Penélope Cruz, en 'La bola negra'. Foto: Carla Oset / Comunicación Atresmedia

Penélope Cruz, en 'La bola negra'. Foto: Carla Oset / Comunicación Atresmedia

Cine

El Festival de Cannes consagra ‘La bola negra’ de los Javis, un atlas musculado por el universo lorquiano

Los Javis son ovacionados en La Croisette por su odisea maximalista, atada con firmeza, otra de tantos desastres de la guerra en la sección oficial. Hacen tándem con la ‘Coward’ de Lukas Dhont.

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La bola negra es el título de la novela que Federico García Lorca nunca pudo acabar, porque antes fue asesinado por el bando sublevado en la guerra civil española. La bola negra es la forma de voto negativo que cae, de una en una, sobre la cabeza de un joven chaval gay (Milo Quifes) cuando pide el acceso a un exclusivo club social.

La bola negra es, por tanto, la manera de excluir a quien no encaja. Y sobre el “tú no”, el dolor de ayer y de hoy, los Javis levantan un laberinto de espejos por entre tiempos y realidades, un atlas bien musculado del y por el universo lorquiano. La nieve, la luna, el niño… Empleadas sin miedo, resultan imágenes cinematográficas perfectas.

Por un lado, en el año 1937, asistimos al romance prohibido entre un don nadie de la parte falangista, el vulnerable Sebastián (Guitarricadelafuente), y un “rojo” de maneras heroicas, Rafael (Miguel Bernardeau); un Paciente inglés sensible, que enseguida se dispersa por entre contrasentidos que, por virtud del montaje envalentonado de Alberto Gutiérrez, resultan en una paradoja a una voz.

Primero, los Javis ensayan los límites del deseo en tiempos de guerra, recortando los cuerpos al sol de Claire Denis, replicando las fórmulas del culebrón televisivo y recurriendo al vodevil como espectáculo opiáceo (Penélope Cruz ha acaparado todas las papeletas para la temporada de premios cual vedette faraónica). El tiempo pasado que imaginan los Javis es rico, fársico, tan aturullado en referencias como se quiera, y la banda sonora de Raül Refree convoca trompetas, sintetizadores, máquinas de escribir. El sueño de la primera posguerra produjo poesía.

Sin embargo, en la línea divulgativa de la productora del tándem Ambrossi-Calvo, Suma Content (que acaba de rehacer Mi querida señorita), el filme apunta a un solo objetivo: la claridad. Eso es, dejar claro cómo el “no” de García Lorca reverbera aún hoy sobre los márgenes sociales.

Javier Calvo y Javier Ambrosi, en Cannes. Foto: EFE/EPA/TERESA SUAREZ

Javier Calvo y Javier Ambrosi, en Cannes. Foto: EFE/EPA/TERESA SUAREZ

Ocho décadas después, en el año 2017, los Javis cargan a espaldas de Carlos González los dolores cotidianos de un joven sexiliado y bajo tortura de una madre negligente y negligida. Ella es Lola Dueñas, quien tiene una escena airada ante un plato de alubias inquietantemente parecida al clímax de Hereditary. La bola negra cierra en el presente un ciclo de violencia que no deja rehenes, pero que sí tiene salidas.

Para descubrirlas y cauterizar bien una Historia malherida, mejor defendida por la sosias del hispanista Ian Gibson (Glenn Close) que por nuestra legislación, la película de los Javis se toma el tiempo de disparar a la emoción y al córtex frontal, político. Por el camino se perderá un poco, pero el gesto vale totalmente la pena. Así lo han dirimido los más de quince minutos de ovación que ha recibido en el Grand Theatre Lumiere.

La ‘Sin novedad en el frente’ queer de Lukas Dhont

Resulta inaudito el interés que ha demostrado la sección oficial de Cannes por los márgenes de la guerra. Contando A Man Of His Time de Emmanuel Marre, Moulin de László Némes y Fatherland de Paweł Pawlikowski, junto con las dos proyectadas en esta última jornada, suman hasta cinco filmes sobre los estragos al borde del campo de batalla; tantos como los hay en competición dirigidos por mujeres.

En cualquier caso, y como los Javis, Coward de Lukas Dhont encuentra una sorprendente puerta abierta al deseo en las trincheras del Frente Oeste, durante la Gran Guerra.

Conocemos al soldado belga protagonista, Pierre (Emmanuel Macchia, de rasgos vacunos y bajo perpetua ansiedad), mientras entrega todo su cuerpo al pelotón en el que sirve, carreteando cajas, y obuses, y los cadáveres de sus amigos, día sí día también por entre el fango. Uno de centenares de arios iguales unos a otros (¿era tan rubia la gente en Europa?), el militar vive un romance con su compañero Francis (Valentin Campagne, cuya elección de casting apunta con precisión de francotirador), un ser libérrimo y andrógino.

El equipo de 'Coward'. Foto: EFE/EPA/TERESA SUAREZ

El equipo de 'Coward'. Foto: EFE/EPA/TERESA SUAREZ

El amor se despliega con una complicidad luminosa, casi levitante. Aun tensionado por la tragedia ineludible –la lluvia no cesa–, Coward se presenta como la menos explosiva y cruel de toda la carrera de Dhont, también como la más madura.

Puerta real a una esperanza que sólo sobrevivirá si ninguno de ambos explota en el campo y, por lo tanto, una invitación a desertar… Pero la cobardía que lleva por título, que en cualquier otra cinta sería el núcleo duro del conflicto, en la de Dhont sirve casi por excusa de cierre, bajo la forma de un apetitoso interrogante final. Quizás porque ya no busca impresionar a nadie, como sí debió hacerlo en Girl o en Close, el cineasta prefiere dar tiempo y afecto a dos “soldaditos belgas”, que lo necesitan con urgencia.