Un fotograma de 'Altas capacidades'

Un fotograma de 'Altas capacidades'

Cine

'Altas capacidades': Víctor García León abre en canal el festival de Málaga con una afilada comedia negra

Por su parte 'Calle Málaga', de Maryam Touzani, ha inaugurado el certamen. Protagonizada por Carmen Maura, es una cinta previsible, tópica y amable.

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Arranca Altas capacidades (2026), el último largometraje de Víctor García León, con un distanciado plano general que captura un abigarrado pasillo escolar atestado de decoración 'halloweenesca'. En el segundo término del encuadre, alejados del foco de la acción como dos animales contemplados por un atento documentalista, se encuentran Alicia (Marián Álvarez) y Gonzalo (Israel Elejalde). Ella, contable de una revista de moda; él, empleado de banca; los dos incrustados en una clase de media de la que quieren huir pulsando el botón de la hipocresía que activa el mecanismo de subida del ascensor social.

La correa de transmisión que debiera facilitarles el acceso a las élites del olimpismo económico no es otra que su hijo Fer (Suso Nanclares), un niño revoltoso al que sus padres envuelven en la burbuja proteccionista de las clases extraescolares y la pedagogía profiláctica pero con el que jamás cruzan más de dos frases.

Un incidente fortuito les abre las puertas de un colegio laico de élite, oportunidad de oro para abandonar la dignidad desaseada de esas escuelas públicas que uno ha de cansarse de defender con denuedo hasta que se presente la opción de dejarlas atrás. Mejor un cole sin moros ni gitanos. Multiculturalidad sí, pero que venga a clase en Porsche.

El cambio de escuela implica dar un salto en la cadena trófica impuesta por el neocapitalismo y compartir mesa —o barbacoa— con tipos como Domingo (Juan Diego Botto), el jefe de Gonzalo, un maestro de la retórica capaz de hacerte creer que tu piso de 80 metros cuadrados y su chalet con casa para invitados son lo mismo: inmuebles.

Altas capacidades es una comedia negra tejida con hilván de filigrana, pues el guion es una sucesión de pespuntes anecdóticos, con dos padres levantando castillos en el aire con los ladrillos de la fatuidad a los que se les abre el cielo del pijerío como al Real Madrid se le abren las eliminatorias de Champions gracias a una inesperada sucesión de porteros torpes que siempre flaquean cuando toca.

Pero de nada vale la suerte si uno no sabe aprovecharla, y ahí está la torticera destreza de Alicia y Gonzalo para elevar a la categoría de verdad conceptos cazados al vuelo como si fuesen mariposas de sentido —niño especial, altas capacidades, dislexia— que sirven a sus propósitos arribistas más que una recomendación firmada por Maria Montessori redivivo.

La escritura de García León y de Borja Cobeaga, coautor del guion, exhibe una habilidad retorcida, no ya porque consigue que la película se sostenga sobre un nimio esqueleto argumental, sino también porque es capaz de utilizar el azar —un recurso que casi nunca funciona en la ficción— como arma arrojadiza contra sus criaturas: la secuencia en la que Gonzalo se cruza con su jefe de manera fortuita a la salida del aparcamiento, lejos de ayudarle a lograr sus objetivos termina en una postal desoladora que en un libro de teoría marxista serviría para ilustrar el concepto de valor de cambio.

Su concepción del humor, compartida por otros autores afines como Diego San José o Juan Maidagán y Pepón Montero, lo fía todo a un tono que, sin renunciar a la comedia, suspende la alarma del chiste obvio para dejar que el drama se cuele casi en cada secuencia como un ladrón bienvenido al que invitas a que te birle aquel juego de platos decorado con motivos frutales que te regalaron en la boda.

Decía Sidney Lumet que cuando utilizaba las ópticas como elemento narrativo —es decir, contar mediante el cambio de lentes y la colocación de la cámara— no quería que los espectadores se dieran cuenta de ello, que esa evolución hacia la abstracción publicitaria que está presente en Network (1976) o la asfixia que iba comprimiendo las imágenes de Doce hombres sin piedad (1957) debían pasar desapercibidas.

Algo de eso, aunque hablemos de un registro muy distinto, encontramos en Altas capacidades. Filma de manera casi desmañada García León todo el primer acto. La transición que se produce entre la secuencia del primer cumpleaños al que asisten Alicia y Gonzalo junto al grupo de padres del colegio público al que va su hijo —esa jungla de plástico convertida en escenario de una pelea infantil— y la amplitud y la preferencia por el equilibrio que domina los encuadres del cumpleaños de la hija del jefe de Gonzalo al que van inmediatamente después, resulta muy significativa. Cuestión de clase.

Hay aquí una finura dramática y estética a la que la comedia cinematográfica española lleva años renunciando y que García León vindica, primero, poblando su historia de personajes innobles, pues cualquier atisbo de positividad hubiera derivado en obvio maniqueísmo. Después, vaciándola de psicologismos: aquí nadie dice lo que piensa y todos, con mayor o menor fortuna, intentan manipular al prójimo. Por último, hace de la distancia un marcador tonal fundamental y pone a tres actores espléndidos —Marián Álvarez, Israel Elejalde y Juan Diego Botto— en registros que les son poco habituales y que defienden mejor que la derecha española la erradicación del impuesto de sucesiones.

Ojalá nos topemos con más películas de este nivel en la presente edición del recién estrenado festival de Málaga.

Calle Málaga: Carmen Maura, a pesar de todo

María Ángeles (Carmen Maura) lleva toda su vida en Tánger. Es hija de uno de los muchos emigrantes españoles que cruzaron el estrecho huyendo del franquismo. Alzamiento nacional para unos, vuelo internacional para otros. A sus casi 80 años, con una salud envidiable y una existencia plácida en un barrio que más que un barrio parece un sueño de armonía, María Ángeles disfruta el tiempo que le queda.

Sin embargo, la repentina llegada de su hija Clara (Marta Etura), enfermera divorciada y con una hija a cargo, romperá las expectativas de una María Ángeles que, a estas alturas, no contaba con contratiempos que le perturbasen sus últimos días. La precariedad económica de Clara, que no puede hacer frente a sus gastos con un sueldo que no alcanza los dos mil euros, la lleva a poner en venta la casa familiar de cuyos derechos su padre la había hecho detentora.

Eso obliga a María Ángeles bien a irse a Madrid con su hija y con su nieta, bien a ingresar en una residencia tangerina para españoles en la que, dada su larga estancia en la ciudad, tiene una plaza. Aunque en un principio acepta entrar en el asilo, su fortaleza de carácter y su rotunda negativa a dejarse ir sin luchar por lo que considera que le pertenece, la llevarán a ocupar su antiguo piso y a convertirlo en un bar clandestino al que el vecindario acude a ver el fútbol, a comer tapas y a beber cerveza.

Sucede que la directora marroquí Maryam Touzani prefiere la amabilidad a la explotación del verdadero conflicto que subyace a su planteamiento. Es curioso que alguien que elevaba tanto la apuesta en películas como Adam (2019) o El caftán azul (2022) prefiera esta vez rendirse a los modos del costumbrismo inocuo, renunciando a entrar a fondo en un tema tan peliagudo como la crisis de la vivienda y los conflictos intergeneracionales que puede conllevar.

Aquí importa más el almíbar que el albarán, la emoción que el rendimiento de cuentas ante una situación injusta cuyos orígenes prefieren no explorarse. Quizá no sea casual que Calle Málaga (2025) haya ganado el premio del público en Venecia y Mar del Plata ni que fuese elegida para inaugurar la 29.ª edición del Festival de Málaga, pues en lo que concierne al rasgueo de la fibra sensible, Touzani sabe qué cuerdas hay que pulsar. Véanse desde la relación de María Ángeles con el anticuario al que le vendió sus muebles, hasta los divertidos monólogos subidos de tono con los que una estupenda Carmen Maura ruboriza a una amiga monja que ha hecho voto de silencio.

La película es previsible, tópica y amable. Y puede que para mucha gente eso sea suficiente. Sobre todo si está pendiente de la actualidad.