Alexander Kluge en 2020. Foto: Wikipedia / Martin Kraft, CC BY-SA 4.0

Alexander Kluge en 2020. Foto: Wikipedia / Martin Kraft, CC BY-SA 4.0

Cine

Alexander Kluge, utopista de los sentimientos y gigante del pensamiento alemán

Desaparecen los últimos testigos directos de la Escuela de Frankfurt: él y Habermas. Kluge atravesó todas las fronteras del pensamiento y de las artes, y su legado es de un caudal inmenso.

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El destino ha querido que en marzo, en apenas dos semanas, nos hayan dejado dos gigantes del pensamiento alemán quienes, además, entablaron una fructífera relación. Primero el filósofo y sociólogo Jürgen Habermas, y ahora Alexander Kluge (Halberstadt, 1932 – Múnich, 2026). Desaparecen así los últimos testigos directos de la Escuela de Frankfurt.

Escritor y ensayista, cineasta, filósofo y teórico, poeta y videocreador, Alexander Kluge atravesó todas las fronteras del pensamiento y de las artes. Cursó estudios de derecho, historia y música y, tempranamente, en 1958, pasó a desempeñar tareas de asesor legal del Instituto de Investigación Social de Frankfurt, convirtiéndose en persona de confianza de su director, Theodor W. Adorno.

En aquel entorno el joven Kluge parecía abocado a hacer carrera académica en filosofía, prolongando así la estirpe dialéctica alemana. No cabe duda de que lo hizo, pero la gran novedad es que trasladó esa corriente de pensamiento a la creación artística, uniendo racionalidad con una exquisita sensibilidad.

A instancias de Adorno conoció a Fritz Lang, de quien acabó siendo asistente en uno de sus rodajes. Esto animó a Kluge a probar en el cine, y muy pronto realizó cortometrajes como Brutalidad en piedra (1960).

En 1962 fue uno de los veinticinco firmantes del Manifiesto de Oberhausen, que declaraba la muerte del cine alemán de los años cincuenta y abogaba por un Nuevo Cine Alemán.

Para Kluge, la literatura, las imágenes y la música son el ala práctica del pensamiento a la hora de producir sentimiento. Cualquier cosa le sirve

Con su primer largometraje, Una muchacha sin historia (1966), ganó el León de Plata a la mejor dirección en la Mostra de Venecia. Interpretado por su propia hermana, Alexandra Kluge, su estilo asociativo y analítico le convirtió en estandarte de la nueva ola. Dirigió después Artistas en el circo: Perplejos (1968), León de Oro en Venecia; el mediometraje La indomable Leni Peickert (1970); La patriota (1979); El poder de los sentimientos (1983); así como otros catorce largometrajes e innumerables cortometrajes y experimentos cinematográficos.

En 2008 retomó la idea de Eisenstein de cinematizar una adaptación de El capital de Marx. ¿Cómo filmar la lógica abstracta del pensamiento de Marx? ¿Cómo traducir en imágenes conceptos abstractos como mercancía, fetichismo, ideología o producción? Pero además, ¿cómo hacerlo siguiendo la estructura formal de un capítulo del Ulises de Joyce? Estas preguntas salen al paso en las nueve horas y media de Noticias de la Antigüedad ideológica: Marx/Eisenstein/El capital, uno de esos proyectos que Kluge realiza con su habitual aplomo.

Paralelamente al cine Kluge realiza toda una labor didáctica y política. Participa en la televisión pública alemana en encendidos debates sobre los medios de comunicación y el rol del intelectual en la sociedad. Su papel en la creación de una esfera pública alemana que resurge del trauma del nazismo resulta fundamental. Publica con el sociólogo Oskar Negt Esfera pública y experiencia (1972), una actualización de la esfera pública burguesa estudiada por Habermas en su célebre Historia y crítica de la opinión pública (1962). Kluge y Negt subsumen a Habermas proponiendo una contraesfera pública, alternativa e independiente, para las clases medias y el proletariado a través de la apropiación de los nuevos medios de masas como la televisión.

Kluge se va a distinguir como un autor que realiza decenas de programas inusuales y originales dentro del formato televisivo para diferentes cadenas públicas y privadas en Alemania. Son sus “parterres de la información”, varietés donde caben el cabaret, el debate intelectual, las entrevistas, lecturas literarias y digresiones de lo más variopintas.

Mucho antes, en 1963, Kluge había fundado su propia productora a través de la cual produce prácticamente todos sus audiovisuales: Kairos-Film. La categoría de “productor” la recoge de Bertolt Brecht y Walter Benjamin, y esa herencia afín al marxismo desencadena en él un fragor creador sin límites.

Nada cultural le es ajeno. Incluso la ópera. Progresivamente se decanta hacia un estilo documental que muestra dialécticamente la realidad a través del montaje. Kluge busca en cada oportunidad, e independientemente del medio elegido, una interacción con el espectador por medio de múltiples capas de significación que se superponen: asociaciones de ideas, citas, material de archivo, intertítulos luminosos y juegos tipográficos, dibujos, voces en off, etc.

Para Kluge, la literatura, las imágenes y la música son el ala práctica del pensamiento a la hora de producir sentimiento. Cualquier cosa le sirve. Bajo su mirada el pensamiento se destotaliza. Contador de cuentos y microhistorias, narra de abajo arriba, comenzando por una anécdota o un recuerdo de infancia, trazando círculos concéntricos que no dejan de crecer. Montaje de textos y de imágenes, su género fue el ensayo, del cual ha sido un renovador absoluto junto a Jean-Luc Godard, Agnès Varda o Chris Marker.

Su vasta obra literaria y ensayística ha ido asociada a la prestigiosa editorial Surkhamp. Aunque en nuestro país se han publicado algunos de sus libros, queda pendiente la publicación del conjunto de sus Crónicas del sentimiento, libros-océanos que condensan un caudal inmenso.

Durante la COVID-19 llegó a decir: “Los abogados y los poetas tenemos trabajo en esta cuarentena, tenemos que usar el tiempo para poner a punto nuestras herramientas”. Incansable trabajador, Kluge estaba constantemente ubicable, siempre disponible.

En los últimos años encontró en los medios digitales y en Internet nuevos espacios para generar colectividades. Realizó videoinstalaciones y participó en exposiciones individuales como Jardines de cooperación en la Virreina de Barcelona, en 2016. Hasta hace nada se le podía ver en una conversación pública con el curador Hans Ulrich Obrist, o haciendo libros de artista con la editorial Spector Books (Leipzig), como un joven artista más.

Figura pública de una gran intimidad, Alexander Kluge recibió todos los premios literarios más prestigiosos de su país. Entre ellos el Premio Georg Büchner en 2003; o el Premio de Honor de la Academia Alemana de Cine en 2008; o la Gran Orden del Mérito de la República Alemana otorgada a personalidades destacadas por sus logros en la política, la economía, la sociedad, la cultura o el pensamiento. Nos deja su rostro carismático, su tono amable y elegante, la suavidad de su voz, la ternura de sus palabras.