Miguel del Arco. Foto: Vanessa Rábade

Hace ocho años era un desconocido. Hoy es una de las personalidades más célebres e influyentes de nuestra escena. Su hiperactividad la divide entre la gestión kamikaze del Teatro Pavón y la dirección incesante de nuevos montajes. El último, Ilusiones, llega a Madrid tras su estreno en Avilés.

Miguel del Arco (Madrid, 1965) llega en chándal a la entrevista. Y se justifica. Reconoce que es una prenda que ya casi no se quita. Argumenta que es la más adecuada para afrontar la yincana diaria en la que vive inmerso. Dirigir el Teatro Pavón y no estamparse en el intento está poniendo a prueba su hiperactividad. Le cerca la angustia aparejada a esa nueva condición de empresario escénico, que, a pesar de los éxitos en taquilla y el reconocimiento oficial, sigue acumulando deuda. A esa zozobra, se suma la del proceso creativo de su nuevo montaje, que ensaya a salto de mata en diversos espacios del centro de Madrid. Entre ellos, la seminal sala de la calle San Roque, al lado de la Gran Vía, donde en el verano de 2004 alumbró la La función por hacer, el huracán dramático que propulsó su carrera. Luego vinieron los éxitos de Veraneantes, Misántropo, De ratones y hombres (Premio Valle-Inclán), Juicio a una zorra, La violación de Lucrecia, Hamlet… Montajes todos eléctricos, que sacudieron al público, haciéndole alucinar y pensar a un tiempo. Este viernes estrena en el Palacio Valdés de Avilés Ilusiones, de Ivan Viripaev, un recorrido por la vida de dos matrimonios amigos: sus infidelidades, anhelos, desvelos, sueños… A partir del miércoles 25, lo exhibirá en el Pavón Kamikaze, donde charla extensamente con El Cultural .



Pregunta.- A Viripaev no se le conoce aquí. ¿Quién le puso tras la pista de Ilusiones?

Respuesta.- María Delgado, una periodista y académica de teatro inglesa de padres españoles. De vez en cuando me manda fajos de obras de fuera. Esta me noqueó. Me había planteado rebajar el ritmo esta temporada porque la anterior repuse aquí cinco espectáculos y levanté tres nuevos. Quería estar más pendiente de la gestión del teatro. Pero este texto me golpeó emocionalmente. Y me tentó el reto de poner en escena algo tan eminentemente narrativo.



P.- En Mammon y El tratamiento los actores cuentan las historias de los personajes, como en Ilusiones. ¿Estamos ante una tendencia?

R.- Es curioso: el profesor García Barrientos, que acaba de presentar el libro Drama y narración, dice que hay un axioma que concluye que la narración es lo contrario del teatro. Eso es así hasta que deja de serlo, claro, porque también rige el principio de verosimilitud. Si al espectador tú le entregas asideros para hacer verosímil lo que ocurre en el escenario, todo es posible. Recordemos a Borges, que decía aquello de que el teatro es alguien que finge ser otro y una audiencia que finge creerlo. Por eso en una sala de teatro se puede ver el bosque de Macbeth avanzando.



P.- Viripaev define Ilusiones como una comedia existencialista.

R.- Bueno, él habla de comedia, lo de existencialista se lo he añadido yo. Aunque lo de comedia, a medida que íbamos ensayando, se ha ido desvaneciendo. Es verdad que hay ironía pero estamos ante una de esas comedias rusas tan desasosegantes. El existencialismo está en la base de la función porque los personajes no dejan de preguntarse por la posibilidad de permanencia en medio de la fugacidad del cosmos y por el sentido de la existencia. Se ven como fogonazos condenados a apagarse y, ante esa certeza, emergen las preguntas angustiosas.



Para que las funciones sean peligrosas las salas de ensayo deben ser seguras. Es una gilipollez que el artista deba sufrir"

El dilema hamletiano del kamikaze

Lo que ya no parece un fogonazo es el Teatro Kamikaze. En sus dos años de vida se ha convertido en una sala imprescindible para estar al tanto de lo que se cuece en las tablas hoy. Tiene un tirón popular tremendo y ha sido ungido con el Premio Nacional de Teatro el año pasado. Pero Del Arco no las tiene todas consigo: “El teatro sigue enfrentado al dilema hamletiano del ser o no ser. El proyecto no es viable por su mecánica de producción, ni siquiera llenando al cien por cien. Estamos produciendo un montaje al mes, incluso dos si contamos los del Ambigú. Somos un teatro privado con vocación de servicio público, ofreciendo una pluralidad de voces y alentando las nuevas dramaturgias, nuevos directores y actores, pero esto es insostenible y seguimos acumulando deuda. ¿Hasta cuándo podremos resistir? Pues dependerá de lo kamikazes que seamos, de lo que puedan aportar las administraciones y de la capacidad para concitar el interés de la empresas privadas”.



P.- En cuanto a la implicación de las administraciones, creo que había negociaciones esperanzadoras en marcha. ¿Se ha concretado ya algo?

R.- Del Ayuntamiento y del Ministerio, aunque hay buena comunicación con ambos, no tenemos noticias porque los presupuestos están bloqueados. La Comunidad sí ha aprobado una ayuda, no sé si son 100 o 150.000 euros. Y estamos intentando recabar ayudas de empresas privadas. Buscamos mecenas de muchas maneras. Por ejemplo, para proyectos puntuales. Ahora queremos dotar técnicamente el gallinero para que sea nuestra sala pequeña, con 100 espectadores. Otra idea es que si a alguien le interesa específicamente Bárbara Lennie, apoye sus trabajos aquí, relacionando su marca con ellos. La aspiración es que los ingresos se dividan en un 33% de taquilla, un 33% de la administración y un 33% de las firmas privadas.



P.- En la programación se aprecia fidelidad a unas ideas. No hay concesiones facilonas. ¿Cómo conjugan esa coherencia con la necesidad de sobrevivir?

R.- Con mucha dificultad pero vamos a seguir defendiéndolas. Es alucinante que ya aparezcamos en la clasificación de instituciones culturales del país en el puesto número 25, por delante del CDN o del Liceo. Lo bueno de este teatro es que aquí la gente se quiere quedar a hablar. El eslogan ‘Kamikaze, un teatro más allá de la función', que al principio me parecía demasiado estelar, ahora resulta que es una realidad.



P.- ¿Cuál diría que es la clave del éxito?

R.- El rigor. En esta casa se trabaja con amor, humor y siempre con rigor. Esto lo demuestra una simpática conversación que tuve con una señora que viene a ver todo lo que hacemos; desde Torrejón, en taxi. Un día, antes de la función de La noche de las Tríbadas, me reconocía que no sabía ni quién era el autor, ni el director, ni siquiera era capaz de decir el título completo. Le pregunté que por qué venía entonces y me contestó: “Hijo, si lo habéis hecho vosotros, estará bien”. Me encantó.



La actividad como director de Del Arco está volcada en el Kamikaze, pero de vez en cuando se airea. En unos meses, por ejemplo, debutará como regista de ópera, poniendo en escena una versión lírica de Fuenteovejuna en Oviedo. De entrada era un poco escéptico con el proyecto. Paradójicamente, no se fía demasiado de la música contemporánea. Aduce que por ignorancia y por su formación clásica en canto. Pero la partitura de Jorge Muñiz acabó llevándoselo al huerto. “La escuchaba y las imágenes venían solas”, afirma. Volverá a trabajar, además, con Paco Azorín, con el que ya colaboró en Refugio.



P.- También hizo su incursión en el cine, con Las furias. ¿Qué regusto le dejó aquello?

R.- Maravilloso. Aunque la entrega física que exige el cine es brutal. Son jornadas de 12 horas. En el rodaje comprobé los límites de mi energía, y mira que yo tengo. Trabajé con niños, animales, en exteriores en barco… Todo un reto para una ópera prima. Pero tengo mucho mono de cine. En mayo empiezo ya el rodaje de otra película y tengo un proyecto de desarrollo de una serie, aparte de otro largo que estoy escribiendo.



Miguel del Arco en un ensayo de Ilusiones

Felicidad en la sala de ensayo

P.- ¿Lo de su hiperactividad es una inclinación natural o es que no sabe decir que no? ¿Quizá es necesidad de autoafirmación o de simple supervivencia?

R.- (Ríe) Es que tengo la suerte de que mi pasión y mi trabajo son lo mismo. Eso ya me convierte en un privilegiado. Yo donde soy feliz es en una sala de ensayo: ahí río, lloro, reflexiono… Y, por cierto, digo a muchas cosas que no, cosas estupendas pero que no puedo encajar. Me agobia tener cerrado mi tiempo más allá de 2019. Hace poco he comprado un terrenito en la Vera y he descubierto el campo, la felicidad de plantar y hacer crecer árboles.



P.- Combinar espectáculo y reflexión es quizá su gran especialidad. ¿Cúal es su ‘truco'?

R.- Es que no tiene que estar reñido lo uno con lo otro. Lo sesudo no tiene por qué ser tedioso. Un buen ejemplo era Stephen Hawking, que era todo un espectáculo explicando cosas incomprensibles. Y eso es Molière también, que te mete una disertación en mitad de una función trepidante como Misántropo. Él sabía que la mejor manera de disponer al público para la reflexión es hacerle reír primero. Shakespeare lo mismo.



Podría estar dirigiendo un teatro público pero estoy aquí, pintando las sillas de la escenografía de Ilusiones"


P.- Tiene una querencia por actualizar los clásicos: Pirandello, Gorki, Shakespeare, Molière… No es tan fácil verle montando textos contemporáneos.

R.- Sí, es verdad, pero es que a mí me da igual hacer Viripaev que Shakespeare. La marca de la casa es la mirada contemporánea. Lo que me interesa es que Hamlet interpele directamente al público del siglo XXI, como hace Viripaev. Las reconstrucciones arqueológicas, que respeto, a mí no me interesan para el Pavón.



P.- Sólo hace ocho años de cuando estrenaron en el hall del Lara La función por hacer. Eran unos desconocidos. Ahora está en la cúspide de la celebridad escénica. ¿Cómo vive esto?

R.- Ayer me paré a felicitar a una actriz por su trabajo en Dados. José [el actor José Luis Martínez, su marido], volviendo a casa, me decía que era alucinante la cara de devoción con la que me miraba. Noto esa devoción por mi trabajo, sí, el deseo de los becarios de estar cerca de mí para aprender, pero ayer también me pinté las sillas de Ilusiones, con el mono puesto, porque no tenemos dinero para que un taller nos haga la escenografía. Me podía haber relajado, haber dirigido un teatro público, porque ha habido ofertas, y así llevar una vida más fácil. Pero he querido cambiar una realidad, hacer las cosas de otra manera. Yo no he sido muy feliz en los teatros públicos. Este era un melón que había que abrir. No tengo vocación de sufridor pero sí siento un compromiso hacia mi profesión. Así que el día a día impide que se me vaya la olla.



P.- ¿Cualés son las ilusiones hoy de Miguel del Arco?

R.- Una inmediata es que el Kamikaze sea un proyecto sostenible, que no vivamos en una permante zozobra. La precariedad no aporta nada. Lo de que a los artistas les va bien sufrir para crear es una gilipollez como una catedral. Las salas de ensayo deben ser un espacio de seguridad para que las funciones sean luego peligrosas. Espero poder dar esa seguridad a quien venga aquí a trabajar, porque yo sé que se van a entregar. La gente se deja la piel por sus vocaciones. Yo mismo siento que me voy a morir en cada uno de mis montajes por la tensión y las dudas.



@albertoojeda77