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Cine

Iván Fund estrena 'El mensaje': “Las mascotas nos recuerdan otras formas de vivir el tiempo”

El cineasta argentino conquistó con este trabajo el Oso de Plata - Premio del Jurado de la Berlinale.

Sigue a una niña que transmite mensajes de los animales a sus dueños.

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Que una niña tenga la capacidad de comunicarse con animales, vivos o muertos, parece algo exclusivo de la ficción. Sin embargo, los llamados ‘médiums de mascotas’ existen. En El mensaje, Anika (Anika Bootz), de nueve años, recorre la Argentina rural junto a sus padres adoptivos transmitiendo los supuestos mensajes de perros, gatos o tortugas. A partir de esa premisa, el cineasta argentino Iván Fund (Santa Fe, 1984) construye una road movie de tono poético que explora el misterio, la voluntad de creer, la orfandad y la capacidad de escuchar al otro.

Pregunta. Llama la atención que la figura del comunicador de animales exista realmente...

Respuesta. Como suele ocurrir, cuando la ficción empieza a tomar forma, la realidad ya le ha dado mil vueltas. Empecé a investigar y descubrí un universo mucho más delirante de lo que podía imaginar. Había gente que aseguraba hablar con animales reencarnados en criaturas de otros planetas. Tuve que contener todo ese material y decidir qué pertenecía al tono y qué era lo que daba para otra película. Es un mundo fascinante.

P. ¿Fue ese el punto de partida?

R. Siempre voy desde los personajes hacia afuera y ahí aparecen los temas. En El mensaje surgió la infancia, la curiosidad y esa capacidad de asombro que para mí también representa el cine: cómo crecer sin perder la posibilidad de creer que el mundo todavía puede sorprendernos. Me interesaba especialmente esa edad en la que un niño deja de creer y empieza a querer creer. Hay un momento en el crecimiento en el que la fe ya no es algo dado, sino que es una decisión. Uno elige sostener esa mirada sobre el mundo, y ese era uno de los motores de la película.

P. La orfandad parece otro tema capital en el filme, ¿no?

R. Sí, pero no quería que se limitara al personaje de esa niña. Hay una orfandad más existencial, la de los seres que habitamos este mundo. Al mismo tiempo quería abordar un núcleo familiar muy amoroso, con todas sus limitaciones. Y me interesaba el contraste entre un personaje con un talento extraordinario y una vida completamente cotidiana: alguien capaz de comunicarse con los animales, pero que utiliza ese don simplemente para ganarse unas monedas y seguir adelante.

P. Vemos un contraste social muy fuerte, con personas dispuestas a pagar por comunicarse con un gato fallecido y esta familia que sobrevive en una caravana. ¿Le interesaba esa tensión?

R. Me interesaba que todas esas complejidades y matices del mundo estuvieran ahí para que cada espectador sacara sus propias conclusiones. Mi obligación como cineasta siempre es mirar desde el punto de vista de los personajes: de quienes se ganan la vida como pueden o de quien tiene un dolor y busca la manera de sobrellevarlo, aunque sea intentando comunicarse con un animal que ha muerto. Ese contraste era importante, pero no quería convertirlo en un discurso.

P. ¿Esa precariedad dialoga con la situación que vive el cine argentino?

R.La realidad y la ficción están muy enredadas. Cuando rodamos el cine argentino atravesaba una crisis muy concreta y, en cierto modo, no había mucha diferencia entre nuestro equipo de rodaje y esa familia ambulante que intenta proteger a la niña. Uno tiene la responsabilidad de no subrayarlo, pero tampoco de negarlo: hay que poner en escena esa complejidad.

Iván Fund, en la Berlinale

Iván Fund, en la Berlinale Martin Kraft

P. Hable o no hable la niña con las tortugas, los interesados creen que sí y eso les ayuda. ¿Le interesaba no plantearlo como un mero timo?

R. Sí. De hecho, en la sinopsis de la película jugábamos con esa idea: ¿es cierto o no es cierto? No lo sabemos. Pero lo que sí es real es el servicio que presta esa persona, el hecho de acercarse a otro ser humano y escucharlo. Eso sucede independientemente de que exista o no ese don. Yo también soy bastante místico, pero creo que esa niña posee una enorme empatía y una gran compasión.

P. Esa ambigüedad también se traslada a sus padres adoptivos. Por un lado viven gracias al trabajo de una niña de nueve años, pero por otro es evidente que la quieren.

R. Exactamente. Para mí era muy importante que nunca estuviera en duda el amor que existe en esa familia. Hablé mucho de eso con los actores. Uno puede cuestionar algunas de sus decisiones o las limitaciones de determinados personajes, pero nunca que actúan desde el afecto. Son personas torpes, con sus contradicciones, pero se cuidan y se sostienen mutuamente.

P. ¿Qué referentes tuvo a la hora de construir ese mundo tan misterioso?

R. Siempre intento hacerle honor a lo que tengo delante y a lo que esa historia necesita. Las referencias aparecen después, cuando la película ya existe y uno descubre que llevaba todo ese cine dentro. Por supuesto, están Tarkovski, el neorrealismo italiano, Cassavetes, Tsai Ming-liang, Spielberg… Es una ensalada de todas las películas que te conmovieron. Como decía Jim Morrison de Nietzsche: “Pensaba como yo, solo que nació antes”. Los grandes maestros siempre están presentes, aunque uno no los invoque de manera consciente.

P. En el centro de Madrid ya hay más perros y gatos que niños. ¿Cómo ve nuestra relación con los animales?

R. En el mundo en el que vivimos, los animales nos ayudan a aferrarnos al presente. Nos enseñan a estar ahí, con los pies en la tierra. Mientras nosotros vivimos llenos de ansiedad, ellos simplemente están. Tal vez por eso hoy los necesitamos tanto: porque nos recuerdan otra forma de vivir el tiempo.