el cuerpo desnudo cubierto de moratones y de heridas, Yeshe Tsogyal acabó cediendo. El ministro de Khartchu la colocó a lomos de su propio caballo y, protegido por sus hombres, se llevó con él su valioso y revoltoso trofeo.
Al anochecer, los embajadores de Khartchu celebraron la victoria en su campamento. Bebieron y bailaron. En el corazón de aquella noche sin luna, aprovechando la embriaguez de los guardias, la obstinada princesa robó un caballo y desapareció rumbo a las montañas. Se las ingenió para librarse de sus perseguidores, ocultando sus huellas en el curso de un río y sobre rocas planas; llegó incluso a mandar a su caballo en otra dirección, después de cargarlo de piedras para que las huellas hicieran creer que todavía seguía montándolo. Así consiguió despistar a los rastreadores más hábiles.
Yeshe Tsogyal halló refugio en una cueva en medio de un valle lejano. Allí vivió como un ermitaño. Había cambiado su habitación cubierta de sedas por una caverna de roca gris, sus ropas de brocado por un vestido de follaje y sus platos con especias por bayas silvestres. Pero no había perdido con el cambio. En la desierta montaña, lejos del ruido de la vida mundana, por fin podía dedicarse a la meditación y entregarse en cuerpo y alma a la búsqueda del Despertar. Se había liberado de la hipocresía de sus semejantes, de las intrigas de la corte, del deseo de los hombres y de los celos de las mujeres. Poco a poco su corazón recobró la paz, y su mirada, la inocencia perdida de la infancia. El brillo reluciente de la fuente o las perlas de rocío que brillaban con los primeros rayos de luz tenían para ella más valor que todas las joyas de una princesa. Aprender a mirar de nuevo es sin duda el primer estadio de la Iluminación.
Unos pastores vieron a la princesa anacoreta en un arroyo y vendieron el secreto de su refugio por unas cuantas monedas de oro al rey de Surkhar, que no había perdido la esperanza de conseguirla y había prometido una recompensa a quien le diera cualquier información sobre ella. El monarca envió inmediatamente a trescientos guerreros para capturarla.
Cuando la noticia llegó a oídos del rey de Khartchu, éste reclamó a Yeshe Tsogyal, pues el jefe de su embajada la había ganado en su nombre. Al negarse el otro pretendiente a entregar a su prisionera, el asunto se enconó. Ambos reyes se prepararon para la guerra.
Para sofocar el fuego de la guerra, el padre de la princesa propuso la mano de su hija al rey supremo del País de las Nieves, Trissong Détsen. Los reyes rivales, que preferían evitar cualquier enfrentamiento con su soberano, el poderoso emperador del Tíbet, renunciaron a la princesa. Yeshe Tsogyal se convirtió en una de las esposas reales. Su calvario había llegado a su fin, y su nueva vida la satisfizo más de lo que esperaba. Pues su marido, el rey supremo, se había convertido al budismo y había mandado venir de la India a monjes eruditos. La nueva reina pudo estudiar el Dharma con aquellos doctos pandits y resultó ser una alumna excelente. Se convirtió en la esposa preferida del monarca y fue su confidente y su consejera, especialmente en los asuntos religiosos.
El voto de silencio
Tres días más tarde, su hermano, sumamente indignado, vio a Kounley deambulando por las calles de una ciudad, alternando con los comerciantes y llevándole la compra a una encantadora ama de casa mientras charlaba con ella.
El hermano, enfurecido, interpeló al incorregible yogui y le lanzó una lluvia de reproches.
Drougpa Kounley aguantó el chaparrón de críticas sin decir palabra, mientras se acariciaba la barba y esbozaba una sonrisa maliciosa. Cuando su hermano se hubo desahogado, Kounley replicó:
-¡Pero es que en ese desierto de rocas había demasiado ruido!
-¿Demasiado ruido? ¿Estás de broma? ¡Pero si en las profundidades de aquella cueva no llegaba ningún sonido, ni siquiera el silbido del viento ni el grito del águila!
-Sí, puede ser, pero esta plaza del mercado me ha parecido menos ruidosa.
-Pero ¿qué estás diciendo? ¡Ya estás con otra de tus majaderías!
-¡Para nada! ¡Que sepas que allí mi meditación se veía interrumpida en demasiadas ocasiones por el jaleo que hacían todos los pensamientos mundanos que daban vueltas en tu cabeza!