Enrique Encabo Inmaculada Maluenda

El nuevo Kunstmuseum Basel. Foto: Julian Salinas

A primera vista, la ampliación del Kunstmuseum de Basilea, de Emmanuel Christ (1970) y Christoph Gantenbein (1971) resulta sospechosa. Sus tecnologías frías y volumen límpido pueden interpretarse como una parodia involuntaria del cliché minimalista suizo. No hay que engañarse. El edificio participa de un tipo muy concreto de ingenuidad: la que se trabaja desde dentro de una disciplina, con plena consciencia y sin descuidos casuales.



La ampliación se enfrenta al reto de establecer continuidades con el museo original desde un emplazamiento independiente. Entre lo viejo y lo nuevo, la relación es esencialmente retórica, incluso edípica: misma altura de cornisa, similar textura horizontal en sus alzados y parecida proporción en sus huecos de fachada. La obra de Christ & Gantenbein sobreactúa tanto en su condición subsidiaria que parece reducirse a mera prótesis urbana de la obra madre, al prolongar su galería porticada con un diedro simétrico que reconduce a la calle St. Alban hacia la cercana orilla del Rin.



Sin embargo, en ese lienzo de fachada tan aparentemente insípido se adivinan algunos matices que colocan al proyecto entre la respuesta banal y el objeto sofisticado. El subrayado en franjas oscuras del antiguo museo se reinterpreta aquí en el relieve de las nuevas hiladas de ladrillo. Este recurso se afina particularmente en el friso, un rótulo continuo de LEDs integrado en la envolvente cerámica del edificio. El ojo, de repente, convierte la trama lineal en un barrido de píxeles, similar a los patrones del artista Gerhard Richter. Mediante esta dislocación semántica, los arquitectos parecen decir que, en lugar de materia, basta con su imagen: artesanía aplicada a la revolución digital. Esa tensión entre expectativas y realidad continúa también al interior, donde el desafío estriba en contestar la uniformidad neutra que suele prescribirse a las salas de exposición. Las omnipresentes cajas blancas de los museos se descomponen en un estudiado ensamblaje de elementos y materiales, con su techo de hormigón visto, luminarias crudas y jambas de mármol gris oscuro.



Nos diferenciamos en lo que nos asemejamos, diría Ortega. Durante las últimas décadas, ir al museo tenía algo de vagar aeroportuario; oteábamos los carteles en busca de un mínimo asidero de identidad. Es de agradecer la rebeldía de este edificio ilusoriamente espartano que se complace en contradecirse a sí mismo, empeñado en atender a la historia y los códigos globales, pero también en instalarse con acierto en la contemporaneidad y lo específico.