Fotograma de 'Estado eléctrico'

Fotograma de 'Estado eléctrico'

Cine

'Estado eléctrico': Las plataformas se lanzan a la conquista del 'blockbuster' con un homenaje a Spielberg

Anthony y Joe Russo, directores de las películas de los Vengadores, estrenan en Netflix una aventura épica con robots simpáticos y el sabor de los clásicos de los 80.

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Hasta hace no mucho, el blockbuster era terreno exclusivo de los cines. Ya no. 300 millones de euros, el presupuesto en subvenciones españolas de cuatro años, ha costado Estado eléctrico, la película más cara jamás producida por Netflix. Un verdadero pastón con el que la plataforma quiere cambiar las reglas del juego. No es la primera vez que la compañía de streaming se gasta un dineral, en 2022 una cinta de acción con Ryan Gosling, The Gray Man, ya tuvo un presupuesto de 200 millones y un año antes lo mismo Alerta roja, con Dwayne Johnson.

Una carrera por gastar más y más que revela la decisión estratégica de Netflix de arrebatar a las viejas salas de cine su condición de templos exclusivos para el blockbuster. La guerra se ha desatado con una espiral algo enloquecida por el derroche con el que la plataforma apuesta muy fuerte. Es muy posible que sea un éxito pero de momento no parece que les haya salido muy bien, la crítica americana ha destrozado la película.

No está tan mal. Homenaje a los blockbusters de los ochenta, con películas como Cortocircuito (1986) como referente más obvio y el universo de Spielberg en general, Estado eléctrico es poco original pero es entretenida. Al final, ya lo sabemos, los valores familiares, el poder de la imaginación, el peligro de los prejuicios, efectos especiales y, en este caso, robots simpáticos. Por momentos, parece Toy Story en versión live action.

Cuenta el viaje de una adolescente (Millie Bobby Brown) junto a un robot que en realidad es su hermano pero en un cuerpo de robot, luchando por llegar a un siniestro centro de alta tecnología en el que se halla su cuerpo, del que se ha escapado. Estamos en un mundo posapocalíptico en el que los humanos han ganado una guerra a los robots, que se han sublevado para defender sus derechos. Tras un tratado de paz, viven marginados en una especie de reservas y son perseguidos.

Por el camino, la protagonista se hace amiga de un tipo duro con buen corazón (Chris Pratt) que vive escondiéndose de la policía con un robot “ilegal” amigo suyo. Además, hay un magnate de la tecnología (Stanley Tucci) que se parece a Jeff Bezos y aunque dice que quiere salvar el mundo, en realidad es malo. En una especie de road movie al estilo Mad Max pero con robots con forma de cacahuete o de señor bigotudo, Pratt, Brown y el robot escapan de un policía malo que parece Robocop y aprenden el valor de la amistad además de salvar el mundo de paso.

Hollywood es eterno

Queda clara la buena intención de los Russo. Los robots son los inmigrantes que Trump está expulsando y la película plantea una suerte de distopía sobre el poder de los magnates de la tecnología, que es más bien una realidad con Elon Musk dando órdenes desde la Casa Blanca. Eso está explícito en la película, no es que la metáfora sea muy rebuscada.

Siempre me han gustado los robots y algunas secuencias de Estado eléctrico, sobre todo las ambientadas en una especie de “reserva india” en la que viven confinados los robots tienen gracia y desprenden encanto. El señor Cacahuete, líder de los robots al que da voz Woody Harrelson con la habitual retranca, es particularmente gracioso.
El problema de la película es que es vistosa pero excesivamente hollywoodiense y predecible. Los americanos creen que van a cambiar el mundo, lo cual a veces es bueno y otras malo, y en la película hay un niño genio metido en ese “cuerpo de robot” empeñado en ello. Quizá es demasiada presión para un chaval de 12 años.

De la A a la Z, sin olvidarse ninguna letra, con alguna chanza graciosa y un Chris Pratt interpretando a ese “canalla solitario americano” que hemos visto ya millones de veces, Estado eléctrico por momentos es demasiado ñoña para acabar planteando una metáfora sobre temas tan serios y graves como los que aborda. Lo mejor es verla sin hacer muchas preguntas.