La psicóloga y escritora Edith Eger, superviviente del Holocausto fallecida este lunes a los 98 años. Foto cedida por la editorial Planeta

La psicóloga y escritora Edith Eger, superviviente del Holocausto fallecida este lunes a los 98 años. Foto cedida por la editorial Planeta

Historia

Muere a los 98 años Edith Eger, 'la bailarina de Auschwitz' que sobrevivió al Holocausto

La psicóloga judía húngara, autora de unas memorias con medio millón de lectores en castellano, salvó su vida gracias a que fue obligada a bailar para el doctor Mengele.

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F. D. Quijano
Publicada
Actualizada

Edith Eger, psicóloga, superviviente del Holocausto y autora de una de las memorias más influyentes de las últimas décadas, La bailarina de Auschwitz, falleció este lunes a los 98 años, según ha informado la editorial Planeta en un comunicado. Con su muerte desaparece una de las voces más lúcidas y humanistas del siglo XX, capaz de transformar el testimonio del horror en una pedagogía de la esperanza que ha calado en lectores de todo el mundo.

Nacida en 1927 en Hungría, en el seno de una familia judía, Edith Eva Eger tenía apenas 16 años cuando fue deportada a Auschwitz en 1944 junto a sus padres y su hermana. A su llegada al campo de exterminio, sus progenitores fueron asesinados en las cámaras de gas.

Ella sobrevivió, entre otras razones, gracias a un episodio que marcaría su vida: obligada a bailar para el doctor Josef Mengele, encontró en ese gesto una forma íntima de resistencia, una afirmación de su dignidad en medio de la deshumanización absoluta. Aquel instante, que da título a su obra más conocida, se convertiría décadas después en símbolo de su pensamiento: incluso en las condiciones más extremas, el ser humano conserva un reducto de libertad interior.

Tras la liberación, Eger emigró primero a Checoslovaquia y posteriormente a Estados Unidos, donde reconstruyó su vida. Durante años guardó silencio sobre su experiencia, un silencio común entre los supervivientes, pero también una carga que terminaría por orientarla hacia la psicología. Se doctoró en esta disciplina y desarrolló una carrera clínica centrada en el tratamiento del trauma, la depresión y el estrés postraumático.

En ese camino fue decisivo el encuentro con Viktor Frankl, también superviviente de los campos y autor de El hombre en busca de sentido, quien la animó a confrontar su pasado no como víctima, sino como superviviente capaz de elegir su actitud ante el sufrimiento.

Profesora en la Universidad de California y fundadora de una clínica en La Jolla, Eger se convirtió en una referencia internacional en terapia psicológica. Su enfoque, profundamente humanista, insistía en la responsabilidad individual y en la posibilidad de sanar sin negar el dolor. No se trataba de olvidar, repetía, sino de dejar de ser prisioneros del pasado.

Esa filosofía alcanzó a un público masivo con la publicación de La bailarina de Auschwitz en 2017 (2018 en España, de la mano de la editorial Planeta). El libro, a medio camino entre las memorias y el ensayo terapéutico, se consolidó como un fenómeno editorial con más de un millón de lectores en todo el mundo y más de 500.000 ejemplares vendidos en castellano. Su éxito no se explica solo por la potencia del testimonio, sino por su capacidad de diálogo con el presente: Eger no escribía únicamente sobre el Holocausto, sino sobre las formas contemporáneas del sufrimiento y la resiliencia.

Figuras como Oprah Winfrey, Desmond Tutu o Bill Gates destacaron el impacto transformador de su obra, subrayando su capacidad para ofrecer consuelo sin caer en el sentimentalismo. En 2025, la publicación de una adaptación young adult amplió aún más su alcance, acercando su mensaje a nuevas generaciones. En ella, Eger se dirigía directamente a los jóvenes con una mezcla de lucidez y ternura, reconociendo los desafíos del mundo actual —desde la ansiedad hasta la violencia o la crisis climática— y animándolos a construir una vida desde la autenticidad y la libertad.

Su segundo libro, En Auschwitz no había Prozac, profundizó en estas ideas desde una perspectiva más clínica, consolidando su posición como una de las divulgadoras más influyentes en el ámbito de la psicología del trauma. Pero, más allá de su obra escrita, su legado reside en una actitud vital que desafiaba tanto el cinismo como la desesperanza: la convicción de que el sufrimiento no tiene la última palabra.