Teatro

Un teatro de autor

The Royal Court Theatre estrena Sede

2 enero, 2000 01:00

El RCT no excluye a los clásicos. Geraldine McEwan protagonizó Las sillas, de Ionesco

El 7 de enero el Royal Court Theatre vuelve a su sede original en Sloane Square, después de tres años de reformas. La institución que promociona a los autores de hoy es uno de los mejores observatorios para conocer el teatro contemporáneo; y no sólo británico, como revela la reciente edición de “Spanish Plays”, en la que se recogen las obras de los autores españoles que han colaborado con el teatro.

Durante los últimos 43 años el Royal Court Theatre (RCT) de Londres ha representado la quintaesencia del teatro más provocador, atrevido y experimental de los escenarios del Reino Unido. La aportación más importante al mundo teatral de esta institución ha sido dedicar un teatro a los nuevos dramaturgos, que sitúa al escritor en el centro del proceso de producción. El próximo 7 de enero el teatro vuelve a su sede original en Sloane Square, después de un periodo de tres años en el que el edificio ha sido remodelado respetando el estilo arquitectónico del teatro original (del siglo XIX) y creando un espacio escénico ultramoderno y flexible, que permite cualquier adaptación del auditorio. El resultado, en palabras de John Mortimer, presidente de la institución, es “un teatro maravilloso, donde el auditorio no ha cambiado y donde los fantasmas de Shaw, Granville-Barker y Osborne se sentirán en casa al igual que los nuevos escritores a los que nos debemos”.



Mortimer habla también de la tradición heredada. Se refiere a los orígenes del teatro que se remontan a principios de este siglo. Entonces, Harley Granville-Barker y John Vedrenne se convirtieron en director y productor de la RCT. Al famoso dúo se unió Bernard Shaw, que ayudó a definir la política artística de la institución entre 1904-1907. La intención del trío era introducir nuevos escritores en el teatro británico, especialmente procedentes de Europa, y crear un repertorio que se representaba en matinés y funciones nocturnas, y que se convirtieron en el vehículo ideal para los jóvenes dramaturgos. Esta política contrastaba con la práctica de los teatros comerciales, donde las obras se mantenían en cartel hasta que dejaban de ser rentables. La otra gran aportación del dúo Graville-Barker fue crear la figura del director-artístico. En definitiva, el mencionado trío contribuyó a que el RCT se identificara como el teatro donde los escritores y dramaturgos siempre tienen la prioridad y como un teatro que no tiene miedo de intentar nuevas formas interpretativas, con o sin apoyo del público.



En 1956 dos personajes darían un impulso innovador a la institución: Tony Richardson y George Devine, que fundaron la English Stage Company, la compañía que al tener su sede en el teatro acabó fundiéndose con él. Ambos tuvieron claro entonces que uno de los principales problemas del momento era la escasa producción de nuevas obras en un panorama dominado por las producciones comerciales. Por eso, uno de sus objetivos fue animar la escritura dramática.



Profesionales e inspirados

En la actualidad, tal y como explica Graham Whybrow, director literario del RCT, la política de la institución sigue siendo la de estimular y promocionar a la nueva comunidad de dramaturgos: “Nuestro objetivo es encontrar nuevas obras a partir de diferentes fuentes: de escritores profesionales, otros que llamaríamos “inspirados” y que nos envían su trabajo, escritores potenciales (gente que a lo mejor todavía está en la escuela y que nunca ha intentado escribir una obra pero pueden tener madera para ello). Nuestras oficinas reciben sus obras y un equipo especializado selecciona y elige qué producir y qué director nos gustaría que la hiciera”.



El criterio final que sigue el RCT, según Whybrow, “es elegir una obra cuya escritura sea excepcional, tenga espíritu contemporáneo, presente algún desafío en cuanto al contenido o la forma. Si la obra en sí da la sensación de que ya ha sido leída, que es familiar, entonces creemos que será mejor que vaya a otros escenarios”.



El director literario subraya que esta política de selección es posible gracias a la financiación estatal que recibe el teatro del Arts Council, “lo que nos permite producir obras que no son necesariamente rentables y a rechazar otras por ser demasiado comerciales”. En concreto, el RCT tiene un presupuesto total de dos millones y medio de libras (650 millones de pesetas), de los que el Arts Council aporta entre el 30 y el 40 por ciento. Taquilla, esponsors y donaciones completan el resto del presupuesto.



En la actualidad, el panorama teatral británico se encuentra en un momento de gran actividad, lo que supone un cambio radical en relación con la situación que había hace unos seis o siete años, tal y como explica un estudio sobre el teatro publicado en aquella época y que Whybrow cita: “A principios de los 90, la producción de nuevas obras en Gran Bretaña había disminuido dramáticamente, los críticos se lamentaban por la falta de nuevos talentos, los directores se mostraban más interesados en textos clásicos que contemporáneos”.



A partir de 1994, y para combatir esta crisis de nuevos dramaturgos, el RCT decidió implantar una nueva política artística de promoción. Este es un aspecto clave, en opinión del director literario, al que el teatro de cualquier país debe enfrentarse si quiere apoyar lo contemporáneo:”La obra de los nuevos artistas es frágil y delicada y, por tanto, hay que cuidarla y alimentarla. En mi opinión, teatros como el nuestro deben centrarse en crear una comunidad de dramaturgos autóctonos y no caer en la falacia de creer que existen muy pocas obras nuevas y que todas ellas son malas. Según nuestra experiencia, si creas las condiciones oportunas, cualquier país puede mejorar la situación del teatro contemporáneo. Nada me haría más feliz que viajar a otros países y ver las obras de sus autores representadas allí en vez de adaptaciones de producciones procedentes del RCT”.



Siguiendo esta política, la programación anual del RCT es el mejor vehículo para acercar los nuevos autores al público. El teatro produce todos los años un total de 19 obras nuevas en dos escenarios diferentes: el Jerwood Theatre Downstairs, con una capacidad para 400 espectadores, y el Jerwood Theatre Upstairs, con 90 asientos. El director artístico decide la programación, que se divide por trimestres. El primer programa de este año incluye Dublin Carol, de Conor McPherson, Hard Fruit, de Jim Cartwright, The Country, de Martin Crisp, Breath, Boom, de Kia Corthron, The Force of Change, de Gary Mitchell y Other People, de Christopher Shinn.



A los ensayos, los actores y el equipo técnico dedica unas cuatro semanas. Las piezas se mantienen en cartel otras cuatro en el teatro más reducido y de cinco a seis en el principal. En casos extraordinarios de obras de mucho éxito se traspasan a otros escenarios, como es el caso de The Weir, que lleva más de un año en cartel en The Duke of York, de Londres.



También, los clásicos

EL RCT no excluye la revisitación de algunos clásicos, como explica Graham Whybrow: “la verdad es que también solemos incluir algunos clásicos pero los tratamos como si fueran nuevas obras. A veces, un clásico vuelve a cobrar actualidad o, simplemente lo reponemos porque nadie escribe como lo hacía, por ejemplo, Ionesco, y nos gusta acercarlo a las nuevas generaciones que seguramente lo desconocen”.



La institución, por otro lado, ha creado diversos programas de intercambio y residencia para autores y directores de otros países. Con nuestro país, estos programas se establecieron en 1993. Mary Peate, directora de teatro del departamento de internacional, explica que en 1996 visitaron España para conocer el panorama teatral: “Descubrimos que existía un interés creciente por un teatro de autor después de que en los años 80 el teatro físico o visual gozara de protagonismo. Regresamos con más de cien obras de las que seleccionamos y produjimos seis. Lo más curioso es que nuestra selección incluyó obras que a lo mejor no se hubieran hecho en España pero que respondían a nuestra política”. De aquella experiencia se acaba de publicar “Spanish Plays”, que incluye la traducción de seis obras de autores españoles que han pasado por el RCT: Caricies, de Sergi Belbel, El jardín quemado, de Juan Mayorga, Bazar, de David Planell, La puñalá, de Antonio Onetti, Rodeo, de Lluïsa Cunillé y Besos de lobo, de Paloma Pedrero.



Sin embargo, la directora del departemento, Elyse Dodgoson, que ha viajado recientemente a España, se lamenta de la actual situación: “Se aprecia una calidad, energía y talento entre nuevos autores, pero también notamos una cierta frustración porque ven que su trabajo no prospera. Sigue sin existir una infraestructura para ayudar a estos jóvenes dramaturgos, lo que también es un inconveniente para nosotros”.



The Royal Court Theatre fue construido en 1888, en Chelsea, un barrio aristocrático de Londres. En los años sesenta, fue el escenario de obras tan emblemáticas como Mirando atrás sin ira, de John Osborne, o la Trilogía de Wesker. En los 70, el estreno mundial de Sam Shepard como dramaturgo fue en este escenario. Las últimas obras de remodelación han respetado el estilo original del edificio y lo han dotado de las medidas de seguridad oportunas. También se han habilitado los camerinos y se ha mejorado sensiblemente la disposición del auditorio. El teatro conserva sus dos salas: Upstairs, con 90 asientos, y Downstairs, con una capacidad para 400 espectadores.