Isabelle Stoffel es Amélie Nothomb en 'Una forma de vida'. Foto: Carla Maro

Isabelle Stoffel es Amélie Nothomb en 'Una forma de vida'. Foto: Carla Maro

Teatro

La versión teatral de 'Una forma de vida', de Amélie Nothomb: una revisitación del mito de Frankenstein

Isabelle Stoffel y Juan Ceacero adaptan y protagonizan este título de la escritora belga que podrá verse hasta el 25 de enero en el teatro de La Abadía.

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Escrita en el año 2010, Una forma de vida narraba la correspondencia ficticia entre una Amélie Nothomb alternativa y Melvin Mapple, un soldado del ejército americano destinado en Bagdad que, para soportar los horrores de la guerra, en una especie de huelga de hambre a la inversa, llegaba a engordar más de cien kilos.

Bajo esta premisa de apariencia sencilla, la escritora belga construyó a modo epistolar todo un alegato sobre la monstruosidad que habita en nosotros, la relación que mantenemos con nuestros propios cuerpos y sobre nuestra conexión con la creación artística y con los demás.

Una breve pero contundente novela que ahora Isabelle Stoffel y Juan Ceacero adaptan y protagonizan en una poderosa versión escénica que podrá verse a partir de hoy y hasta el 25 de enero en el Teatro de La Abadía.


Todo un desafío si tenemos en cuenta que, aunque está escrita con una “aparente sencillez, que es muy precisa pero al mismo tiempo muy accesible”, poco a poco, vemos "cómo nos sumerge en un universo de cajas chinas”, según explica Ceacero, que da pie a esta curiosa relación de amistad, donde, a distancia, ambos establecen un extraño y cada vez más hipnótico vínculo.

“Los dos personajes son muy distintos, pero encuentran algo común en esa voracidad que uno tiene hacia la comida y que ella tiene hacia la escritura”, señala el dramaturgo.

¿Ficción o realidad? Nothomb ha contado en más de una ocasión que ella misma recibía diariamente una gran cantidad de cartas de sus lectores, que contestaba personalmente una por una. Es, al menos, ese mismo hambre artístico lo que le ha llevado a construir una extensa producción literaria de unos 30 libros con títulos como Estupor y temblores, Ácido sulfúrico, Cosmética del enemigo o Metafísica de los tubos.

Con todo, explica Ceacero, también director de esta pieza, “uno de los núcleos potentes de la función es esta conexión que poco a poco se va enredando en una relación de necesidad, de dependencia, que es epistolar y, por lo tanto, no está mediando el cuerpo, no se encuentran”.

Para evitar el carácter más narrativo del género epistolar, sobre las tablas se ha creado un dispositivo escénico donde el vestuario -realizado por Paola de Diego-, el espacio sonoro de Daniel Jumillas y la iluminación de Rodrigo Ortega actúan como un tridente que construye, además del movimiento, la expresión y el juego de los actores dentro de la escena.

“De tal manera que, obviamente, en una relación epistolar no te tocas, no te miras, pero los cuerpos de Melvin y de Amélie están constantemente presentes y relacionándose a través de ese espacio que funciona como si fuera algo más bien mental".

Un momento de 'Una forma de vida'. Foto: Carla Maro

Un momento de 'Una forma de vida'. Foto: Carla Maro

En ese sentido, "hay algo onírico, un poco abstracto en el espectáculo, con una propuesta plástica muy fuerte, muy excesiva, que ha sido el camino que hemos encontrado para precisamente hacer teatro y no caer en la literatura”.

Sobre un muro de cuatro metros de altura se proyectan las fechas de las cartas en esta propuesta en la que el vestuario cobra una importancia vital, casi como si se tratara de una instalación artística por sí misma.

“Hemos buscado con Paola la representación física de la grasa, de la piel y del cuerpo, como si todo el espacio fuera, por un lado, el monstruo de Melvin, que va creciendo y, al mismo tiempo, el interior de la propia Amélie, del universo en el que nos estamos metiendo”.

Es ahí donde, ni siquiera ella, con su elegante traje negro característico, se escapa de sufrir “la invasión de este espacio, en el que queda un poco atrapada”.

Y es que, el tema del cuerpo es crucial en esta propuesta escénica. “Este cuerpo desmedido, inmenso, monstruoso. La obesidad está tratada como una patología, pero como una especie de tarea inacabable que uno hace con uno mismo frente a la imposibilidad de tener un sentido en la propia vida, convirtiéndose en su propia obra, a partir de su propia grasa”.

No en vano, la propia Nothomb tuvo en su juventud algún trastorno alimenticio, como abordó en su libro autobiográfico Biografía del hambre. “El cuerpo en todo el corpus de Amélie es fundamental”.

Y es que, más allá de la relación de estos dos personajes tan distintos, está, por tanto, la cuestión de la creación artística. “De cómo afrontar la obsesión hacia la creación como un medio de supervivencia, como una forma de vida. En el caso de Melvin hay algo un poco monstruoso, porque es su cuerpo. En el caso de ella es la literatura. En ambos, es el exceso para soportar las dificultades de la existencia”.

En ese sentido, concluye Ceacero, “hemos querido potenciar en la obra el tema de la oposición entre la realidad y la ficción. En la novela quizás está un poco más enterrado, pero lo sugiere. El hecho de que quizás todo esto sea la invención de la autora que está dialogando con su propia literatura encarnada en este hombre como si fuera su propia criatura, una revisitación muy sui generis del mito de Frankenstein”.