Image: Juan José Mena, director de la Orquesta Sinfónica de Bilbao

Image: Juan José Mena, director de la Orquesta Sinfónica de Bilbao

Música

Juan José Mena, director de la Orquesta Sinfónica de Bilbao

“No soy aspirante a la titularidad de la ONE”

7 noviembre, 2002 01:00

Juan José Mena. Foto: Carlos García

Juanjo Mena, una de las mejores batutas del panorama español, es titular de la Sinfónica de Bilbao. Su nombre figura como uno de los más firmes candidatos para el podium de la Nacional, conjunto al que dirigirá próximamente. Además, el 8 de noviembre afronta junto a su orquesta la inmensa Octava de Shostakovich.

El maestro Juanjo Mena (Vitoria, 1965) que afronta mañana el reto de la Octava de Shostakovich en el Palacio Euskalduna de Bilbao, dirigirá la próxima semana a la Orquesta Nacional. De entrada, rechaza de plano la idea de “estar a prueba” y asegura que “cuando voy a dirigir una orquesta, como ahora la ONE, lo único que me preocupa es hacer música lo más fielmente posible”. ç

-¿Cómo ha sido hasta ahora su relación con la Orquesta Nacional?
-Es una relación que tiene ya cuatro años, desde que fui invitado a dirigir unos conciertos didácticos, y se potenció el año pasado, cuando en el programa que dirigí en la temporada surgió una buena comunicación con la orquesta. Las dos partes pudimos disfrutar de buenos y, en algunos casos, especiales momentos musicales. Supongo que la doble invitación para dirigir en la presente temporada es consecuencia del buen resultado artístico de ese encuentro.

-El actual director emérito de la Nacional, Rafael Fröhbeck de Burgos, remitió una muy polémica carta al Director General del INAEM, en la que le recomendaba tres jóvenes directores para asumir la titularidad: Pedro Halffter, Josep Pons y usted. ¿Qué opinión le merece?
-El debate que se ha abierto en torno a la titularidad de la Nacional me es totalmente ajeno. Me he visto involucrado por terceras personas. Creo que deben de ser las distintas partes vinculadas a la orquesta las que tienen que hablar al respecto. Guardo enorme respeto por mis compañeros de profesión, tanto por el maestro Fröhbeck de Burgos como por Josep Pons y Pedro Halffter. En este sentido, he de decir que me veo inmerso en un supuesto proceso selectivo de manera absolutamente involuntaria e inesperada.

Dirirector a prueba
-En aquella carta, Fröhbeck decía que había decidido invitarles con el objeto de verificar cómo “funcionan” con la ONE. ¿No se siente en estos dos conciertos que ahora va a dirigir como a prueba?
-No, rotundamente no. Probablemente, nunca aceptaría ir a ningún sitio “para probar”. No tengo ninguna necesidad material, ni intelectual, ni psicológica de conseguir nada. Soy un trabajador, todo lo que he conseguido ha sido porque el tren ha pasado por mi estación y lo he cogido siempre sin importarme la velocidad. Me agrada y halaga que me hayan invitado dos semanas, un hecho que sencillamente atribuyo a que gustó el trabajo que hice la pasada temporada. Lo demás, son elucubraciones mentales que no me interesan. Cuando voy a dirigir una orquesta, como ahora la Nacional, lo único que me preocupa es hacer música lo más fielmente posible.

-¿Puede describir los dos programas que hace? ¿Los ha planteado usted o se los ha sugerido la orquesta?
-Los hemos diseñado conjuntamente. Había un condicionante importante, que suelo introducir en mis conciertos: tenía que haber algo de música española posterior a Manuel de Falla. Por eso, en el primer programa hago la Suite en La, de Julio Gómez, quien fue maestro de mi maestro Carmelo Bernaola. En el segundo, y por petición de la propia orquesta, que quería algo clásico, he introducido la Cuarta de Beethoven, que es una sinfonía bellísima y no tan programada como las otras.

Arriesgados programas
-Uno de los aspectos más llamativos de su carrera son los comprometidos y arriesgados programas que aborda. ¿No teme la comparación con las versiones de los grandes?
-Más que temor, yo diría respeto enorme. Si se observan bien mis programas, se puede comprobar que la mayoría de ellos vienen condicionados por las peticiones y las características de las orquestas con las que colaboro. También hay siempre una búsqueda de lo que uno cree que es mejor, dentro de una progresión. Me siento mucho más cómodo dentro de una sinfonía de Bruckner, con su polifonía, balance, equilibrio y estructura, que pienso que está bastante más relacionada con mi personalidad que, por ejemplo, en las sinfonías de Mahler, a las que estoy accediendo de un modo más paulatino y reposado.

-Algo tendrá que ver su estrecha vinculación con Sergiu Celibidache, con quien trabajó en Múnich. ¿Hasta qué punto le ha influido?
-Celibidache ha impregnado mi manera de ser, de pensar y de dirigir. Junto a mi maestro Carmelo Bernaola, ha sido la persona fundamental en mi carrera y en toda mi proyección humana y artística. Sin embargo, y si me permite, antes de hablar de Celibidache desearía decir que fue Bernaola, con quien trabajé desde muy joven, el que me dio todo. Fue él quien me encauzó en un camino correcto, primero con García Asensio y posteriormente con su gran amigo Celibidache. Las conversaciones cuando Celibidache venía a Madrid eran un auténtico lujo. Las cenas con Alfonso Aijón, Bernaola y Celibidache eran verdaderas lecciones magistrales. Me enseñó el respeto por la música, el rigor ante lo escrito y la búsqueda de cuanto hay detrás de la partitura.

-Se dice que Celibidache anulaba a sus discípulos.
-He procurado siempre mantener mi personalidad, ahondar en el conocimiento que hay dentro de uno. Bernaola, con su magisterio socrático, me enseñó esta búsqueda del yo, y también me previno del riesgo que usted apunta en su pregunta. Todos sabemos que había mucha gente que adoraba a Celibidache, y que se sentía totalmente influida por él, hasta el punto de perder su propia identidad. Y esto, tu propia personalidad, es lo más importante que uno tiene. Por ello, has de enriquecerla desde todos los aspectos, pero nunca intentando imitar lo que hace otro. Celibidache hubo uno y no habrá más.

-¿Ha matado al padre?
-Pero mi padre, en los términos de su pregunta, no fue Celibidache, sino Carmelo. él me enseñó, me llevó, me condujo con una maestría digna sólo de una gran persona, como él era. En cuanto a Celibidache, creo que con su muerte ha desaparecido una de las personalidades fundamentales de la dirección musical y orquestal. Después de trabajar con él, con su muerte he sentido una profunda orfandad.

-Usted es uno de los directores españoles de carrera más firme. ¿Cómo ve el actual panorama sinfónico en España?
-En los últimos diez años se ha producido una mejora enorme. Este país ha experimentado un cambio muy importante en el respeto por la interpretación musical, fruto de un trabajo previo de organización y educación tanto del público como de los instrumentistas. Todo esto se ha complementado con la creación de unas buenas infraestructuras, un apoyo constante a la música que ha provocado que las orquestas hayan tenido que ponerse al nivel que demandaban los diferentes estamentos de la sociedad. Estamos en un buen momento de subida, no considero que hayamos llegado todavía muy muy lejos, pero sí que hemos dado un giro de 180 grados a la situación que teníamos hace 10 ó 15 años.

-Se dice de usted que es duro y exigente.
-Si “duro” significa trabajar, sí, me gusta trabajar. Exigente... ¡pues también! Creo en mi posición, como persona que invita a buscar en la música algo más que una función estable o pasiva. En ese sentido sí puede catalogárseme como “exigente”. Pero, bueno, pienso, que mi trato con los músicos es respetuoso al máximo y extremadamente correcto.

Unificar orquestas
-Desde 1999 usted es titular de la Sinfónica de Bilbao. ¿Cómo ve la comentada posibilidad de reunificarla con la de Euskadi?
-En Bilbao desarrollo una labor de “director a la antigua”, casi 30 ó 35 semanas al año. Conozco las vidas de los músicos, tenemos un lenguaje de entendimiento mutuo que me motiva a todos los niveles. Hacemos un trabajo duro, de intenso compromiso, que permita sentar las bases de una gran orquesta. En cuanto a su pregunta, el proyecto de fusión de las orquestas vascas, es una idea muy vieja, de algún elucubrado mental que pensó que la música y que las orquestas eran números de empresas. Se ha demostrado en estos cuatro o cinco últimos años que el País Vasco necesita y demanda una gran actividad musical que ni siquiera las orquestas actuales dan abasto a atender. Se ha visto claramente que cada una de las orquestas tiene su propia razón de ser.