Teatro

Ernesto Caballero

“El cáncer del teatro es convertirlo en una pasarela”

13 abril, 2006 02:00

Ernesto Caballero. Foto: Jesús Alcaraz

La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) estrena el 19 de abril su tercera producción de la temporada, Sainetes, de Ramón de la Cruz. Por primera vez , y coincidiendo con el XX aniversario de su fundación, la Compañía sube a escena un clásico del XVIII. El montaje ha sido dirigido por Ernesto Caballero, dramaturgo y profesor, para quien De la Cruz es el "Goldoni español, un renovador de la escena ilustrada que se cuela por la puerta trasera".

Caballero es un raro ejemplar de nuestro teatro y, sin embargo, de haber nacido en la época de Shakespeare o de Molière quizá hubiera sido un prototipo. Ha escrito casi 30 obras, ha dirigido otras tantas y desde hace veinte años mantiene compañía (Teatro el Cruce); es pues dramaturgo en su sentido más literal, además de profesor en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (Resad) de Madrid.

Esta semana presenta en el teatro Pavón de Madrid su último trabajo, Sainetes, que le ha llevado al teatro del XVIII y a investigar sobre las grandes contradicciones que presidieron este siglo. El montaje le ha inspirado incluso una obra sobre Moratín, Leandro o la búsqueda del equilibrio, un autor que es la antítesis de Ramón de la Cruz (1731-94). De éste último Caballero habla con simpatía: "Fue un espíritu libre que hizo lo que quiso", cuyo teatro equivaldría a lo que hoy llamamos "comercial": Rechazado por las élites culturales, De la Cruz escapó del didactismo moralizante para ponerse al servicio de los actores y de los gustos del público.

Cuatro sainetes diversos
El director ha tejido su montaje con cuatro sainetes, uno sigue la pauta de la farsa molieresca (La ridícula embarazada), otro es de una teatralidad exacerbada como El almacén de novias que Caballero ve muy próxima a la de Francisco Nieva (a quien dedica el espectáculo); Manolo es una parodia de la tragedia heroica y La república de las mujeres una versión libre de una comedia francesa.

-¿Qué hace un autor del XVIII como Ramón de la Cruz en el repertorio de la CNTC?
-Eso debería contestarlo Eduardo Vasco (director de la CNTC) que fue quien me encargó este montaje. A mí me parece muy bien que se abra el repertorio del Siglo de Oro por delante, es decir, al teatro del Renacimiento, y por detrás, al del siglo XVIII e incluso yo llegaría hasta el XIX, el drama romántico bebe mucho de Calderón y del Barroco. El XVIII es el gran maltratado del teatro y es, sin embargo, un siglo de una actividad teatral ingente. Se empiezan a construir los coliseos y se pone en práctica toda la maquinaria escénica que se había gestado en el Barroco. Hay también una dramaturgia que intenta renovar el teatro, hoy olvidada, y en la que conviven los dramas poscalderonianos, las comedias de magia, la neoclásica y, evidentemente, los sainetes.

-Los sainetes eran considerados vulgares por los ilustrados.
-Sí, como parecen un género menor, escritos para la diversión, los sainetes han sido devaluados cuando lo que intentan es una experiencia similar a la de Goldoni en Italia, que era coetáneo de Ramón de la Cruz. éste se propuso llevar al teatro la vida popular, callejera, hacer cuadros de costumbres, trabajar la comedia remarcando los caracteres y satirizando. Es curioso, pero los intentos de renovación en el teatro español siempre han entrado por la puerta trasera. Pienso en Valle que, como no puede estrenar, publica por entregas sus obras. De la Cruz se cuela en los entreactos y, así, la renovación en el XVIII también se produce por una puerta no oficial.

-¿Para quién se escriben estas obras cortas?
-Los sainetes no son otra cosa que un refinamiento de lo que eran los entremeses en el Siglo de Oro, que se intercalaban en los entreactos de las comedias. Los sainetes responden a una necesidad que es la de unos actores que ven que lo que hacen ya no funciona. En realidad, pasaba lo que ahora, que estaba muy disociado lo que era la renovación del teatro que proponían los teóricos y la práctica de las compañías, que veían que necesitaban algo que funcionara, que hablara de la calle. Y Ramón de la Cruz se convierte en un transcriptor de la realidad de los actores. Por eso su teatro tiene un hálito que no participa del acartonamiento del que escribe desde el precepto.

-¿Este teatro sería el equivalente en pintura a los Caprichos de Goya.
-Sí, si, Manolo prefigura clarísimamente el esperpento de Valle. Yo he tenido a Goya muy presente en este montaje, desde La ridícula embarazada, que sería el Goya más neoclásico, a Manolo, que sería el de los aguafuertes. Manolo es claramente Buñuel. Pero también he tenido muy presente el teatro furioso de Nieva, por su teatralidad y por su galería de personajes impregnados de un surrealismo casticista.

-El montaje se desarrolla en la trastienda de una compañía de teatro. ¿Cuál ha sido su aportación como dramaturgo?
-No quería hacer una sucesión de sainetes, sino que he dotado al montaje de un marco dramatúrgico. Se me ocurrió formar una compañía, principalmente porque es un trabajo para la CNTC y yo creo firmemente en el proyecto de Vasco, en que es necesario un elenco estable. ¿Quiénes forman mi compañía? Pues siete actores y siete actrices que se llaman como los actores célebres que hicieron el teatro de Ramón de la Cruz: José Espejo, Granadina, Ibarro, Chinica... A todos estos los he juntado en una compañía imaginaria que se dan cita en un espacio para ensayar unos sainetes. Lo que he pretendido es que el espectador vea una compañía del XVIII pero también una compañía del XXI con la tonicidad física del actor de hoy que utiliza, recrea, sirve y opina sobre unas formas teatrales del XVIII.

Actores y compromiso
-Dice que apoya el modelo de Vasco para la CNTC
-No concibo una CNTC sin un plus de compromiso con el proyecto por parte de todos. No puede funcionar una compañía con actores meramente contratados. Se tiene que entender que el objetivo de la CNTC es formarse en un código común, en un proyecto artístico que requiere tiempo. Y claro, los políticos suelen exigir resultados inmediatos. También es cierto que hoy en día es muy difícil pedirle a un actor, que recibe ofertas de cine y TV, que se comprometa por un año con una compañía. Por eso, hay que elegir muy bien.

-¿Cree que si otros teatros públicos crearan elencos estables se generalizaría esta forma de trabajo?
- No sólo en el teatro público, también en el privados. Creo que apostar por la creación de núcleos estables es la gran inversión cultural en el teatro y, sin embargo, no lo propicia nadie, empezando por una nueva figura que tiene un poder desorbitado que se llama "el programador". Este señor, como si estuviera en un supermercado, elige las compañías para programarlas en el teatro público para el que trabaja. El programador es hoy el que decide sobre la vida de las compañías y en algunos casos mata el discurso continuado de éstas.

-Le noto muy pesimista.
-La gran tentación hoy en día, por el sistema de funcionamiento, es convertir el teatro en una pasarela Cibeles de genialidades. Y ése es el cáncer del teatro, porque el teatro es una supeditación natural a eso que se llama la experiencia teatral. Si esa experiencia se convierte en una guerra a codazos para que se vean mis figurines, o mi actuación, mi texto..., se convierte en un gran bazar. A veces se piensa que esa yuxtaposición de talentos garantiza un buen teatro y es todo lo contrario, lo malogra. España es un país muy individualista y, además, Madrid es un espacio en el que la gente viene a darse codazos, viene a competir. Las relaciones del teatro profesional son extremadamente insolidarias.

-García May publicó en estas páginas que usted es un extraordinario director al que los teatros públicos no llaman.¿Por qué?
-No lo sé, pero el año pasado hice El señor Ibrahim y las flores del Corán en el Centro Dramático Nacional. No lo sé... es una pregunta que me hago. Seamos sinceros, muchas veces en el teatro público no funciona tanto la meritocracia artística como la oportunidad política. Y, claro, no reúno el perfil: soy de Madrid y no periférico, no soy joven y por tanto tampoco novísimo, no soy mujer... También los entiendo.