Image: Las viudas de Eastwick
Fotograma de Las brujas de Eastwick.
Ahora, transcurridas tres décadas, volvemos a reencontrar a nuestras protagonistas desperdigadas por los Estados Unidos. Las tres volvieron a casarse y las tres han enviudado. Tras un viaje de diez días en solitario por la vertiente canadiense de las Montañas Rocosas, Alexandra viaja a Egipto en compañía de Jane, y posteriormente Sukie se les unirá en un viaje a China donde "las mujeres dejadas de la mano de Dios se sentían libres ejerciendo su insolente turismo" (p. 136). La trinidad ha sido restablecida y "al estar juntas de nuevo, sus poderes volvían en forma de escozores, presentimientos, un deleite infantil por la malicia, por los maleficia" (p. 130). El retorno a Eastwick se antoja inevitable, pues "aquel hecho maldito [la muerte de Jenny] seguía dentro de Alexandra, incluso cuando no cerraba los ojos" (p. 24), aunque para Jane no fue un crimen sino "una saludable exploración del potencial femenino" (p. 151).
Se alojarán en una extensión de la reestructurada mansión de Darryl y los fantasmas del pasado se personifican en la figura de Christopher, hermano de Jenny, quien también fue seducido por Darryl y, por lo tanto, iniciado en lo maléfico. Dispuesto a vengar la muerte de su hermana, terminará con Jane, y lo mismo habría ocurrido con las otras dos si Sukie no hubiera logrado seducirle.
Updike vuelve a repetir la estructura tripartita de Las brujas... El primer capítulo, "El aquelarre reconstituido", concluye con el viaje a China; "Maleficia revisitados" vuelve a Eastwick, y "La culpa mitigada" se inicia con la muerte de Jane tras una sesión de espiritismo. El primer tercio, con pretensiones tanto de nexo con el título anterior como justificación del posterior reencuentro, resulta algo insustancial si exceptuamos la visita a la tumba de Mao donde Updike, en otra de sus imaginativas escenas, hace que el embalsamado cadáver del dirigente chino le guiñe un ojo a Alexandra. Será en "Maleficia revisitados" donde volvemos a rencontrar al Updike incisivo e irónico. Es entonces cuando la narración alcanza sus momentos más sublimes de disección social e introspección personal.
¿Cómo son Alexandra, Jane y Sukie, tres décadas después de aquel período de reivindicaciones feministas? ¿Qué relectura hacen de aquellos años y su actual situación? Jane ya había confesado que era la tecnología lo que a una le hacía sentirse vieja (p. 56), pero es la perspectiva de la "eternidad de la muerte" (p. 316) lo que guía sus acciones. La reflexión de Sukie puede ser entendida como el auténtico manifiesto de las tres: "Al final te das cuenta de que toda la gente en la que has confiado durante toda tu vida [...] no saben más que tú" (p. 228).
Es de justicia reconocer que las posibilidades interpretativas de Las viudas de Eastwick y sus distintos niveles y modelos de lectura son de una riqueza encomiable. La importancia de la tecnología en la evolución social, las implicaciones de la senectud al reevaluar nuestras vidas, el temor a la muerte… son fundamentales motivos de la novela; pero su esencia bien pudiera encontrarse en parámetros relativos a la dicotomía bien-mal. El último diálogo, una llamada de Alexandra a Sukie acerca de un nuevo viaje, parece ser una propuesta para futuras entregas. Pero si Updike dejó algo más escrito sobre estas entrañables brujas, será otra historia.