Una escena del montaje de Julio Manrique de 'El barquer'. Foto: Marta Mas Girones

Una escena del montaje de Julio Manrique de 'El barquer'. Foto: Marta Mas Girones

Teatro

Los fantasmas del IRA y el espíritu del rock invaden el Lliure con 'El barquer'

Julio Manrique, director del teatro barcelonés, se adentra en una tragedia en la que suenan los Rolling Stones, The Pogues y los Undertones.

Más información: Sergio Peris-Mencheta: "El amor es el antídoto perfecto contra el miedo a la muerte"

Publicada

Es Julio Manrique, actual director del Lliure de Barcelona, un regista muy curtido, con decenas de montajes a sus espaldas: American Buffalo, Roberto Zucco, clásicos chejovianos… Hace poco le hincó el diente a El adversario, de Emmanuel Carrère. En fin, que está habituado a líos importantes. "Pero este es el mayor en que me he metido", confiesa a El Cultural.

Se refiere a El barquer (El barquero; The Ferryman, en inglés), la obra de su admirado Jez Butterworth, que estrena en el teatro barcelonés este jueves 5 de febrero. De él ya hizo Jerusalem, en 2019, con Pere Arquillué en la piel de El Gallo, un antisistema empadronado en los márgenes. Y ahora reincide con el autor británico, del que admira su capacidad de alumbrar —así lo hace en El barquer— 19 personajes y que ninguno sea secundario. "Si quitas uno, el edificio se desmorona", apunta.

La locura viene de ahí, de ese dramatis personae tan extenso. Cuenta con 21 actores (hay cuatro niñas que se van turnando). "Somos muchas almas en los ensayos", dice Manrique, con guasa. "Pero se ha conformado una familia que le va bien a la obra".

No en vano, esta retrata a un clan irlandés muy numeroso, los Carney, asentado en una granja del condado de Armagh, perteneciente a Irlanda del Norte, bajo soberanía, pues, de la Union Jack.

Y, ojo, estamos en agosto de 1981, lo que significa que esa región se halla en guerra. En plenos Troubles, que es como se conoce el periodo en que se recrudeció la violencia entre católicos independentistas y protestantes unionistas.

El IRA, desde que el ejército británico reprimió brutalmente una marcha por los derechos civiles en Derry en 1972 (Bloody Sunday), hostigaba con dureza a “los invasores”, que respondían a su vez con creciente contundencia.

En las filas gaélicas imperaba una disciplina de acero. Aquel que fuera sospechoso de filtrar información a los ingleses podía desaparecer de la noche a la mañana, como documenta con exhaustividad Patrick Radden O’Keefe en No digas nada.

"La protagonista es la tierra, como fuente de vida y también de discordia asociada a la identidad", Julio Manrique

Uno de estos desaparecidos es Seamus Carney, hermano del paterfamilias Quinn (Roger Casamajor), exmiembro del IRA. Casado con Mary (Marta Marco), está al cargo de siete hijos a los que ha dado preferencia sobre el contencioso político.

La aparición del cadáver de Seamus en una turbera reabre heridas. "Es una historia donde la protagonista es la tierra, para bien y para mal, como fuente de vida, por los alimentos que nos da, y de discordia asociada a la identidad", sintetiza Manrique, que admite que puede hacer resonar en el público muchos conflictos: “El del País Vasco, por el terrorismo, pero también actuales, como Ucrania, Gaza…".

Es curioso que a Butterworth le inspirara su pareja, la actriz Laura Donnelly: un tío suyo fue pasaportado por el IRA. Ella, además, representó la obra en el Royal Court londinense, en 2017, encarnando a la esposa del desaparecido Seamus, a las órdenes de Sam Mendes.

Manrique, en su versión, aparte de a los Rolling y los Undertones, que vienen de serie en el texto, 'pincha' temas de los Pogues. Un capricho celta que viene al hilo en un montaje del que no quiere destapar mucho. Solo desliza que habrá un equilibrio entre el costumbrismo y la abstracción, con la tierra en primer plano. Muy apetecible todo de entrada.