Jackson Pollock: 'Don Quijote', 1944

Jackson Pollock: 'Don Quijote', 1944

Letras

La universalidad del Quijote

De Thomas Shelton y Heine a Flaubert, Galdós y Borges, Germán Gullón repasa la gran influencia que ha tenido el personaje cervantino

6 enero, 2005 01:00

De un hombre, Miguel de Cervantes, del que no conservamos imagen visual alguna, tenemos una miríada de aproximaciones críticas a su valor literario (cervantismo) y a su Caballero de la Triste Figura, con quien se le asemeja con frecuencia (quijotismo). Este genio es lectura básica en cualquier lugar donde se plantee un dilema humano.

El Quijote representa al hombre moderno existiendo en el devenir histórico, necesitado de sí mismo para inventar su propia verdad, en vez de vivir sujeto a un destino trascendente, y el empeño viene avalado por una fuerte conciencia estética. Esta verdad tardó tiempo en establecerse, porque los cervantistas indagaban las minucias de su biografía y los entresijos de su escritura, apuntando con miopía a asuntos de faldas o a llamar errores literarios a las distracciones de un escritor mayor. Tuvimos que aprender que la vertiente racionalista y la barroca del siglo XVII se complementaban en su obra, la una aportaba la multitud posible de perspectivas humanas sobre la realidad, mientras la segunda ahondaba en el imaginario donde sueños, engaños de los sentidos y locuras hacían del mundo un ámbito fugaz, quizás el sueño de un ser supremo (Pedro Calderón de la Barca).

En el siglo XVII, siendo el español un idioma universal, la primera mitad de la obra (1605) alcanzó notable éxito y fue traducida al inglés por Thomas Shelton (1612) y al francés por César Oudin (1614). Se la consideraba todavía un libro de aventuras inverosímiles. Historias de un caballero que continuaban cómicamente el tipo de relato hecho famoso por el Decamerón de Boccacio. Incluso tras la publicación de la grandiosa segunda parte (1615), los comentaristas no detectaron todavía el nacimiento de la estructura narrativa que permitía representar al hombre intentando hacer sentido del mundo que pisaba, armado de su razón, de imaginación, de sus sueños y sinrazones, de sus libros. Durante el romanticismo se bautizará esa estructura como novela moderna.

Sería un gran crítico y poeta alemán, Heinrich Heine, romántico del siglo XIX, quien clavó el dardo crítico en la esencia del libro por primera vez, cuando lo concibió como un ser que vive explorando su propia intimidad

La lectura en voz alta del Quijote, una de las maneras establecidas en el siglo xvii, impulsaba la interpretación cómica, que los oyentes regocijados con las aventuras y desventuras del flaco caballero y el orondo escudero querían oír una y otra vez. Les gustaba la repetición, el escuchar como con los rezos, sin pensar. Sin embargo, el autor proponía a la vez una forma innovadora de lectura, pedía un lector silencioso y curioso, amante de explorar las novedades contadas y el efecto que le producían en el hueco de la persona.

Tardamos asimismo en descubrir la esencia de don Quijote, del quijotismo, tuvo que pasar también el siglo XVIII, demasiado rígidos en su manera de enfocarlo, tanto desde la parte racionalista como en la neoclásica, aunque sí se empezaron a interpretarlo superando los aspectos cómicos. Pero sería un gran crítico y poeta alemán, Heinrich Heine, romántico del XIX, quien clavó el dardo crítico en la esencia del libro por primera vez, cuando lo concibió como un ser que vive explorando su propia intimidad. Otro romántico alemán, Friedrich Schelegel descubrió al Cervantes artista consciente y creador original, comparándolo con Shakespeare y Goethe.

Los admiradores y seguidores de Cervantes durante el siglo xix fueron legión: desde el ruso Iván Turgénev que comparó la novela con Hamlet; el italiano Piero Manzoni, los franceses Balzac y Stendhal, que aprendieron a desdoblar el personaje, el hombre común que convive con el héroe que llevan dentro; al francés Gustave Flaubert, quien dijo que se sabía el libro de memoria antes de aprender a leer. Su Madame Bovary, tanto la protagonista como la forma del libro deben mucho al español. En Cervantes aprendió a sustituir las lecturas gastadas, en su caso las románticas que no los libros de caballerías, para llevar a sus personajes al presente, y a crear estructuras narrativas complejas. Incluso el teatro de Luigi Pirandello, ya en el XX, imaginó sus personajes en busca de un autor en clave cervantina, duplicando el retablo de Maese Pedro. Otros autores del siglo XX en que su presencia es notable son el filósofo Friedrich Nietzsche y Thomas Mann.

Entre los nuestros, Leopoldo Alas Clarín y Benito Pérez Galdós fueron influidos grandemente por Cervantes, tanto en el espíritu del libro como en la forma artística. Tristana (1892), cuya protagonista bien pudiera llamarse “la mujer de la triste figura”, sigue firmemente la norma novelesca cervantina para explorar el destino de la mujer en su tiempo. Marcelino Menéndez Pelayo no comprendió la grandeza cervantina, que se le ocultó entre un bosque de datos. Juan Valera tampoco. Les parecía un ingenio lego.

Sería en el siglo XX, cuando la humillación del 1898 lleva a los escritores de vuelta al Quijote, pero esta vez para buscar los rasgos de una España con grandeza. Cuento a algunos: Miguel de Unamuno (Vida de don don Quijote y Sancho), Azorín (La ruta de don Quijote), José Ortega y Gasset (Meditaciones del Quijote), los cuales aportaron los elementos que poco a poco permitirían extender la genialidad del manchego, consagrada en las obras de Américo Castro (El pensamiento de Cervantes), quien a su discutida idea de que Miguel de Cervantes era un cristiano nuevo, añade la que será la guía de las interpretaciones cervantescas subsiguientes, que don Quijote no estaba loco, y que en vez de comedia debemos hablar de risa y de burla, y sobre todo que la novela muestra a un hombre haciéndose a sí mismo, capaz de mudar la trayectoria de su vida.

Jorge Luis Borges escribió uno de los homenajes permanentes a Miguel de Cervantes, su espléndido relato, “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde un erudito podrá escribir de nuevo palabra por palabra la gran obra cervantina. Ejercicio utópico ideado para incitar al lector a que bosqueje una imagen de Cervantes que sólo está guardada en sus palabras.

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