Un fotograma de 'Pálida luz en las colinas'

Un fotograma de 'Pálida luz en las colinas'

Cine

La película de Kei Ishikawa sobre Hiroshima y Nagasaki: "En Japón se afronta con culpa y victimismo"

En 'Pálida luz en las colinas', adaptación de la primera novela del Nobel Kazuo Ishiguro, el director japonés aborda la memoria de la tragedia atómica de 1945 a través de los recuerdos de una mujer emigrante.

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Cabe imaginar que, si las bombas atómicas no hubieran caído sobre Nagasaki e Hiroshima un 6 y un 9 de agosto de 1945, sino sobre Nueva York o San Francisco, existiría todo un género cinematográfico dedicado a aquella tragedia. Sin embargo, pese a haber causado más de 120.000 muertos en apenas unos segundos, los bombardeos nucleares han tenido una presencia sorprendentemente escasa en el cine occidental.

Una de las grandes excepciones es Hiroshima, mon amour (Alain Resnais, 1959), donde el romance entre una actriz francesa y un arquitecto japonés transcurría en una ciudad marcada para siempre por la destrucción y la derrota.

Ahora, Pálida luz en las colinas, adaptación de la primera novela del Nobel Kazuo Ishiguro, vuelve a ese paisaje devastado. La película sigue a Sachiko (Fumi Nikaido), una mujer señalada por mantener una relación con un soldado estadounidense en el Japón de comienzos de los años cincuenta, mientras el país intenta reconstruirse a marchas forzadas tras la Segunda Guerra Mundial con esa disciplina y capacidad de sacrificio que han marcado su identidad moderna.

La historia la narra Etsuko (Suzu Hirose en su juventud y Yoshiko Miyazaki en la vejez) a su hija, una escritora que quiere convertir aquellos recuerdos en una novela. Ese relato sobre una amistad acaba revelándose también como el relato de su propia vida. Como explica el director Kei Ishikawa, Sachiko funciona en realidad como un espejo de la propia Etsuko, que décadas después vive en Inglaterra tras haberse casado con un británico.

"En la película aparecen varias mujeres. Mientras la rodaba pensaba que los problemas que arrastra Etsuko en los años cincuenta, los que vive su hija en los años ochenta e incluso los de Sachiko son, en el fondo, manifestaciones de una misma cuestión. No quería plantearlo como una transmisión en una sola dirección, donde una generación entrega su trauma a la siguiente. Me interesaba más que funcionaran como un espejo entre ellas. Comparten un mismo conflicto y, al hacerlo, avanzan juntas", explica el realizador.

Ese juego de reflejos también afecta a los personajes masculinos, cuya ausencia resulta significativa. "El personaje de Frank, relacionado con Sachiko, y el marido británico de Etsuko —el padre de Niki— nunca aparecen físicamente. Para mí existe un paralelismo entre ambos. Aunque sean personas distintas, en cierto sentido representan una misma figura. Construí la película pensando en esa correspondencia".

Víctimas y culpables

Ishikawa retrata una Nagasaki todavía cubierta de escombros, donde los supervivientes intentan reconstruir una apariencia de normalidad. Paradójicamente, quienes lograron sobrevivir a la bomba sufren además la discriminación de quienes temen que los efectos de la radiación puedan ser contagiosos. A los más de 120.000 muertos se sumaron decenas de miles de personas que arrastraron secuelas físicas durante el resto de sus vidas.

Ochenta años después, la memoria de Hiroshima y Nagasaki continúa siendo uno de los asuntos más delicados de la sociedad japonesa, un país que fue al mismo tiempo víctima de las bombas atómicas y potencia agresora durante la guerra.

"Es un tema complicado —confiesa Ishikawa—. En Japón, Hiroshima y Nagasaki siguen siendo asuntos muy importantes porque todavía viven algunas personas que sobrevivieron a las bombas atómicas. Cada vez son menos, pero siguen entre nosotros, y por eso continúan siendo una cuestión muy presente en la sociedad y en los medios".

Pero el cineasta rechaza una lectura exclusivamente victimista de aquella tragedia.

En un mundo "trumpista" como el actual de auge nacionalista, desde octubre de 2025, Japón tiene una primera ministra, Sanae Takaichi, que forma parte de Nippon Kaigi, organización de extrema derecha. En este contexto marcado por la fuerte rivalidad y desconfianza del país con China, el director observa que el equilibrio entre "la conciencia de haber sido un país agresor durante la guerra" y a la vez "haber sido víctimas de las bombas atómicas" que ha marcado la evolución de la posguerra sociológicamente ha virado hacia posiciones más nacionalistas donde la condición de víctima ha cobrado fuerza.

La película también retrata otra forma de violencia mucho más silenciosa: la que sufrían las mujeres en el Japón de posguerra. Etsuko y Sachiko no solo deben enfrentarse a una sociedad traumatizada y desconfiada hacia Occidente, sino también a un sistema profundamente patriarcal. Según argumenta Ishikawa "Etsuko vivía en un Japón de los años cincuenta donde era muy difícil ser mujer. En los años ochenta hay ciertos avances, pero muchos de esos problemas siguen existiendo".

Ambas protagonistas aparecen además unidas por una misma vocación frustrada. "En aquella época era relativamente normal estudiar música y tener profesores de piano o de violín. Para mí esos instrumentos representan el sueño de Etsuko. Si no hubiera seguido el camino que la sociedad esperaba de ella, probablemente habría querido dedicarse a la música. Y algo parecido ocurre con Sachiko cuando habla del cine. Son los deseos personales que nunca pudieron realizarse. El piano y el violín funcionan como una forma de expresar aquello que Etsuko habría querido ser".

En la mirada de Ishikawa, los grandes traumas de la historia y las pequeñas renuncias individuales forman parte de una misma herida. La devastación de Nagasaki y los sueños que nunca llegaron a cumplirse pertenecen al mismo paisaje emocional: una memoria que permanece, silenciosa, generación tras generación.