La actriz Lali Espósito posa este domingo en el Festival de Cine de San Sebastián, donde su película 'Glaxo' compite en la sección oficial de la 74 edición del certamen.

La actriz Lali Espósito posa este domingo en el Festival de Cine de San Sebastián, donde su película 'Glaxo' compite en la sección oficial de la 74 edición del certamen. EFE/ Javier Etxezarreta

Cine

Benjamín Naishtat no convence en San Sebastián con 'Glaxo', un 'noir' lánguido con Lali Espósito

'Krux' convierte en película de terror la ola de suicidios en Alemania tras la derrota nazi.

'Brace Your Heart' moderniza y traslada a Laponia los códigos del wéstern clásico.

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Arranca Glaxo (Benjamín Naishtat, 2026) con una broma a propósito de Terminator (James Cameron, 1984) que, para su desgracia, desactiva los propósitos de la película por una doble vía.

Primeramente, a lo largo de sus siguientes 100 minutos, y a excepción de un par de secuencias, echaremos en falta el sentido del humor de ese prólogo.

Después, uno advierte con bastante prontitud que la cita filmográfica se convierte en una coartada para justificar el despiece de la linealidad narrativa que busca forzar un cruce de mensajes entre presente y pasado con la reparación de una injusticia como propósito ulterior.

Fracturada en dos tiempos que se van intercalando, lo nuevo del ganador de la Concha de Plata a la mejor dirección por Rojo (Benjamín Naishtat, 2018), nos sitúa, primero, en el año 84, momento en el que Flaco (Esteban Bigliardi) acaba de salir de la cárcel.

Las causas de su condena hay que buscarlas en 1957 y coinciden con la llegada a la ciudad de Chivilcoy del comisario bonaerense Ramón Folcada (Marcelo Subiotto), involucrado justo un año antes en una oscura acción policial, y su despampanante esposa La Negra Miranda (Lali Espósito).

Su acontecer lánguido, la previsibilidad de cada reverso de la trama y la caprichosa ordenación de un relato de inspiración noir que se entrecruza con el coming of age hacen de Glaxo una película desmayada. Desmayada e indecisa, pues su reflexión a propósito de la pérdida de la inocencia y su discurso sobre los desmanes de la dictadura militar que derrocó a Perón en el 55, claro antecedente de la de 1976, no termina de casar.

Cuando se disipan los vapores del cloroformo dramático, quedan en la memoria un elenco al que apenas se le puede reprochar nada y otro gran trabajo de Pedro Sotero en la dirección de fotografía.

Por el medio, una femme fatale sin misterio alguno, una voz en off que parece emplastada a posteriori, como una suerte de cataplasma que buscase subsanar en el montaje lo que no funcionaba en el guion y un clímax tan emocionante como la contemplación de un ficus haciendo la fotosíntesis.

'Krux': crónica de un exterminio anunciado

Desde un estricto punto de vista argumental, la ópera prima de Ulrike Tony Vahl queda resumida en su propia sinopsis: en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y ante la amenaza de la inminente llegada del ejército aliado, un pequeño pueblo alemán comandado por su alcalde decide aplicar la política de tierra quemada antes de que el enemigo se presente.

La realizadora Tony Vahl (2i), posa junto a los actores, Jella Haase (2d), Frieda-Lovisa Hamann (d), y Clemens Schick (i), tras presentar su película 'Krux', que compite en la Sección Oficial de la 74 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián.

La realizadora Tony Vahl (2i), posa junto a los actores, Jella Haase (2d), Frieda-Lovisa Hamann (d), y Clemens Schick (i), tras presentar su película 'Krux', que compite en la Sección Oficial de la 74 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. EFE/Juan Herrero

La aniquilación premeditada de los escasos hombres que quedan en el municipio, pues la mayoría se fueron al frente, de las mujeres y de los niños, así como de las cosechas y del ganado, se vende como el correlato lógico a la caída definitiva del nazismo.

Así pues, los valores de Krux (2026) no se encuentran en su dramaturgia, ni siquiera en las evidentes tribulaciones de sus personajes, funámbulos que caminan sobre la cuerda de una obediencia que conduce indefectiblemente a la muerte, mujeres y hombres que dudan sobre si no será más razonable saltar al vacío y esperar a que el futuro contradiga las profecías que les vendieron sus líderes.

Y es aquí, en el terreno de la fe ciega, donde Vahl encuentra un filón estético que la acerca al cine de terror en su subsección dedicada a las sectas. Hay un cuidado interés por mostrar las liturgias, por remarcar la importancia de la sangre –esas lavanderas que limpian las sábanas traídas del frente–, por catalogar los métodos de transmisión acrítica de una ideología disfrazándola de pedagogía o por señalar la erradicación inmediata de cualquier brote de discrepancia o de vacilación alrededor de la doctrina oficial del Reich.

En segundo lugar, Ulrike Tony Vahl encadena una sucesión de escenas fúnebres que funcionan como anticipo y refrendo del absurdo destino que el pueblo (casi) al completo parece haberse autoimpuesto, verbigracia las dos secuencias iniciales en las que Greta (Jella Haase) guarda el corazón de su marido muerto en un bote de formol para justo después celebrar una boda mortuoria en la que el casco del esposo fallecido en combate sustituye a su propietario.

Un momento de 'Krux'

Un momento de 'Krux' .

Se excede la directora en estos simbolismos necrológicos, por más que cada uno de ellos aporte nuevos matices, sobre todo cuando explicita las metáforas, siempre disfrazadas de lección magistral impartida por el maestro local, un personaje que casi merecería capítulo aparte en otro largometraje.

Los insertos de un par de serpientes que reptan por una maqueta a escala del pueblo, y que vienen a coronar las numerosas menciones a la muerte en el mundo animal que jalonan el metraje, terminan por imponerse como una obviedad que ni la película ni los espectadores necesitamos.

Obra de atmósfera logradísima y ominosa advertencia de un horror del pasado que algunos parecen dispuestos a querer invocar, la película se abre con unos sonoros aldabonazos, como si el mal acechase justo al otro lado de la puerta, de nuestra puerta.

No obstante, Krux adolece de cierta abulia rítmica y carece de un final contundente que deja demasiados flancos sin cubrir y que es sustituido por unos intertítulos informativos sobre la ola de suicidios que asoló Alemania al final de la guerra.

Eso sí, se cierra con una potente imagen quién sabe si premonitoria de Greta caminando sobre un paisaje arrasado. Después del nazismo, la nada.

Un pequeño wéstern lapón

Brace your heart (Amanda Kermell, 2026) comprende el periodo de tiempo que media entre el primer y el segundo intento de Ejva (Elli Sara Valkeapää) por reunir el rebaño de renos que le ha tocado en herencia tras la accidental muerte de su padre.

Lo mejor de esta actualización de los motivos del wéstern clásico trasladado a otra geografía firmada por la directora de origen sami Amanda Kernell pasa por su sequedad discursiva y por la aproximación antropológica a un entorno helado en el que lo único que parece germinar es la testosterona.

En semejante ambiente debe moverse Ejva, constreñida por la manera de ver el mundo que tienen sus abuelos y abocada por la tradición a involucrarse en una relación que no desea pero a la que accede por propia voluntad y que desemboca en un acto atroz que determinará su futuro. Un futuro que, por otra parte, solo le ofrece dos alternativas: o continuar con el negocio ganadero familiar pese al rechazo de una comunidad que entiende que las mujeres no han nacido para echarle el lazo a un reno o ingresar como trabajadora en la mina que opera en la región.

Cuando en Brace your heart priman lo físico o la acción en cualquiera de sus formas –los seguimientos con las motos de nieve, los trayectos en camión, marcar a los animales– uno intenta olvidar que conoce el desenlace de la trama prácticamente desde el inicio.

Sin embargo, y pese a esa infortunada previsibilidad, Kernell propone un final tan incómodo como realista que algunos pueden confundir con una mirada conservadora.