Ha Seong-guk y Kim Min-hee, en un momento de 'En la corriente'

Ha Seong-guk y Kim Min-hee, en un momento de 'En la corriente'

Cine

'En la corriente': el cauce natural(ista) de Hong Sang-soo, una mirada a la extrañeza y belleza de la vida

El director coreano, uno de los más prolíficos de la contemporaneidad, estrena su nueva película, una búsqueda de lo poético que reside en la cotidianidad.

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Es fácil pensar en Hong Sang-soo (Seúl, 1961) como un pintor al natural que estila su arte en profunda dependencia con el contexto, el entorno que envuelve cada obra. Sale a la calle y planta su caballete (su trípode) y deja que la cámara pinte, en alta definición, lo que tiene delante, no sin antes haber establecido unas condiciones mínimas de puesta en escena para sus actores, que en definitiva son sus grandes aliados.

Podríamos sentir frente a sus películas un evidente elogio al naturalismo, la necesidad de romper los filtros que se inmiscuyen entre su mirada y la del espectador, y que este se deje llevar por la corriente de imágenes, de escenas cotidianas, que fluyen en la pantalla.

Esa capacidad para construir una interdependencia de relaciones humanas a partir de los encuentros y las premisas más sencillas alcanza cotas de maestría en su nuevo trabajo, que en el momento en que se estrena en nuestras salas, ya ha dejado de ser el último, debido al demencial ritmo de trabajo del coreano, que acaso le convierte en el autor más prolífico de la contemporaneidad (40 largos, de momento, en 29 años).

De nuevo en Seúl, la historia se centra en la joven profesora de artes Jeonim (Kim Min-hee) y su tío Sieon (Kwon Hae-hyo), dueño de una librería con un pasado de gloria como actor de teatro. Tras más de un año sin contacto, ella le llama porque necesita a alguien que escriba y dirija un acto teatral para un grupo de alumnas con cuyo director precedente se vieron envueltas en un embrollo romántico-sexual.

La jefa de Jeonim, Jeong (Cho Yun-hee), muestra sin filtros su admiración por Sieon, no solo como artista, y su afecto recibe rápidamente su contrapartida. Son tres seres solitarios unidos a lo largo de diez días, compartiendo comida y bebida en abundancia (inevitable leitmotiv en el cine del coreano), en un proceso de sutiles revelaciones que nos permite intuir (imaginar) secretos enterrados.

Un poderoso sentimiento de nostalgia se adueña poco a poco del relato, expresado en el rostro de Kwon Hae-hyo (actor fetiche de Sang-soo), y acaso lo que hace tan original la propuesta es que no siente la necesidad de expresar literalmente de dónde procede esa nostalgia.

En la primera charla que el director da a sus alumnas, habla de la necesidad de expresar la historia mediante los ojos, los movimientos corporales, las pausas y las torpezas, los pequeños detalles, y esa es precisamente la metodología que depura en En la corriente, imantando el interés del espectador sin grandes esfuerzos, a la manera de Rohmer pero sin explicaciones verborreicas ni concesiones psicológicas.

Hong imanta el interés del espectador sin grandes esfuerzos, a la manera de Rohmer, pero sin explicaciones verborreicas

En otro momento, Jeonim explica a Sieon su método de creación de un telar que también se ajusta a la poética del cineasta: la necesidad de salirse de los patrones preconcebidos para que el resultado final transgreda la visión inicial.

Su búsqueda de un cine que se alimenta de los momentos poéticos que la propia vida va generando en su continuado errar por la cotidianidad (su extrañeza y su belleza, sobre todo en las conversaciones intrascendentes) confluyen en una escena mágica y alcoholizada, en la que las estudiantes (actrices) improvisan un poema sobre qué clase de personas quieren ser.

Hong Sang-soo es el pintor que sin aparente esfuerzo hace respirar las escenas, añadiendo capas de calidez y complejidad a sus relatos a la deriva, hasta que los personajes se transforman en personas por obra y gracia de algo tan difícil de encontrar en el cine contemporáneo: el tiempo de convivir con ellos, de compartir una cena, una conversación.

La protagonista Jeonim, desde cuyo punto de vista se cuenta el filme, resulta finalmente el más misterioso de los retratos. Abandona la mesa para ir a fumar al cauce del río seco y al regresar le pregunta su tío qué ha visto en la corriente, y ella dice “nada” y el plano se congela en su cuerpo en movimiento y sentimos que la vida continúa más allá de ellos, más allá del cine, sin que podamos saber nada más. Qué difícil es lograr algo así.