Yuval Abraham junto a un soldado israelí en 'Naza'

Yuval Abraham junto a un soldado israelí en 'Naza' Elastica

Cine

'Naza': toda la fuerza deshumanizadora de la maquinaria de guerra israelí

Rachel Szor y Yuval Abraham diseccionan la máquina de muerte diseñada por el ejército israelí para devastar Gaza.

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Entre los veranos de 2019 y 2021, cuatro activistas por los derechos humanos –dos palestinos (Basel Adra y Hamdam Ballal) y dos israelíes (Rachel Szor y Yuval Abraham)– filmaron No Other Land, que denunciaba el asedio que el ejército israelí infligía a la población palestina en las montañas de Cisjordania. Aquel impactante documental dio pie a uno de los momentos más recordados de la ceremonia de los Oscar de 2025, cuando Adra, galardón al mejor documental en mano, exigió el fin de “la limpieza étnica del pueblo palestino”.

Con aquella colaboración entre artistas israelíes y palestinos, No Other Land inyectaba un halo de esperanza en las tinieblas del presente. Sin embargo, parece difícil aferrarse a aquella brizna de ilusión cuando el genocidio palestino acontecido en la Guerra de Gaza parece no tener fin. Una realidad trágica de la que da cuenta Naza, el nuevo trabajo de Szor y Abraham, que en esta ocasión se trasladan a Tel Aviv en busca de responsabilidades.

Con la misma urgencia que teñía de relevancia las imágenes de No Other Land, Naza disecciona la máquina de muerte diseñada por el ejército israelí para devastar Gaza, en el nombre de la lucha contra el terrorismo de Hamas. Los protagonistas del documental son 24 miembros del ejército de Israel, que ofrecen testimonios directos de una campaña bélica orquestada desde la distancia gracias al empleo de sofisticados sistemas de inteligencia artificial.

Una crónica del horror que sorprende por la frialdad de sus narradores, que parecen ajenos al drama humano que contienen sus palabras. Apenas hay en el filme aullidos de dolor, tampoco demandas desesperadas de redención. Impera la constancia de la fuerza deshumanizadora de la maquinaria de guerra moderna, que permite a los técnicos de la “inteligencia militar” cometer asesinatos de forma indiscriminada –desde oficinas situadas en pacíficos núcleos urbanos– mientras continúan con su “civilizada” cotidianidad.

Como hiciera Basilio Martín Patino con los brazos ejecutores del régimen franquista en la esencial Queridísimos verdugos (1977), Abraham y Szor miran a la cara a los operarios de la barbarie. En Naza, los soldados israelíes –que aparecen en pantalla con el rostro ensombrecido y la voz distorsionada para evitar represalias– ofrecen testimonios brutales. En referencia a las víctimas palestinas del conflicto, un joven militar señala: “El objetivo es la cantidad, no la calidad”.

También se describe con todo lujo de detalles el funcionamiento de una herramienta de IA llamada Lavender, con la que el ejército israelí compuso una lista de entre 60.000 y 70.000 dispositivos telefónicos que, supuestamente, perfilaban la red de Hamas. Siguiendo las indicaciones de este programa, se ordenaron un sinfín de ataques con numerosas Nazas. ¿Pero qué es Naza? Pues una unidad de medida que contabiliza el número de bajas civiles de una acometida militar.

En el filme, un soldado señala que, durante algunos periodos de la guerra, el ejército israelí dio por bueno cualquier ataque con un Naza menor a 20. En algunos casos, se ordenaron ataques con un Naza de 500 civiles.

Como ocurría en The Act of Killing (2012) –el documental de Joshua Oppenheimer sobre los verdugos de la purga comunista en la Indonesia de los años 60–, Naza explora la huella del horror desde la insensibilizada perspectiva de los perpetradores. Y solo necesita 80 minutos para destapar la estremecedora alienación de los soldados.

Uno reconoce que participar en los ataques “era demencialmente divertido”. Si El oficio de las armas (2001) de Ermanno Olmi ilustró, con un fulgor poético, las implicaciones de la aparición de las armas de fuego en los albores del siglo XVI, Naza aplica un rigor clínico al estudio del nuevo paradigma bélico, donde los seres humanos son reducidos a factores numéricos, o píxeles borrables en una pantalla digital.

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Aunque cabe señalar que, pese a adoptar una mirada quirúrgica, Abraham y Szor no renuncian a señalar con indignación hacia el máximo responsable del genocidio palestino, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, que aparece en unas imágenes de archivo afirmando que “hacemos todo lo que podemos para evitar matar a civiles”.

Además de presentar un trabajo periodístico de primer orden, que cuenta con el respaldo de The Guardian, Naza despliega un conjunto de notables decisiones cinematográficas. El rodaje nocturno en los tejados de Tel Aviv refleja la dimensión clandestina del proyecto, mientras que las imágenes de archivo perfilan una colosal paradoja histórica.

En un momento clarividente, un soldado israelí rememora un viaje escolar a Polonia, organizado para recordar las atrocidades del nazismo. Al confrontar pasado y presente, el soldado admite que, tras sus experiencias como ejecutor impasible del genocidio palestino, puede comprender no solo la banalidad del mal que acompañó al Holocausto, sino también el pozo moral en el que se hundieron los ejecutores de aquella abyección histórica.

Por su parte, Abraham y Szor evocan otra historia, la de la imagen fílmica, cuando muestran que, en la filmoteca israelí, se proyecta una retrospectiva de Claude Lanzmann, quien en la monumental Shoah (1985) demostró que la palabra puede ser el contenedor más resonante y doliente de la memoria de un pueblo.

Naza

Dirección y guion: Yuval Abraham, Rachel Szor.
Año: 2026.
Estreno: 9 de octubre