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Memorias

Arthur Koestler

El Cultural
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Arthur Koestler

Lumen, 943 pp.

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Las memorias de Arthur Koestler, una de las figuras intelectuales más representativas y sobresalientes del siglo XX, constituyen uno de los testimonios más lúcidos y apasionantes del pasado siglo. Nacido en Hungría en 1905, fue novelista, periodista y ensayista. Participó en la resistencia alemana contra el régimen nazi, se desengañó del comunismo en la Rusia de Stalin, fue corresponsal de guerra en España y prisionero en un campo de concentración de Francia. En esta edición se reúnen, por primera vez, los dos títulos de su autobiografía, una obra indispensable. A continuación ofrecemos el primer capítulo.



1. El horóscopo


Desde los comienzos de la civilización el hombre ha creído que la posición de los cuerpos celestes en el momento de su nacimiento ejercía cierta influencia sobre su destino. Cierto día, en 1946, se me ocurrió que también la disposición de los acontecimientos terrenales en ese mismo momento podía tener algún significado y decidí trazar mi horóscopo secular. La idea no es tan rebuscada como podría parecer a primera vista. La astrología se basa en la creencia de que el hombre depende de las circunstancias cósmicas que lo rodean; Marx sostenía que es un producto de las circunstancias sociales. Creo que ambas proposiciones son válidas; de ahí surge la idea del horóscopo secular. Supongo que el motivo de que esta idea no se le haya ocurrido nunca a la gente es que, hasta la invención relativamente reciente de la prensa diaria, no poseían métodos exactos para descubrir qué sucedía en este mundo en el momento de su nacimiento; en cambio, poseían realmente los medios para saber con considerable exactitud lo que había sucedido en los cielos. Evidentemente, esto se debe a la inmensa confianza que inspiran los cuerpos celestes, comparados con los cuerpos humanos; uno puede calcular con una exactitud de una fracción de grado dónde se encontrará Sirio dentro de un millón de años, pero no puede predecir la posición espacial de su cocinera dentro de cinco minutos.

El procedimiento para trazar el horóscopo secular es muy simple. Lo único que tuve que hacer fue acudir a las oficinas de The Times, en Printing House Square, Londres, y pedir que me mostraran el ejemplar del día siguiente a mi nacimiento, ocurrido el 5 de septiembre de 1905, aproximadamente a las tres y media de la tarde. Después de un rato, me llevaron un pesado volumen que contenía todos los números aparecidos en agosto y septiembre de 1905. Pusieron a mi disposición una salita de lectura, provista de escritorio, sillón, tintero y secante; allí, en cómoda reclusión, me instalé y comencé a pasar las páginas levemente amarillentas del voluminoso tomo. Hasta esa tranquila habitación, por la ventana que daba al Támesis, llegaba el débil sonido del silbido de un remolcador, que gemía su nostalgia del mar. Sentí el agradable y suave deleite del minero que abre un túnel hacia el pasado, matizado por la emoción más intensa del astrólogo que calcula las órbitas del destino de un cliente importante.

Para prolongar el placer empecé por la periferia, por así decirlo, del campo de fuerzas existente en el momento de mi nacimiento; es decir, por los anuncios. Sugerentemente, el primero que me llamó la atención se refería a LA MÁQUINA LITERARIA, utilizada por S. M. el Rey, y calificada de DELICIOSAMENTE CÓMODA; precio de venta, desde diecisiete chelines y medio. Sin embargo, la máquina resultó una decepción, porque solo era un dispositivo «para sostener un libro en cualquier posición sobre un sillón, una cama o un sofá».

Dirigí luego la atención a la sección DIVERSIONES y descubrí que en el Palacio de Cristal se celebraba una exposición colonial e hindú, cuyo programa incluía «exhibiciones de guerreros nativos a las dos y media, cuatro y media y seis de la tarde»; se anunciaba un café chantant para las cuatro y las ocho de la tarde, y también una exhibición nacional de fuegos artificiales, no con el fin de celebrar mi nacimiento, sino en honor de la visita de la flota francesa a Spithead.

La mayor parte de la sección de anuncios clasificados estaba dedicada a una variedad de carruajes, tales como victorias, landós, broughams y volantes; a los frenos, las guarniciones y las monturas, y especialmente a una multitud de caballos de una gran variedad de color, edad y carácter, entre ellos un par de caballos bayos de quince palmos, de tiro liviano, ambos garantizados sanos, «valiosos para una persona tímida o nerviosa», ofrecidos, con un plazo de prueba de catorce días, al interesante precio de ciento cincuenta guineas. Los automóviles apenas estaban representados y su única y tímida aparición en la columna «Miscelánea» no parecía muy alentadora: «UN CABALLERO, poseedor de un automóvil Daimler 28-36», anunciaba que «le ENCANTARÍA ALQUILAR el coche -con servicio personal- por día, por semana o por mes, dentro del país o en el extranjero». Evidentemente, debía de haberse cansado muy pronto de su vehículo. Esto parecía perdonable, considerando que el mismo día había sido designada una comisión real de automóviles, encabezada por el vizconde Selby, para investigar e informar, entre otros problemas, sobre «los daños al parecer causados a los caminos por los automóviles».

El caballero del Daimler era el único elemento perturbador en esa cabalgata de monturas, caballos y victorias de la sección de anuncios clasificados. Hacía tantos años que la tinta de la imprenta se había secado, que ya no olía a su sustancia sino a su significado: a cuero fresco y al sudor de los flancos de los caballos; con una ráfaga de lavanda, representada por la «señorita Smallwood, de The Leas, Great Malvern», que «deseaba ansiosamente obtener pedidos de pañuelos con iniciales bordadas, ya que varias damas de su sociedad se ganan la vida mediante este tipo de labores». Pasé a la columna de «Demandas de empleo», donde encontré una desconcertante cantidad de damas que recomendaban efusivamente a sus cocheros, cuyos caracteres y condiciones aparecían casi siempre calificados de excelentes. Esto me predispuso a la meditación, pero de nuevo me devolvió a la sobria realidad el joven comerciante alemán que, poseyendo un sólido conocimiento de los rudimentos del idioma inglés, buscaba empleo en una buena empresa inglesa, como empleado honorario. Tal vez era herr Von Ribbentrop, ¿quién sabe?

Hasta aquí, mi horóscopo no me había dicho gran cosa. Al volver a las páginas centrales descubrí que, mientras yo nacía, el emperador y la emperatriz de Alemania asistían al desfile de otoño de la brigada de guardias, en Tempelhof; que el rey Eduardo había ofrecido una cena en el Kursaal de Marienbad, en Bohemia, a veintinueve invitados, entre ellos la princesa Murat, la duquesa Adeline de Bedford y la marquesa de Ganay; que el brote de cólera en Prusia había dejado un saldo de veinticuatro muertos durante las últimas veinticuatro horas; que se habían producido dieciséis casos de peste en Zanzíbar, y que el inglés capturado por unos bandidos en Macedonia, el señor Philip Mills, empleado de la Monastir Tobacco Régie, seguía aún vivo y todavía en manos de sus raptores. Una violenta tormenta en el lago Superior había causado la muerte de veinte marineros; el príncipe Enrique de Prusia había almorzado con el almirante Winsloe, comandante de la División de Destructores de la Flota del Canal, en viaje por el Báltico; el Congreso de Sindicatos había reanudado sus sesiones en Hanley, donde el presidente del mismo, el señor J. Sexton (Obreros Portuarios Nacionales, de Liverpool), había urgido la necesidad de abolir el monopolio y los terratenientes. En el extranjero, Le Temps de París, comentando la insurrección de Marruecos y las complicaciones francogermanas a que daría lugar, había dicho, según se citaba: «Para emplear una expresión que no puede dejar de ser bien recibida en Alemania, haremos que el magzen sienta el peso de nuestro puño de hierro, hasta que se decida a reconocer nuestros derechos...».

«¡Fuego, fuego! -me dije-. Esto ya es significativo. Marte entra en la segunda casa.» Y en efecto, los artículos siguientes tañían ciertas cuerdas cuyas vibraciones me acompañarían durante muchos años:

LUCHA ENCONADA EN EL CÁUCASO

Tiflis, 5 de septiembre de 1905
Las noticias de Bakú empeoran constantemente. La Ciudad Negra está en llamas, y han estallado innumerables incendios en otros lugares, Las tropas luchan con el máximo vigor, pero hasta ahora no han conseguido restablecer el orden...
La Revolución rusa de 1905 empezaba a marcar el paso. Los sucesos de Bakú, ocurridos el día mismo de mi nacimiento, fueron el preludio de la primera huelga general de la historia moderna. La actividad revolucionaria de los terroristas socialistas era contrarrestada por la actividad contrarrevolucionaria de los terroristas patrióticos. Estos últimos, conocidos con el nombre de los Cien Negros, en connivencia con la policía y el gobierno suscitaban pogromos antisemitas para desviar el descontento popular.

DISTURBIOS EN KICHINEV

Kichinev, 5 de septiembre de 1905
Una pobre mujer asesinada por los agitadores fue enterrada hoy en esta ciudad; asistieron a sus exequias obreros judíos y rusos. De pronto se oyeron tiros, y un grupo de policías y dragones con las espadas desenvainadas apareció y embistió al cortejo fúnebre, hiriendo a numerosos asistentes. En medio de la confusión, el ataúd cayó en la calle y fue retirado por algunos simpatizantes. El coronel al mando de la gendarmería se negó a dar ninguna explicación del incidente. [...] En toda la ciudad prevalece una intensa alarma. Todavía no se puede calcular el número total de muertos y heridos.
Me parecía oír a la orquesta afinando los instrumentos momentos antes de que el director alce la batuta. Mi horóscopo comenzaba a adquirir forma. Y se definió completamente cuando empecé a leer el editorial del día. Se refería a un suceso que había acontecido el 5 de septiembre, a las 3.47 de la tarde, la misma hora de mi nacimiento; según el autor del editorial, representaba:
... un acontecimiento de suprema importancia, no solo dentro de la historia política del mundo, sino dentro del interminable proceso moral e intelectual que toscamente denominamos civilización; un hecho de má- xima importancia.
Predecir con alguna exactitud las consecuencias de una revolución tan grande queda fuera de las posibilidades humanas. Lo único que podemos hacer es tomar nota de ella, e indicar una o dos de las direcciones en que tenderá quizá a moldear el pensamiento y el carácter del mundo. El gran objetivo de todo este entrenamiento ha sido la subordinación del individuo a la familia, a la tribu y al Estado. Enseña que el hombre no vive solamente para sí, ni siquiera esencialmente para sí. Su principal obligación es su obligación colectiva hacia los diferentes grupos sociales en que ha nacido. Desde la infancia, es continua y cuidadosamente adiestrado en la consecución de esta finalidad. No solo se le enseña a dominar sus actos y sus expresiones, sino también sus mismos pensamientos, sentimientos e impulsos, de acuerdo con los fines preestablecidos por el deber. Mucho puede aprender Occidente de esta casi monástica disciplina del carácter, y algo también debe aprender a evitar...
El acontecimiento mencionado era la firma del tratado de paz firmado en Portsmouth, New Hampshire, entre su majestad el autócrata de todas las Rusias y su majestad el emperador de Japón. Los rapsódicos elogios del editorialista de The Times se referían al entrenamiento de los victoriosos japoneses, con el que se lograba «la subordinación del individuo a la tribu y al Estado». Esa era la lección que, según él, debía aprender Occidente, con su excesivo individualismo, de la «monástica disciplina» del primer estado totalitario moderno, que emergía triunfante de su oscuridad asiática en medio del escenario político. El reloj que había marcado la hora de mi nacimiento también anunciaba el fin de la era del liberalismo y del individualismo, de esa civilización de dura competencia y sin embargo de facilidades, que había logrado conciliar, gracias a un insólito contrato, amable y cruel, el eslogan de la «supervivencia de los más aptos» con el de laissez faire, laissez aller.

Si en el horóscopo secular los acontecimientos políticos corresponden a las constelaciones planetarias, los astros fijos estarían representados por aquellos hombres que, de una manera más lenta y más duradera, dan forma a los caracteres de su época. De ese modo, para completar el cuadro, debería mencionar que en el mismo año y mes de mi nacimiento, el examinador de patentes de la Oficina de Patentes de Berna, Suiza, publicó un ensayo, Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, firmado por Albert Einstein; que también en el mismo año Sigmund Freud publicó sus Tres ensayos sobre teoría sexual; Wells, Kipps y Una utopía moderna; Thomas Mann, Alteza real, y Tolstói, Algunas palabras sobre el cuento de Chéjov «Querido»; que La Grande Revue de París calificaba de «inefablemente ridículas» las obras del aduanero Rousseau, de Cézanne, de Matisse, y de las demás «bestias feroces» que exponían en el Salón de Otoño, y Picasso vendía sus dibujos al marchant Soulier por veinte francos cada uno. Para completar el horóscopo, también aparecía en el número de The Times del día de mi nacimiento una carta escrita por un caballero que firmaba «Vidi» -aunque «Jeremías» habría sido igualmente apropiado-, que inter alia decía:
Hoy resulta desalentador ver que nadie ha aprendido la lección de dicha ordalía [la guerra de los Bóers], que casi nadie presta atención al toque de atención, y que todas las clases sociales de la nación se dedican a satisfacer una pasión muy poco inglesa por el lujo y las emociones. Las ideas amplias parecen prohibidas y el huero ingenio, exaltado; las responsabilidades, ignoradas; el humor preponderante es una egoísta confianza en la Providencia; y el espíritu dominante (triste homenaje a Carlyle) se deja ver hasta en las calles, donde las mujeres de cualquier clase social se visten de noche a las diez de la mañana, como si la vida fuera un perpetuo garden party. Las exageraciones del deporte, tan acerbamente criticadas por el señor Kipling, son más evidentes que nunca, y los estragos de las diversas formas del alcoholismo no disminuyen de intensidad...
Cuando cerré el enorme y negro volumen y salí de la oficina de Printing House Square pensé que mi horóscopo secular me había proporcionado tanta información sobre el campo de fuerzas de mi nacimiento como podían proporcionarme las estrellas, y también sobre las influencias que forjarían mi carácter y mi destino. Sin embargo, a veces me parece que decir esto es una blasfemia, y que el astrólogo medieval, ese payaso profético con su sombrero negro y puntiagudo y su manto bordado de seda, vislumbraba la esencia del destino del hombre más certeramente que los políticos y los psiquiatras de hoy. Pero, por supuesto, también este sentimiento puede ser una consecuencia de las influencias de mi horóscopo; una consecuencia del hecho de que yo naciera en el momento en que se ponía el sol de la era de la razón.