El tenor y director de escena mexicano Rolando Villazón.

El tenor y director de escena mexicano Rolando Villazón. Pedro Puente/FIS

Ópera

Rolando Villazón, tenor y director de escena: "Mozart fue un caleidoscopio, entre rocanrolero y filósofo"

El intérprete mexicano dirige una nueva versión de 'La flauta mágica', que presenta en el Festival de Santander.

Javier Camarena estará al frente del elenco. David Afkham, en el foso.

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Rolando Villazón (Ciudad de México, 1972) ve a Mozart como un viejo amigo. A veces, se abre una cerveza y, ante una imagen del genio inspirador, inicia una larga charla. La cercanía la percibe desde que leyó su correspondencia en 2010. Fue una inmersión en la personalidad múltiple del autor de La flauta mágica. Precisamente esta ópera, la última con su firma, cargada de guiños masónicos, es la que presentará en el Festival Internacional de Santander este lunes, 3 de agosto.

Aunque la ha cantado varias veces (encarnando a Papageno), en la capital cántabra se persona como director de escena, que es la faceta artística que más cultiva: quince producciones ya en su currículum. Es así desde que un quiste en las cuerdas vocales le obligó a dosificar sus apariciones como tenor.

Villazón, actual director artístico de la Fundación Mozarteum de Salzburgo, también se reinventó mediante la escritura. Ha rematado ya tres novelas. Por eso no extraña cuando en la conversación traza jugosos paralelismos entre, por ejemplo, Mozart y Unamuno: "Tienen un humor muy parecido".

Esta versión de La flauta mágica ya la estrenó hace unas semanas en la Semana Mozart de Salzburgo. En ella, radiografía a su ídolo, al que introduce físicamente en la trama. A su paso por Santander para ajustar los mecanismos de tan original montaje, atiende a El Cultural por teléfono.

Pregunta. Para un mozartiano de pro como usted, ¿qué importancia tiene montar este título tan emblemático?

Respuesta. Es la responsabilidad más grande que he asumido. Es algo delicioso pero a la vez un reto mayor. Yo quiero mucho a Mozart, lo considero de verdad un amigo. No pasa un día en el que no escuche al menos cinco o diez minutos de su música y constantemente releo pasajes de sus cartas. Curiosamente, es el compositor que más he cantado en mi carrera, con once papeles en mi haber.

P. Es la última ópera suya, escrita a la vez que el Réquiem. ¿Qué tiene de especial La flauta mágica dentro de su prodigioso legado?

R. Que Mozart siempre quiso hacer un singspiel y escribir en alemán. Buscaba alejarse de los recitativos tradicionales, deshacerse de ellos para dar más fluidez a la dramaturgia. Era un hombre de teatro y esta obra, estrenada en el de Schikaneder [autor del libreto y empresario teatral], no estaba destinada a la aristocracia sino al pueblo, y acabó siendo un éxito rotundo. Es una ópera en la que volcó tanto su parte lúdica como sus conocimientos filosóficos. El concepto de mi producción es, precisamente, un homenaje a esa dualidad.

P. ¿Y cómo la plasma?

R. Lo que se ve en escena es, esencialmente, la historia tal cual la conocemos. La diferencia fundamental es que todo sucede en la habitación de Mozart durante el último día de su vida. Sabemos que, cuando ya no podía salir de la cama, seguía las representaciones de La flauta mágica mirando su reloj y diciendo: "ahora empieza la obertura", "ahora sale la Reina de la Noche".

»En la puesta en escena, un reloj de pie se ilumina cada vez que Mozart piensa en su obra. Al morir, él creía estar viendo una función. Así, los personajes entran en su habitación y la historia se desenvuelve alrededor suyo. Mozart está todo el tiempo sobre el escenario. Incluso aparecen su esposa Constanze y sus dos hijos, y hay un guiño al Réquiem.

"Rothko pintaba escuchando la flauta mágica. Uso sus colores para describir bosques y tinieblas"

P. Pero ¿le llega a dar la palabra?

R. No, no tiene ni una sola palabra de texto. Cuando incorporo personajes que no están en la obra original, el desafío es que aporten y no distraigan. No se trata de cambiar la historia, sino de añadirle este homenaje desde mi perspectiva. Por otro lado, toda la estética del escenario está inspirada en las pinturas de Rothko.

P. ¿Y eso?

R. Rothko era un gran amante de Mozart, pintaba escuchando La flauta mágica. Utilizamos sus colores y sus franjas para describir el bosque, las tinieblas o las pirámides. También me apoyo en imágenes de vídeo para resaltar símbolos masónicos o estéticos. Como director, no me gusta que el público se rasque la cabeza o no entienda qué está pasando. Los elementos visuales ayudan a situar la acción claramente.

P. Usted interpreta todavía el papel de Papageno en un espectáculo ad hoc para niños. La flauta mágica es un reclamo idóneo para enganchar al público infantil a la ópera, ¿no?

R. Sí, es la mejor ópera para atraer a los jóvenes. En Alemania y Austria todos los niños la conocen. Papageno es un personaje que me encanta; de hecho, volveré a cantarlo en el Metropolitan en una versión para familias. Es maravilloso ver cómo prende el fuego lúdico de la infancia en adultos y niños por igual. Papageno es para Tamino lo que Sancho es para el Quijote: alguien en contacto con la tierra, con la vida y con quienes somos.

Un momento de la producción de 'La flauta mágica' de Villazón

Un momento de la producción de 'La flauta mágica' de Villazón Werner Kemetitsch

P. En esta ocasión, el papel de Tamino lo asume su compatriota y cuate Javier Camarena. ¿Qué destacaría de él?

R. Todo. Su carrera habla por sí misma. Destacaría su voz, su entrega y su musicalidad, que es tan importante para Mozart. Es un cantante con un gran corazón, una energía estupenda y mucha simpatía.

P. Usted se enamoró de Mozart leyendo sus cartas. ¿Qué detalles le hicieron sentirlo como alguien tan cercano?

R. Su personalidad se refleja muy bien en esos textos: su humor, sus chistes escatológicos, sus profundas reflexiones filosóficas... Mozart es el compositor quizá más querido de la historia. En sus cartas y en su música siempre hay luz. No teme adentrarnos por bosques oscuros o momentos de tristeza y melancolía, pero siempre regresa a la vida, al humor y a la comedia.

»Su humor es como el de Unamuno: un humor verdadero que habla de la existencia. Recuerdo especialmente cuando llegó a la Fundación Mozarteum la carta original que le escribió a su padre con reflexiones sobre la muerte. Decía en ella que cada día, al irse a dormir, no sabía si despertaría al día siguiente. Eso me ha enseñado a vivir, a reír y a disfrutar la música. A veces me abro una cerveza frente a una imagen de Mozart como si me la estuviera tomando con él.

P. ¿Ha diseminado la personalidad de Mozart entre los distintos personajes de la obra? ¿Cómo es ese reparto exactamente?

R. Sarastro representa su parte filosófica y masónica; la Reina de la Noche es su fantasía, esa "loca de la casa" que puede ser una fuerza violenta. Pamina es la música misma. Monostatos es el enemigo de la música, el personaje que trata de reducir a Mozart a mercadotecnia barata, a simples "llaveros". Papageno es el contacto con la vida (comer, vivir, amar) y los tres niños representan la fuerza lúdica, la seriedad del juego que Mozart nunca perdió. Era un caleidoscopio: un rebelde rocanrolero, pero también un filósofo, un hombre espiritual y profundo.

P. ¿Qué le parece el retrato de él que hizo Milos Forman en Amadeus?

R. Me encanta. Es un ejercicio poético maravilloso. Aunque está lleno de errores biográficos e históricos, de los que estoy seguro que era consciente, logró crear un furor mozartiano encantador. Para profundizar en el personaje real están sus cartas, pero la película es un trabajo magnífico que capturó algo esencial.

P. En 2027, tiene usted previsto completar con Così fan tutte la trilogía dapontiana en Salzburgo, ¿no?

R. Sí, presentaremos Così en una semiproducción, como hicimos con Don Giovanni y Las bodas de Fígaro. En la Semana de Mozart tenemos más de cincuenta eventos en diez días, incluyendo conciertos de la Filarmónica de Viena; es una inmersión total en su mundo, sus cartas y sus museos.

P. Y, en el frente de la escritura, ¿qué tiene entre manos?

R. Estoy terminando mi cuarto libro. Mi obra anterior, Amadeus en bicicleta, trataba sobre Mozart, pero este nuevo libro es una novela picaresca. Trata sobre un cantante de ópera que sigue el Método de actuación de forma tan extrema que vive su personaje todo el día, lo que le lleva a situaciones muy ridículas. Espero terminarlo para finales de año, aunque entre tanto canto y dirección a veces me falta tiempo para escribir.

P. En Amadeus en bicicleta le quitaba hierro al fracaso. ¿Qué valor tiene este para usted, que tuvo que reinventarse como artista tras sus dificultades vocales?

R. Es importante definir bien la palabra. Yo prefiero hablar de "descalabros". Los descalabros ponen las cosas en perspectiva y permiten reevaluar el camino. El fracaso parece algo definitivo, mientras que el descalabro es un ingrediente necesario que permite abrir otras puertas y bifurcar las rutas hacia nuevas aventuras que quizá no estaban planeadas. Es simplemente una parte del camino.