Abraham Cupeiro posa junto a su carnyx celta construido por él mismo. Foto: Diego Radamés

Abraham Cupeiro posa junto a su carnyx celta construido por él mismo. Foto: Diego Radamés

Música

Abraham Cupeiro: "Cuando toco estos instrumentos milenarios ante 80.000 personas, me siento poderoso"

El músico gallego, conocido por resucitar reliquias musicales como el carnyx celta, presenta este domingo en los Teatros del Canal 'Loira', su proyecto más personal.

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Desde la última vez que lo entrevistamos, hace algo más de dos años, el número de seguidores de Abraham Cupeiro (Sarria, Lugo, 1980) se ha duplicado en Instagram, donde ya tiene más de 160.000.

No sorprende la popularidad que ha alcanzado el músico gallego, un tipo único que se dedica a resucitar instrumentos desaparecidos hace miles de años. Los construye con sus propias manos en su taller en una pequeña aldea de Lugo, Castro de Rei.

El carnyx, la trompeta que los celtas usaban en la guerra, es su recreación más famosa por lo imponente de su aspecto y su sonido, que le ha llevado a tocar varias veces ante miles de personas en el estadio del Celta de Vigo y hace un mes en la espectacular ceremonia previa al partido entre Francia e Inglaterra en el torneo Seis Naciones de Rugby.

Abraham Cupeiro, el músico que resucita instrumentos milenarios Fernando Díaz de Quijano

Para construir el carnyx (también escrito como cárnix, kárnix y karnyx), Cupeiro se basó únicamente en las monedas romanas en las que se veía a soldados sosteniéndolos como trofeo tras vencer a los celtas. En su colección de instrumentos ancestrales fabricados por él mismo también figuran el cornu romano, el aulós griego o la trompeta barroca sin pistones.

Además de fabricar los instrumentos en el taller donde un día casi pierde la vida debido a un incendio, Cupeiro compone música para estas “esculturas sonoras” de civilizaciones antiguas, la graba (con orquestas como la Royal Philharmonic de Londres) y la toca por escenarios de todo el mundo, con una cercanía y una habilidad para explicar su funcionamiento y su historia que engancha a todos los públicos.

Tras discos como Pangea y Mythos, este domingo presentará en los Teatros del Canal de Madrid su proyecto más personal, que lleva por título el nombre de su perra: Loira.

“A diferencia de los álbumes anteriores, este es un viaje que no tiene nada que ver con lo épico. No habla de mitologías ni de grandes continentes, sino de pequeñas historias que no salen en los libros, pues sus protagonistas no son ni grandes reyes ni grandes artistas, sino pueblos nómadas en los que he encontrado inspiración para hacer estas músicas”, explica Cupeiro a El Cultural durante una conversación en el teatro madrileño.

Pregunta. En este disco toca mucho la trompeta, la especialidad que estudió en el conservatorio. ¿Se ha reencontrado con ella o nunca ha dejado de tocarla?

Respuesta. La trompeta es el único instrumento que nunca he abandonado. Todos los días, después de levantarme e ir al baño, aún en pijama cojo la trompeta en mi cabaña y toco 20 minutos. Es una manera de limpiarme por dentro. En este proyecto hay temas que ya tocaba con la trompeta hace muchos años y otros son nuevos. Es el instrumento que me hace volar.

P. ¿Qué otros instrumentos va a tocar en el concierto de este domingo?

R. Voy a tocar instrumentos como el dord irlandés, esa gran trompa de la Edad de Bronce que fue encontrada en el siglo XVIII en el lago de los tesoros de Armagh, un condado de Irlanda del Norte. De Tyrone, que está al lado, viene el invitado que me acompaña, Mathew Ward, que canta en gaélico un poema irlandés del siglo IX, Scél Lem Dúibh.

»También voy a tocar la corna galega que fue encontrada a solo 5 km de mi pueblo. Es el único instrumento que no es mío y el único que no he encontrado yo, sino que me ha encontrado a mí. Es un eslabón perdido en mi cultura y en este caso hago lo más galego que he hecho en mi vida: acompañar en un canto de arrieiro a Davide Salvado, una de las voces más increíbles que tenemos en Galicia, con este instrumento tan humilde pero realmente evocador.

Abraham Cupeiro sostiene la corna gallega que tocará en los Teatros del Canal este domingo. Foto. F. D. Q.

Abraham Cupeiro sostiene la corna gallega que tocará en los Teatros del Canal este domingo. Foto. F. D. Q.

P. Además de Scél Lem Dúibh, en Canto de Ceifa - She moved through the fair combina un canto de siega tradicional de Portugal con una conocida balada folclórica irlandesa. ¿Siente que los lazos culturales entre las tierras con pasado celta siguen fuertes?

R. Somos hijos del Atlántico, ponemos los cementerios de la misma forma, mucha gastronomía es parecida, la climatología te hace pensar de una forma muy parecida… Cada vez que nos encontramos los gallegos y los irlandeses es como encontrar un hermano, aunque no hablemos el mismo idioma. Y una cosa importante: en el libro de las invasiones de los irlandeses, que está en el Trinity College de Dublín, sus primeros invasores fuimos las gentes del norte de la península ibérica.

P. Otras canciones del disco, como Five Points, Lavapiés y Vadzim suenan zíngaras, balcánicas, incluso a la música klezmer judía. ¿En qué se inspiró para componerlas?

R. Me he inspirado en la euforia de los pobres para vivir la vida a pecho descubierto. Five Points es una dedicatoria a ese barrio neoyorquino del siglo XIX donde irlandeses y afroamericanos confluyeron. ¿Qué los unió? La pobreza. De ahí salió algo tan increíble como el claqué, que se sigue bailando hoy. Ahí tenemos la colaboración de la canadiense Sandy Silva, de la compañía La Bottine Souriante.

»En cuanto a los temas más del este de Europa, es algo que a mí también me ha atravesado desde niño y en ellos toco un viejo saxofón que encontré en un contenedor, un instrumento muy raro porque es un soprano en Do y normalmente están en Si bemol, no he vuelto a encontrar otro igual. Hay un tema que he dedicado a un compañero acordeonista que se llama Vadim Yukhnévich. La primera vez que nos sentamos, le enseñé las melodías que había creado con ese instrumento y él me acompañó al momento sin ensayar y salió este tema.

Abraham Cupeiro en los Teatros del Canal de Madrid. Foto: Diego Radamés

Abraham Cupeiro en los Teatros del Canal de Madrid. Foto: Diego Radamés

P. Usted no es como un músico al uso que hace un disco, con su correspondiente gira, y luego cierra esa etapa para hacer otro disco y otra gira, sino que tiene en cartel varios espectáculos con los que gira simultáneamente. Sigue tocando Pangea, Mythos, su monólogo musical Resonando en el pasado, donde toca y explica los instrumentos de su colección…

R. Sí, y este verano voy a parar dos meses para hacer tres proyectos más, porque los músicos que llevamos toda la vida en este oficio lo que hacemos es tejer una tela de araña en la cual nos movemos, y necesitamos que tenga diferentes cuadrículas para poder moverte de manera más tridimensional. Se trata de ir encontrándote a ti mismo en diferentes aspectos a la vez.

P. ¿Le quedan muchos instrumentos por descubrir, resucitar o rescatar de la basura?

R. Menos que hace años, pero sí, siempre sigo investigando. Un instrumento es la escultura que un pueblo ha cincelado después de miles y miles de años, es una llave sonora que abre puertas del pasado. No deja de ser más que un instrumento, y al ponerle tu aliento es como viajar. Tengo un gran respeto por esas esculturas sonoras que han creado las diferentes culturas del planeta. Es como un DNI que te permite acercarte a otras culturas y describe a la perfección la emoción de los pueblos.

Abraham Cupeiro, durante la entrevista. Foto: Diego Radamés

Abraham Cupeiro, durante la entrevista. Foto: Diego Radamés

P. No podemos saber a ciencia cierta cuáles eran las melodías que se tocaban con el carnyx y otros instrumentos ancestrales. ¿Cómo sabe que las que usted compone se parecen a las que se hacían en su época original?

R. Yo no rescato música del pasado, sino sonidos, esencias. Pero si me preguntas, por ejemplo, si el carnyx o el aulós griego sonaban como yo los toco, te diría al 100 % que sí. Del aulós se ha encontrado una veintena de ejemplares, y todos son diferentes. Si aparecieran todos, seguro que habría millones y todos serían diferentes, porque los seres humanos hacen los instrumentos, no al revés, y cada intérprete buscaría hacer el suyo propio. Al final lo único que hago es lo que haría una persona hace miles de años: soplar y generar emoción.

P. Hablando de emoción: ¿qué siente cuando toca al comienzo de un partido de fútbol del Celta o en el Seis Naciones ante miles de personas? El cárnix es un instrumento que antes servía para infundir valor a los propios guerreros y miedo a los adversarios, y el deporte no deja de ser una batalla sin sangre.

R. Salgo a un campo, por ejemplo en el Stade de France, ante 80.000 personas, y, lejos de sentirme nervioso, con estos instrumentos me siento poderoso. Están hechos para ser tocados en un gran espacio y ante miles y miles de personas, como podía haber antiguamente en una batalla. Creo que es una manera de reivindicarlos y darlos a conocer, porque, aunque yo los he construido, estos instrumentos no son míos, sino de todos, y creo que merecen una segunda oportunidad.

P. ¿Por qué cree que la música es tan eficaz transmitiendo emociones?

R. Porque no la rodea nada gratuito, ni algo sucedáneo. Es muy directa y al mismo tiempo es tan abstracta… Su naturaleza es tan volátil, pero a la vez tiene esa fuerza… Fíjate: los seres humanos nos hemos cohesionado a través de la música. El instrumento más antiguo que se sabe que tocó el ser humano tiene más de 60.000 años. Todo esto, los amuletos, la orfebrería, la música, las artes, tan denostadas hoy en día que parece que no sirven para nada, han hecho que los grupos humanos fuesen cada vez más grandes.

P. En estos tiempos de guerra, de enfrentamiento entre pueblos y culturas, ¿qué puede hacer la música para contrarrestar?

R. En pequeña medida, puede hacer al ser humano mejor. No es una quimera ni una idea en el aire. Yo de pequeño era un niño travieso, y al soplar un instrumento o al frotar unas cuerdas me concentraba, me focalizaba. La música es un juego infinito, un arte difícil pero al mismo tiempo te emociona ver todo el recorrido que tienes por delante. La práctica de un instrumento te hace mejor persona y favorece que el odio no tenga cabida en ti.

P. ¿Cómo ha vivido el aumento de popularidad que ha tenido en los últimos años?

R. Lo vivo muy bien, porque para mí esto es una misión. Mi mayor orgullo es ver que hay gente, sobre todo adolescentes, que son mis máximos seguidores en YouTube, que siguen esto. A mí no me cuadra cuando dicen que a la juventud no le interesa ni la música sinfónica ni la historia. Me gusta que la gente me conozca y venga a mis conciertos, pero sobre todo para que se conozcan los instrumentos.

Abraham Cupeiro tocando el carnyx. Foto: Diego Radamés

Abraham Cupeiro tocando el carnyx. Foto: Diego Radamés

P. ¿Hay mucha más gente como usted, muchos músicos dedicando su talento y su tiempo a redescubrir estos instrumentos antiguos?

R. Hay muchos equipos, sobre todo en Escocia, en Francia y Estados Unidos, compuestos por musicólogos, historiadores, orfebres, artesanos… Aquí es todo más precario y es difícil que las instituciones te hagan caso. Yo he sido un hijo de la necesidad. Si he querido tener un carnyx o un aulós, me los he tenido que fabricar yo y buscarme la vida para aprender a tocarlos. Cuando te pones a construir algo así sin ser realmente constructor de instrumentos, los primeros días son frustrantes. Yo me he pillado varias veces los dedos con el torno, y hace años salí vivo de milagro del taller porque se incendió de una forma muy violenta.

P. ¿Cómo fue aquello?

R. Estaba trabajando con resinas que se inflamaron. En cuestión de diez segundos, todo el taller era negro. Tenía mi perrillo allí conmigo y vi que no salía, así que volví a entrar a por él, lo saqué, lo até fuera del taller y volví a entrar una segunda vez porque la bombona seguía funcionando. No veía nada por el humo, fui a tientas y pude cerrarla. Al día siguiente, cuando los bomberos me dejaron entrar, la goma de la bombona estaba carcomida por el fuego, si no hubiera llegado a tiempo no sé qué se habría montado allí. Casi me quedo intoxicado, no sé cómo tengo los pulmones ni quiero saberlo…