El escenario es Lima; esa Lima reseca y verídica, donde nunca llueve aunque el cielo siempre es gris, la misma que "cambia de panorama a cada cuadra", sobre todo si se la observa desde el interior de "una combi" -un autobús urbano- atestada de personas. La época es un ayer muy reciente, reflejado en la galería de escenas perfectamente reconocibles: el tráfico imposible, el desequilibrio entre clases sociales, la violencia callejera... El protagonista es Jeremías Carpio, un joven de mirada cínica, un fruto de las circunstancias que le convierten en portavoz de una generación: la que creció en una crisis económica perpetua, la que sufrió a Sendero Luminoso, la que vio caer a Fujimori. El periodista Martín Mucha (Lima, 1977) pertenece a esa generación de narradores limeños, abanderados por Roncagliolo, que hablan de la violencia con familiaridad desoladora y que se sitúan en el lado contrario a donde estuvieron Vargas Llosa o Bryce. En el estilo de Mucha hay un componente generacional. En el discurso sincopado, fragmentario, hay capítulos de un solo párrafo, más poéticos que narrativos. No se permite el autor concesiones y nos cuenta lo que ve, desde su óptica: la de un joven que debe viajar todos los días en transporte público porque no hay alternativa. Y tampoco esperanza. Después del punto final del relato de Jeremías, se añade un epílogo en el que distintos personajes completan la historia.
Así, el lector podrá ver terminado este mosaico de la desolación contemporánea en América Latina. Y también admirarse por la agilidad, la concisión, la brutalidad y la belleza que se contienen en tan pocas páginas.