Letras

Amor y exilio

Isaac Bashevis Singer

1 mayo, 2002 02:00

Isaac Bashevis Singer, por Gusi Bejer

Ediciones B, 2002. trad. Rhoda Henelde y Jacob Abecassis. 430 páginas, 17 euros

Para I. B. Singer, premio Nobel en 1978, la patria es portátil y literaria, vinculada a esa lengua sincrética y misteriosa, nacida del maridaje entre el hebreo y el alemán, trufada de léxico romance o eslavo que es el yiddish.

En el libro de su vida Marcel Reich-Ranicki recuerda cómo no hay otra religión que sienta mayor estima por la palabra y la escritura que la mosaica. El pueblo judío recorre el mundo llevando consigo todo su patrimonio envuelto en el rollo de la Torá, el Pentateuco. No en vano Heine habló, a este respecto, de la "patria portátil".



Nos llega ahora el segundo tomo de la autobiografía del premio Nobel de 1978 Isaac Bashevis Singer, que en 1966 había publicado En el tribunal de mi padre, el relato de su infancia en el seno de una familia jasídica, sometida a la autoridad de un rabino y juez. Los lectores españoles interesados por la fascinante figura de este escritor, de su literatura y de su pueblo, encontrarán en las páginas de Amor y exilio lo que el título promete: la adolescencia de Singer y su primera juventud hasta su abandono de Varsovia para huir del inminente Holocausto.



Si he mencionado a Marcel Reich-Ranicki es por su escricta coetaneidad con Isaac Bashevis Singer. Ambos coincidieron en Varsovia, pero sus vidas no se entrelazaron en ningún momento. El crítico permaneció allí, y pudo sobrevivir a los horrores del gueto aferrado a su lengua de cultura, el alemán; el novelista intentó emigrar a Palestina, mediante un posible matrimonio de conveniencia y al amparo del sionismo, en los que no creía, y luego, finalmente, arribó a la isla de Ellis. ésta fue la frontera de su salvación, gracias al apoyo de su hermano y mentor Israel Yehoshúa Singer, que se granjeó una sólida fama en los medios literarios yiddish a través del poderoso núcleo neoyorquino de The Jewish Daily Forward. De hecho, sólo a la muerte de Israel, en 1945, Isaac se liberó de la aplastante tutela de su hermano, contra el que no tiene, sin embargo, más que palabras de admiración y reconocimiento.



También para Singer la patria es portátil y literaria, en su caso vinculada a esa lengua sincrética y misteriosa, nacida del maridaje entre el hebreo y el alemán, trufada de léxico romance o eslavo, que es el yiddish, cuya literatura alcanzará éxito e influencia gracias a su traducción al inglés. Reducida en un principio a lengua puramente oral y familiar para un pueblo que tenía sus grandes libros en hebreo y arameo, y que se veía obligado a utiizar otros idiomas para la vida de puertas afuera, los propios intelectuales judíos la menospreciaban como una jerga o "lengua semianimal", como llegó a decir de ella el historiador Gretz, desprecio compartido más tarde por los sionistas. Varios personajes de Amor y exilio participan del mismo prejuicio, que se muestra también en obras literarias de esta comunidad donde el lenguaje es tema fundamental y en las que, a veces, el yiddish es signo del anquilosamiento y el gueto, mientras que el alemán se corresponde con la inteligencia y la modernidad.



Isaac Bashevis Singer recoge este tema metalingöístico, pero más interesantes son sus consideraciones sobre la literatura de su idioma proscrito. Para él, era urgente la reforma de su literatura, embebida en un idealismo y un sentimentalismo tradicionalistas, cada vez más alejada de la realidad de sus asendereados lectores.



Se postula, así, "narrador de las pasiones humanas más que de un modo sereno de vivir" (página 135), en lo que le influye la lectura de Spinoza, uno de sus autores de cabecera junto a Nietzsche y Shopenhauer. Su predilección por temas escabrosos y referencias sexuales -tan presente en Escoria, novela ya traducida- le granjeó la enemigda de los puristas, pero uno de sus primeros contactos neoyorquinos lo recibe con este elogio: "Es usted digno de agradecimiento por escribir la verdad lisa y llana" (página 313).



Amor y exilio trata también de la identidad atormentada y compleja de su protagonista y del pueblo al que pertenecía, e incluye asimismo una veta reiterada entre los intelectuales judios que nos llevaría, incluso, hasta la propia autobiografía de Steiner. Me refiero a las contradicciones de un judaísmo laico, a esa suerte de fe agnóstica por la cual el Dios cuya existencia nunca se acaba de admitir está continuamente presente en la vida del que escribe.



El libro de Singer es profundamente nihilista. La muerte voluntaria, como salida y como rebelión contra una divinidad despreocupada de todas las maldades que se ciernen sobre su pueblo, es un motivo reiterado aquí, y la última página nos deja al protagonista al borde del suicidio después de haber conseguido asegurar su residencia en los Estados Unidos y eludir la amenaza de una deportación a la Polonia que Hitler iba a invadir.