A la izquierda, Campo de Marte y Torre Eiffel de París (Francia) durante la Exposición Universal de 1900; a la derecha, espectadores en el mirador del primer piso de la Torre Eiffel.

A la izquierda, Campo de Marte y Torre Eiffel de París (Francia) durante la Exposición Universal de 1900; a la derecha, espectadores en el mirador del primer piso de la Torre Eiffel.

Historia

Lujo y decadencia en el París de la 'belle époque': cómo era la nueva ciudad de la recién inaugurada Torre Eiffel

La historiadora Pauline de Pange narró en 'Así viví 1900' el declive de la aristocracia durante el cambio de siglo. Una narración íntima sobre una clase social hermética y ensimismada.

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¿De qué se hablaba en París a principios de 1900? Si nos fiamos de Pauline de Pange (1888-1972), se comentaban los inminentes cambios en el paisaje de la ciudad, la gente señalaba con el dedo los Campos Elíseos, donde se veía una inmensa obra a cielo abierto, y decía que allí se iban a levantar dos nuevos palacios; los paseantes calculaban cuánto tardarían en terminar el puente de un solo arco que cruzaría el Sena y la excavación de la primera línea de metro, y miraban con asombro los monumentos de cartón piedra que colonizaban las calles. La Gran Noria que se elevaba junto a la Torre Eiffel era una de las construcciones que más fascinación causaba.

Cubierta de 'Así viví 1900' (Errata Naturae)

Cubierta de 'Así viví 1900' (Errata Naturae)

Así viví 1900

Pauline de Pange

Traducción de Vanessa García
Errata Naturae, 2025
208 páginas. 20,50 €

¿Cómo sonaba París alrededor de 1900? Ahora que casi han desaparecido los adoquines y el neumático está inventado, es difícil imaginar el infernal traqueteo de aquellos coches, ni siquiera comparable con el ruido de los motores de hoy. Según De Pange, al volver del campo, donde su familia pasaba los meses cálidos, ese rugido urbano se le metía en los oídos y tardaba días en pactar con él, si es que llegaba a acostumbrarse.

Ciertas calles como la rue de Solférino, ancha y recta, estaban pavimentadas con madera, y allí el estruendo de las ruedas y de los cascos de los caballos se soportaba aún peor. Si en una calle muy ruidosa había un enfermo, esparcían paja delante de su puerta, para amortiguar el ruido.

Pauline de Pange nació en París el año en que se terminó la Torre Eiffel, en una familia de aristócratas y hombres de Estado. Perteneció a una élite impenetrable durante lo que se ha dado en llamar la belle époque, que en su acepción más amplia abarca desde el final de la guerra franco-prusiana, en 1871, hasta el estallido de la primera guerra mundial.

Su infancia transcurrió en una burbuja de frivolidad, lujo y elegancia que ella observa seis décadas después, en el momento de redactar estas memorias de aire privado, casi familiar, con benevolencia y comprensión. Durante aquellos años, la irrupción del capitalismo propició un ascenso repentino de la burguesía.

Gracias a su dinero, industriales y otros potentados fueron robando espacio a una aristocracia apoltronada, hasta entonces todopoderosa, que fue incapaz de advertir la aceleración de la historia. La autora retrata esa caída desde dentro, con precisión y cierta candidez, sin entrar en juicios de valor. No alardea de su clase, pero tampoco critica sus excesos.

En apenas una década, la casa de los Broglie –un palacete en el distrito VIII de París– pasó de tener decenas de criados a solo catorce el año en que ella se casó, 1910. La familia tuvo problemas financieros después de que su padre heredara un título que incluía varias granjas y mil setecientas hectáreas de bosque en Normandía, lo que les obligó a vender obras de arte para mantener las fincas.

Así viví 1900 describe una aristocracia aún en el poder –su abuelo fue ministro y presidente del consejo de ministros– y ensimismada, que lo ignora todo del pueblo y de los cambios que están por venir; ella misma no parece muy al tanto de la situación de la gente corriente.

Es reveladora la escena en que De Pange cuenta candorosamente cómo su padre, señor de un castillo en Anjou, alguien según ella tímido y callado, se pasea por las calles del pueblo estrechando la mano a campesinos y obreros, dando palmaditas a los niños y escuchando atentamente las quejas y las reclamaciones. "¡Viva el príncipe! ¡Viva el diputado!", le gritan unas figuras más bien de cartón piedra, como las de los monumentos de la Exposición Universal que por entonces surgían en París.

De Pange narra con viveza y elegancia, desde una perspectiva privada, hitos como la invención del cinematógrafo

En otra ocasión, la escritora recuerda el día en que su cochero apartó de un latigazo a un niño que se había subido al estribo de su ómnibus. Y remata así la escena: "Como contrapartida a esta anécdota tan poco democrática, he de decir que mis padres donaban bastante dinero a una obra de las Hermanas de San Vicente de Paúl llamada Notre-Dame-des-Flots, que acogía a hijos pobres de los pescadores de Dieppe".

Lejos de abaratar el libro, esta clase de anécdotas, así narradas, lo convierten en un documento muy interesante, pues muestran con claridad cómo todos aquellos cambios se dieron sin que sus protagonistas se enterasen. De Pange, además, narra con viveza y elegancia –con un estilo de regusto antiguo, perfectamente conservado en la traducción–, desde una perspectiva privada, hitos como la invención del cinematógrafo o la introducción del teléfono y la electricidad en las casas.

Y señala cuánto preocuparon a las élites ciertos sucesos como el incidente de Fachoda o el caso Dreyfus, ante los que la aristocracia, por supuesto, se situaba siempre del lado más lesivo para la sociedad, que solía ser también el que menos perjudicaba sus intereses.

Mientras narra sus paseos por el bois de Boulogne o el parque de Bagatelle, la autora desovilla la lenta pero inexorable caída de una clase y una organización social irrepetibles, una decadencia que, en el caso de su familia, tuvo un eco inesperado después, en la parte de su biografía que no se cuenta en estas memorias (pero sí en la introducción).

De Pange, en sintonía con su tiempo, dejó la vida más bien estéril de tantas mujeres de su clase y se convirtió en una de las primeras damas de la alta sociedad francesa en doctorarse en Letras por la Universidad de París. Más tarde llegaría a ser una traductora e historiadora respetada, además de editora excepcional de Madame de Stäel, su tatarabuela, cuya obra ordenó, comentó y ayudó a difundir.