José-María-Aznar

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Letras

El retorno de Cernuda

19 septiembre, 2002 02:00

Cuando se abría hace unos meses la más que interesante exposición dedicada a Cernuda en la Residencia de Estudiantes, me llamó la atención un gouache de Ramón Gaya que lo retrata frente al horizonte en una playa almeriense. Me pareció que, de todos los retratos y fotografías suyas recogidos a distintas edades de su vida, en los diferentes lugares donde estuvo en España y en el exilio, el que quizá mejor puede representarle sea el cuadro de Gaya.

La figura, que parece estar leyendo o escribiendo ensimismada, no puede sino evocar la complejidad, el distanciamiento, la soledad insobornable de Cernuda. También, de alguna forma, su dedicación incondicional a la poesía, como pocos han logrado sostener hasta el final. Una entrega para la que Cernuda habría preferido siempre cierta indiferencia y olvido, antes que el aplauso convencional o la vulgarización de su manera de vivir la literatura. Porque, si es claro que a un poeta no se le debe entender siempre textualmente, este es el caso de Cernuda, para quien “habitar el olvido” pudiera ser la mejor garantía de quedar a salvo de la cortedad de miras, de las mezquindades y las banderías.

Se hace evidente que Cernuda, por tantas razones, fue el primero en preservar su obra del riesgo de banalización. Ahí está su terrible poema dedicado a Verlaine y Rimbaud, como un aviso rotundo. Su obra está fuera de alcance para esas pretensiones: cima solitaria y fuerte de la poesía en nuestra lengua, es accesible plenamente para quien guste del molde clásico, la claridad de ideas y el rigor moral, para quien aprecie esa “poesía de la meditación” de la que hablaba José ángel Valente.

Como cualquiera de sus lectores, siento la satisfacción de haber acertado a dar con ese espacio sin ruido, lleno de reflexión consecuente, que son los libros de Cernuda. Poesía de contrarios, lo proclama el título general de su obra: “La realidad y el deseo”, pero que encierra una cierta visión de la existencia como la búsqueda incansable del justo término medio, al modo clásico.

No soy de los que discuten sobre si Cernuda hubiera estado de acuerdo o no con celebraciones como las de este centenario. Supongo que los poetas del 27 tampoco se preguntaron, hace ahora 75 años, si a Góngora le hubiera gustado o no el homenaje de Sevilla, considerado siempre como una suerte de acto fundacional de esta generación.

Tiene razón Francisco Brines cuando dice que de Luis Cernuda es difícil decir algo nuevo, por ser tan claro lo que él dijo de sí mismo al escribir. Quizá, si cabe decir algo, es acerca del sentido de la celebración de su centenario.

Pienso que hay que entender las actividades del aniversario de Cernuda por lo que significan de restitución plena del poeta en la memoria de la España de hoy. Evidentemente, Cernuda ocupa desde hace tiempo un lugar preferente en las letras castellanas. Pero este centenario, como el de Lorca o Alberti, viene a expresar la normalidad cultural de un país que acierta a dar continuidad y proyección a un legado de todos.

Nada puede distanciar ya su obra de esa España histórica que Cernuda soportó como la más dura carga. Pero se ocultaría una parte fundamental de la verdad si se obviara que la voz “España” va a ser para él, en el exilio, un decisivo elemento de su anclaje personal. De aquel sentimiento de “español sin ganas”, o de aquellas expresiones de indiferencia o encono ante la patria perdida, Cernuda va a pasar a convivir con una España sin tiempo ni lugar. Una España quintaesenciada que se hace presente en sus evocaciones de los paisajes de su tierra andaluza, de monumentos como el Monasterio de El Escorial o de sus preferencias por Galdós y Cervantes. Esta visión cernudiana de la patria perdida, entreverada por la emoción estética y el sentido de pertenencia a una cultura, es toda una lección para el que tiene la suerte y el acierto de leerle.

Es esta España íntima, personificada en las lecturas y paisajes recobrados desde la lejanía, la que Cernuda define como “más real y entresoñada que la otra”. Sin duda es también el idioma el que mantiene al poeta ligado a sus raíces. Baste recordar sus versos: “No he cambiado de tierra / porque no es posible a quien su lengua une, / hasta la muerte, al menester de poesía”.

Si el Cernuda exiliado expresó el resentimiento y el dolor por la patria perdida, también dio la palabra como español a aspiraciones que hoy son valederas para todos. Aspiraciones de libertad y convivencia que para un hombre de cultura sólo podrían ser fortalecidas con una conciencia más plural y más exigente de los valores amalgamados durante siglos de historia común. Este sería el espíritu cívico idóneo reclamado por él para la patria perdida.

Podemos decir que su obra es un poderoso motivo para hacer más abierta la herencia cultural recibida. La visible continuidad de su influencia en otras generaciones de poetas, también de América, confirman sin duda cómo Cernuda pertenece, por suerte para nosotros, al futuro del país que le vio nacer.