Una imagen de 'Masa'. Foto: Alba Muriel

Una imagen de 'Masa'. Foto: Alba Muriel

Danza

'Struere': cuando el concepto limita la danza

El espectáculo de la Compañía Nacional de Danza dejó una sensación difícil de esquivar: cuando el concepto ocupa demasiado espacio, la danza empieza a quedarse sin aire.

Más información: Luz Arcas y Kor'sia reflexionan sobre la energía colectiva y los espacios vivos en lo nuevo de la CND

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Struere significa construir, disponer, ordenar. El título elegido por la Compañía Nacional de Danza para su paso por el Centro Danza Matadero parece prometer una reflexión sobre la estructura, sobre aquello que sostiene una obra antes de que el movimiento la haga visible.

La premisa resulta atractiva. La dirección artística de Muriel Romero propone dos piezas que dialogan desde el concepto: Masa, de Luz Arcas, y Tablero, de Mattia Russo y Antonio de Rosa/Kor’sia, con dramaturgia de Agnès López-Río.

Sin embargo, la noche dejó una sensación difícil de esquivar: cuando el concepto ocupa demasiado espacio, la danza empieza a quedarse sin aire.

La primera pieza, Masa, parte de una idea con interés: construir un organismo único formado por un enjambre de cuerpos diferentes. Los bailarines funcionan como partículas de una misma entidad, se agrupan, respiran juntos, se desplazan, se observan, se rozan, se separan.

La imagen tiene potencia. El problema aparece cuando esa potencia no termina de convertirse en lenguaje coreográfico. Hay intención, hay atmósfera, hay un trabajo físico de escucha, pero el verbo danzar queda relegado a un segundo o quizá noveno plano.

La coreografía se apoya sobre una caligrafía críptica, a ratos confusa, que parece confiar demasiado en la sugestión del dispositivo.

La respiración, el temblor, la presencia grupal, el gesto mínimo y la acumulación de cuerpos generan algunos momentos de interés. Pero el interés conceptual no siempre alcanza para sustentar una pieza escénica.

La danza necesita pensamiento, sí, pero también precisa cuerpo en acción, frase, tensión, riesgo y desarrollo. En Masa, esa dimensión aparece de forma intermitente.

Luz Arcas propone una materia coral que quiere hablar de lo común, de la identidad compartida, de la fuerza colectiva. La pregunta es pertinente. En una época marcada por el aislamiento y la necesidad de pertenencia, pensar el cuerpo como masa viva tiene sentido. Sin embargo, la escena exige algo más que una formulación sugerente. Exige que esa idea devenga movimiento con capacidad de transformación.

Aquí, con demasiada frecuencia, el espectador observa la construcción de un estado, pero no su evolución.

La Compañía Nacional de Danza tiene bailarines capaces de atravesar repertorios de enorme exigencia. En Masa, esos cuerpos quedan contenidos dentro de una estructura que apenas les permite desplegar su verdadera dimensión. Se intuye su calidad, pero rara vez se les deja mostrarla. Es como mirar un motor de precisión funcionando al ralentí. Hay fuerza disponible, pero la pieza no la convoca.

La segunda parte, Tablero, ofrece un resultado más sólido. Mattia Russo y Antonio de Rosa, desde Kor’sia, plantean una propuesta escénica de mayor alcance visual.

La obra bebe de muchas fuentes, y eso se percibe desde el inicio. Hay ecos reconocibles, soluciones ya vistas, una cierta confianza en el impacto plástico. Pero también hay una arquitectura escénica más eficaz y una relación mejor resuelta entre movimiento, luz y elementos móviles.

Tablero tiene oficio. El trabajo de iluminación organiza el espacio con precisión. Los objetos escénicos no aparecen como decoración, sino como piezas de un mecanismo que condiciona el desplazamiento de los bailarines. La coordinación entre cuerpos y estructura genera tensión.

Ahí la CND respira con algo más de libertad. Sus intérpretes pueden mostrar, aunque sea parcialmente, su capacidad física, su dominio del espacio, su disciplina y su respuesta ante una partitura exigente.

Digo parcialmente, y no ha sido un desliz, porque incluso en Tablero queda la impresión de que los bailarines tienen mucho más que ofrecer que lo que la obra les pide. La pieza luce, funciona dentro de un programa variado, genera imágenes con fuerza y permite una lectura más clara que Masa. Pero tampoco termina de colocar la danza en el centro con la contundencia que uno espera de una compañía nacional.

Hay movimiento, hay mecanismo, hay coordinación. Falta, por momentos, esa necesidad interna que convierte una secuencia en acontecimiento.

El problema, por tanto, no está en la calidad del elenco. Al contrario. Los bailarines de la CND vuelven a demostrar profesionalidad, entrega y nivel. Sostienen las obras incluso cuando las obras no los sostienen del todo.

Ese es quizá el punto más delicado de la noche: ver una compañía con semejante potencial empleada en piezas que parecen más interesadas en el marco conceptual que en la plenitud del lenguaje coreográfico.

La dirección artística de Muriel Romero parece insistir en una línea donde la danza se desplaza hacia territorios de instalación, concepto y dispositivo. Esa búsqueda puede ser legítima. Una compañía nacional debe investigar, abrir caminos, asumir riesgos. Pero el riesgo pierde sentido cuando empieza a parecer tendencia. Y la tendencia preocupa cuando la danza se ausenta en gran medida de los programas.

La CND no necesita refugiarse en propuestas donde el cuerpo aparece domesticado por la idea. Necesita repertorios que permitan a sus bailarines pensar y bailar a la vez. Obras donde el concepto no sustituya al movimiento, sino que lo active. Piezas donde la inteligencia escénica no se confunda con la reducción del vocabulario coreográfico.

La sensación final puede resumirse con un símil científico: es como tener en plantilla a los mejores matemáticos del mundo y ponerlos a repetir la tabla del cinco. Lo harán con precisión, con rigor, con elegancia incluso. Pero uno sale preguntándose qué habría pasado si les hubieran dejado resolver un problema a su altura.

Struere quería construir, disponer, ordenar. Construyó una pregunta. Dispuso dos caminos. Ordenó una preocupación. La Compañía Nacional de Danza sigue teniendo bailarines de primer nivel. Ahora falta que los programas les permitan bailar como tales.