En su himno al amor, San Pablo asegura que podríamos hablar el idioma de los hombres y el idioma de los ángeles, pero que de nada nos serviría, si no tuviéramos amor. Esta misteriosa profecía parece pensada para Shakespeare, que habló el idioma de los hombres, no muy distinto del inglés que todos estudian ahora. Sin embargo, escribió en el idioma de los ángeles -si no de los dioses-, en un inglés grecolatino, sublime, que dice las cosas en su transparencia encendida. Encendida, porque, si algo nos acredita su poesía es que sí tuvo amor. Como muestra que lo contiene todo, el precioso principio del Soneto XXVI: "Lord of my love" "Señor del amor mío". Cualquiera con unos rudimentos de inglés lo entiende, pero ¡qué maravilla el espacio que se abre tras esa sencillez! "a cuyo mérito /le debo la obediencia de un vasallo". Desde ese Renacimiento podemos desandar el sendero del amor petrarquista y provenzal, el ideal de Ovidio y el más noble homoerotismo griego. Shakespeare es siempre poeta. Lo es en su teatro, igual que Esquilo, Séneca o Lope. Dejó diseminados en los parlamentos de sus personajes verdaderos poemas exentos, a la espera de que otros poetas los seleccionaran. En Inglaterra lo hizo Ted Hughes. En España lo ha hecho Christian Law Palacín en su hermoso Jardín circunmurado. Y Raquel Lanseros nos ha recordado las palabras de Julieta. Shakespeare empezó escribiendo poemas largos. En Venus y Adonis anticipa la figura del amado joven y apuesto. Allí pide, con palabras de Ovidio, "una copa/ rebosante del agua de Castalia". La fuente de los poetas es la suya. Por eso los mejores se han sentido llamados a traducirlo, es decir, a leerlo para nosotros con entusiasmo minucioso. Jesús Munárriz trasladó Venus y Adonis. Los Sonetos han seducido a Mujica Láinez, García Calvo, Rivero Taravillo, o Christian Law Palacín. De este último son las traducciones que cito, pues lo hacen plenamente compatible con el siglo XXI. Sólo un poeta hablaría así a otro hombre: "mi tierno bruto que al ahorrar malgastas". Suele olvidarse que los poemas largos -Venus y Adonis, Lucrecia- consagraron a Shakespeare en la alta literatura de su momento. Y de pronto ese respetable padre de familia publicó unos sonetos amorosos cuyo protagonista es otro hombre, con una Dama Oscura por antagonista. Esto desconcertó a algunos y fascinó a otros, y así sigue la cosa, porque es propio de los clásicos despertar reacciones contrarias. Como clásico, es irreductible a ninguna época, empezando por la suya. Además, como suelen hacer los clásicos, se ha borrado biográficamente, dando preferencia a su obra. Sus sonetos son espejos en los que nos reflejamos. Shakespeare parecía primero romántico, luego bisexual, y ahora es abanderado del poliamor. Mientras inauguramos la primavera, sus versos "aumentan el deseo de verano". ¿Y la política? En abril de 1964 -cuarto centenario del nacimiento del bardo- Mujica Láinez publicó en la prensa un soneto que honra los Sonnets. Perseguido por el peronismo, se puso a salvo leyendo y traduciendo a Shakespeare: "cuando más me afligía la amargura/ me acerqué a ti, que estás en la alta calma / de lo inmortal". El soneto XXIX, que nadie debería dejar de leer, nos deja protegidos para siempre por el amor. En un momento de infortunio el poeta se derrumba. Pero entonces... "Por suerte pienso en ti", le dice a su amado. Se viene arriba, dicho en el idioma de los hombres. Él lo dice en el de los ángeles: "así mi ánimo /-alondra de alborada- se desprende /de la sombría tierra". Celebra la única plenitud que cuenta: "Pues evocar tu amor es tal ventura / que no me cambiaría por los reyes". Eso es lo que sólo puede decir un poeta.

Soneto XXIX

Cuando me niegan hombres y fortuna, lloro la soledad de mi ostracismo y aturdo al impasible cieo en vano y, al verme así, maldigo mi desgracia queriendo en esperanza ser más próspero, tener los rasgos de éste, los amigos de aquél, el arte de uno, los recursos del otro, indiferente a mis placeres; pero aunque casi llego a despreciarme, por suerte pienso en ti, y así mi ánimo -alondra de alborada- se desprende de la sombría tierra con sus himnos. Pues evocar tu amor es tal ventura que no me cambiaría por los reyes.

Berowne

Buscando luz la luz la deslucimos y, antes de hallar la luz en las tinieblas, te quedas ciego y ya no hay luz que valga. Si quieres estudiar, estudia el modo de darles a tus ojos la alegría de mirar unos ojos deslumbrantes que iluminen los ojos que han cegado.
(De Trabajos de amor perdidos)