Toni Servillo en 'La Grazia', de Paolo Sorrentino.
'La Grazia', Paolo Sorrentino en busca de la ligereza en un película sobre la eutanasia, la familia y el perdón
El cineasta napolitano estrena su filme más sobrio, protagonizado por su actor fetiche, Toni Servillo, como un presidente de la República italiana en sus últimos meses de mandato.
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“¿A quién le pertenecen nuestros días?”, se pregunta Mariano De Santis, presidente ficticio de la República de Italia. El protagonista de La Grazia, la nueva película de Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970), intenta averiguarlo en sus últimos seis meses de mandato. Tras una trayectoria política intachable se prepara para abandonar el Palacio del Quirinal, pero antes debe tomar algunas de las decisiones más delicadas de su carrera: aprobar la ley de la eutanasia y conceder o no dos indultos. De Santis, como jefe de Estado, posee el derecho de gracia, capaz de reducir o perdonar penas de cárcel.
Sorrentino, buen conocedor del espectáculo y la excentricidad de la política italiana, presenta por primera vez a un gobernante íntegro, reflexivo, transparente. Toni Servillo se quita las máscaras que usó para meterse en la escurridiza piel de Giulio Andreotti –Il Divo (2008)– y Silvio Berlusconi –Silvio (y los otros) (2018)–, y encarna a un tipo de político cuyos valores se nos antojan utópicos.
Quizá por eso el cineasta napolitano haya asegurado que esta vez no se basa en hechos reales. Jurista, católico, discreto, viudo y asesorado por su hija, las similitudes con Sergio Mattarella, actual presidente de la República italiana, son evidentes, aunque Sorrentino haya insistido en que de él solo tomó su gesto de clemencia: Mattarella concedió el indulto a dos ancianos que habían matado a sus mujeres enfermas de alzhéimer.
Ese caso es uno de los detonantes del dilema moral de Mariano De Santis, un hombre de leyes, obsesionado con la verdad por deformación profesional y atormentado por la infidelidad de su mujer hace más de cuarenta años. Aun así, la ausencia de su difunta esposa, Aurora, le pesa. “Cuando rezo, me duermo”, se queja constantemente.
Entre sus plegarias están volver a soñar y alcanzar la ausencia de gravedad. De Santis, al que todos llaman ‘Cemento armado’, ansía ser ligero, como el astronauta que lleva meses flotando en una cápsula espacial y al que observa con fascinación cuando se emociona en directo. Como en La creación de Adán de Miguel Ángel, De Santis intenta tocar esa lágrima que flota en el espacio sin llegar a alcanzarla.
En su novena película, el barroco Sorrentino se rinde a la sobriedad que caracteriza a su protagonista. Un Toni Servillo frágil y conmovedor, en una interpretación contenida que le valió la Copa Volpi a mejor actor en la Mostra de Venecia. El cineasta italiano se aleja del ritmo frenético de sus anteriores filmes políticos, cercanos al imaginario gánster de su admirado Martin Scorsese, y se recrea en la espera, en ese tiempo de reflexión al que el presidente se aferra para no precipitar su dictamen. Tampoco es una oda explícita a Roma, como sí lo fue su retrato gatsby de la capital italiana en La gran belleza (2014), por el que ganó el Oscar. Ni recurre a los fogonazos de belleza y a los diálogos tan inteligentes como envarados, que deslucieron su último filme, Parthenope (2024).
Pero, sin tener los tintes autobiográficos de La mano de Dios (2021), Sorrentino consigue una película honesta y sin artificios, que encuentra su gracia en pequeños gestos de grandeza. En el vínculo inquebrantable del protagonista con su amiga de la infancia Coco Valori (una divertidísima Milvia Marigliano); en la fidelidad y comprensión de su “coracero” presidencial (Orlando Cinque); en ese novio incansable que cada día espera fuera de la cárcel a que su pareja sea indultada; en el caballo que agoniza y al que el presidente no se atreve a dejar ir. Pero, sobre todo, en la compleja relación entre De Santis y su hija Dorotea (una excelente Anna Ferzetti), también jurista meticulosa, que ha sacrificado su vida para cuidarle, aunque ambos todavía se miren como dos desconocidos.
La Grazia demuestra que el cineasta de los excesos es capaz de volverse asceta, a su manera
“¿En qué piensa mi padre cuando fuma?”, le pregunta Dorotea a su guardaespaldas. “En tu madre”, responde él. Aurora, el toque de vida y color de este hombre gris, es un fantasma recurrente al que vemos de espaldas, paseando por ese paisaje rural despoblado donde De Santis la vio por primera vez, y al que este regresa, tanto física como emocionalmente. El cineasta se vale de los dilemas del presidente para reflexionar sobre la moralidad y la vejez, el perdón y la familia. A las puertas de la jubilación y cansado de las normas y los rituales, a De Santis le apremia una rebeldía adolescente.
Y de eso sabe mucho Sorrentino, que aquí no se priva de meter ramalazos de música electrónica (de sus bandas sonoras siempre salen buenos descubrimientos) y hacer alguna que otra gamberrada: poner a un presidente a rapear en el Quirinal y hacer que el Sumo Pontífice, un hombre negro y con rastas, se mueva con una moto como papamóvil.
La Grazia, que se estrena en España el 1 de abril, no hace más que demostrar la impronta autoral de Sorrentino –su singularísima mirada a la idiosincrasia italiana es ya parte de la historia del cine del siglo XXI–, pero también que el cineasta de los excesos es capaz de volverse asceta, a su manera. Una ligereza que De Santis acaba alcanzado gracias a la extraña belleza de la duda. “Es tarde para la pasión, pero he encontrado algo que se le parece”, asegura al final del filme. La verdad, acaba comprendiendo el jurista, está sobrevalorada: vivir en la incerteza es mucho más valiente.
La Grazia
Dirección y guion: Paolo Sorrentino. Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti. Massimo Venturiello, Milvia Marigliano. Año: 2025. Estreno: 1 de abril.