Eric Clapton durante un concierto. Foto remitida por Live Nation. No se permitió el acceso a fotógrafos en el concierto de este jueves en el Movistar Arena de Madrid.

Eric Clapton durante un concierto. Foto remitida por Live Nation. No se permitió el acceso a fotógrafos en el concierto de este jueves en el Movistar Arena de Madrid.

Música

Eric Clapton, golpeado por un objeto, deja a Madrid sin bises tras un concierto memorable

El dios de la guitarra, de 81 años, nos llevó de viaje a Chicago y al Misisipi antes de que alguien del público le lanzara un disco al final de la actuación.

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Hay amores que matan y hay fanáticos que agreden sin querer a sus ídolos. Eso es lo que ha pasado este jueves en el concierto de Eric Clapton en el Movistar Arena de Madrid.

Al acabar el concierto, Madrid se quedó sin bises por culpa de alguien del público que lanzó al músico un disco de vinilo, probablemente con la esperanza de que se lo firmara. El objeto, uno de los 280 millones de discos que se estima que ha vendido a lo largo de su carrera, golpeó a Clapton mientras saludaba al final del recital junto al resto de su banda.

Está feo hacerle eso a cualquiera, y más a un dios de la guitarra que a sus 81 años no está para tonterías. Desde la grada derecha le vimos tener un momento de deliberación con el resto de su equipo tras bajar del escenario y después perderse por el pasillo que conduce a los camerinos. Se encendieron las luces y el público comenzó a silbar con disgusto, la mayoría probablemente sin saber qué había motivado la decisión de no hacer ningún bis.

Pero que este percance no empañe el resto de un concierto corto (1 hora y 20 minutos) pero memorable. El ex de los Yardbirds, de Cream y de los Bluesbreakers, entre otras bandas, además de dueño de una larguísima y fructífera carrera en solitario, estuvo solvente en el plano vocal (teniendo en cuenta su edad), aunque canta muchísimo mejor con los dedos.

Hizo un repaso a la historia del blues, su queridísimo blues, llevándonos en volandas hasta Chicago con su guitarra eléctrica y después al Delta del Misisipi, donde empezó todo, empuñando la guitarra acústica.

Acompañado por otros siete músicos (Doyle Bramhall II a la guitarra, Nathan East al bajo, Chris Stainton a los teclados, Tim Carmon al Hammond, Sonny Emory a la batería y Sharon White y Katie Kissoon a los coros), Clapton calcó el setlist que hizo el pasado lunes en Praga, dentro de su gira europea que este domingo le llevará al Palau Sant Jordi de Barcelona.

No hubo entrada triunfal. Salió al escenario como si nada, con el resto de la banda, a ganarse el pan, con un sencillo traje negro, camisa blanca y zapatos cómodos. Una alfombra bajo sus pies, una docena de lámparas negras colgando del techo que le daban al escenario un aire de garito de blues, y tres pantallas verticales. Ningún alarde escenográfico era necesario en una velada centrada al cien por cien en la música.

Con esa creciente y penosa moda de dividir la pista por la mitad en función del poder adquisitivo (que se suma a la moda de no permitir fotógrafos, como ocurrió en el último concierto de Rosalía), el público estaba prácticamente inmóvil, absorto en la contemplación de un dios, meciéndose levemente cuando sonaba un blues de ritmo contagioso. Y un detalle digno de alabanza: muy pocos teléfonos en el aire, signo de la edad del respetable, con pocos asistentes por debajo de los 40 años.

Arrancó el músico británico con 'Badge', canción de 1969, de su etapa con Cream, con sus característicos parones antes de cada solo. Tras uno suyo llegó el turno de Tim Carmon al órgano Hammond, que nos brindaría este y otros cuantos solos espectaculares a lo largo de la velada.

Después sonó 'Key to the Highway', un animado standard de blues de 1940, que dio paso a 'I'm Your Hoochie Coochie Man', otro clásico del blues, este lento, pegajoso y sexi, compuesto en 1954 por Willie Dixon para el legendario Muddy Waters.

A eso de las 21:15, Clapton empezó a rasguear un leve ritmo con aire reggae. Algunos ya sabían lo que venía, el resto se dio cuenta cuando ya la melodía era inconfundible. Era 'I Shot the Sheriff', la canción de Bob Marley and The Wailers versionada por Clapton en 1974, apenas un año después del lanzamiento de la original y que llegó a eclipsarla, alcanzando el número 1 en la lista Billboard.

Aquello enfadó mucho al jamaicano, pero al final se dio cuenta de que el éxito de la versión también le beneficiaba a él. "La canción es más grande que nosotros", cuentan que le dijo Marley al manager de Clapton. La versión de este, más rock pero sin perder del todo el contratiempo característico del reggae, acabó este jueves con un solazo bastante largo que dio paso a un bloque de canciones en acústico.

Clapton, que está en el Salón de la Fama del Rock and Roll por partida triple (con The Yardbirds, Cream y en solitario) se sentó en una silla y empuñó la guitarra acústica para interpretar a solas 'Kind Hearted Woman Blues', de su querido Robert Johnson, al que dedicó un disco entero en 2004 (Me and Mr. Johnson) y entonces ya parecía un viejo bluesman del Delta, de esos que prácticamente mueren con las botas puestas, como su admirado B. B. King.

Parte de la banda regresó para acompañarle en 'Nobody Knows You When You're Down and Out', una canción escrita por Jimmie Cox en 1923 que habla del reverso negativo de la fama y el dinero.

Después de 'Golden Ring', Clapton empezó la siguiente canción con un delicado solo, en medio de un silencio que alguien aprovechó para gritarle un "¡Ole tus huevos!" que se granjeó la simpatía del resto del público, aunque el músico seguía a lo suyo, seguramente sin haber entendido ese piropo que sonó agresivo como una amenaza.

Siguió el solo introductorio y poco a poco la gente se fue dando cuenta de que era su canción más famosa, 'Layla', pero en una versión irreconocible.

Fue una interpretación a millones de años luz de la pieza original, compuesta en 1970 cuando estaba en Derek and the Dominos y conocida por esa inconfundible melodía galopante de la guitarra y luego ese cambio súbito a mitad de canción, con la entrada de un piano luminoso.

Esta no fue así. Fue una versión casi susurrada, pianissimo (incluyendo los solos de teclado y contrabajo), que al principio desconcertó al público pero finalmente fue recompensada con la mayor ovación hasta ese momento. Uno de los mejores momentos del concierto.

Eran las 21:40 pasadas cuando llegó 'Tears in Heaven', la hermosa y triste canción nacida de una tragedia, la muerte del hijo de Clapton a los 4 años al caer desde el piso 53 de un rascacielos de Manhattan.

Tras ese momento íntimo, regresó la electricidad con un bloque que inició con 'Holy Mother' y siguió con 'Cross Road Blues' y 'Little Queen of Spades', otros dos temas de Robert Johnson.

Tocando esta y la siguiente, 'Cocaine' (esa ambigua e irónica canción sobre la droga escrita por J. J. Cale en 1976 pero que forma parte del cancionero de Clapton desde hace décadas), llegó el momento culminante de la noche y el lucimiento de toda la banda, con solos apoteósicos que nos hicieron sentir afortunados por haber presenciado semejante espectáculo. Lo suficiente como para compensar el mal sabor de boca por quedarnos sin bises.