Image: Guadagnino reabre la escuela de danza de Argento

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Cine

Guadagnino reabre la escuela de danza de Argento

7 diciembre, 2018 01:00

Dakota Johnson y Tilda Swinton en la Suspiria de Guadagnino

Uno de los filmes más polémicos del año llega con Luca Guadagnino. Suspiria es un atrevido viaje a la intrahistoria de Europa que plantea nuevos enigmas partiendo del clásico de los setenta de Dario Argento. La protagonizan Dakota Johnson y Tilda Swinton.

Es difícil saber qué admirar más: si el descaro de Guadagnino y su guionista David Kajganich, quienes han decidido prescindir casi por completo de los elementos fundamentales del filme original de Dario Argento, o su atrevimiento al aceptar el desafío de reescribir para el siglo XXI una película de culto, cuyo estatus dentro y fuera del cine fantástico y de horror no ha hecho sino crecer y crecer con el paso del tiempo.

El impacto y el salto cuántico que representó la Suspiria de 1977 dentro del contexto del giallo (el cine de misterio y terror italiano típico de los años 60 y 70 del siglo pasado), son sólo comparables -salvando las distancias, por supuesto- a los que produjera 2001, una odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick en la ciencia ficción... ¡qué diríamos si alguien ahora pretendiera realizar un remake de la misma! Pero no demos ideas. El hecho es que Guadagnino ha fortalecido su película en torno al concepto no del remake, sino de la reescritura del texto original, contando con un guionista que reniega abiertamente de éste, y proponiendo un ejercicio de apropiación que utiliza tanto las estrategias del retro y la nostalgia, como la introducción de elementos que son evidentemente característicos del zeitgeist de nuestro siglo XXI, que bien poco tienen que ver con el mundo fantástico y feérico, surrealista y sangriento de la Suspiria de Argento.

Si por un lado la acción de la nueva Suspiria se sitúa en el mismo año 1977 en que se estrenara la original, este gesto parece cargado de ironía cuando se comprende que Guadagnino ha optado por contextualizar de forma histórica el fantástico argumento de la película, llenándolo de referencias directas e indirectas al Otoño Alemán, a las sangrientas acciones de la Baader Meinhoff, trazando un sendero de memoria que conduce fatalmente hasta la Segunda Guerra Mundial, el genocidio de los campos de concentración y la posguerra alemana.

Esta historicidad que recusa directamente la atmósfera onírica, surreal y atemporal del filme de Argento, está perfectamente acorde también con una estructura narrativa formal y formalista, que divide la película en capítulos, dotándola de un orden rígido y progresivo en las antípodas de la naturaleza fluida, líquida y mágica de su modelo. Eligiendo separarse lo máximo posible de Argento (teniendo en cuenta que el punto de partida es prácticamente el mismo: una joven bailarina americana que se matricula en una prestigiosa escuela de danza berlinesa sólo para descubrir que se trata de un nido de poderosas brujas), Guadagnino escoge una paleta de colores terrosos, oscuros y apagados que evocan voluntariamente el cine alemán y de los países del Este de Europa de los años 70, poniendo especial acento en las influencias de Fassbinder.

Frente a la importancia meramente tangencial que la danza tiene en Argento, aquí los momentos clave se articulan en torno al ballet, tanto su ya más que famosa y espeluznante escena de puro body horror como el estreno de ese montaje significativamente titulado Volk que preludia el apocalíptico final (o finales) de la historia. Inspirándose en la danza moderna de artistas como Martha Graham o Pina Bausch, su hincapié en la coreografía mágica del baile es otro toque que remite a la vanguardia de la época.

El legado de Jung

Dakota Johnson

Esta necesidad de "realismo" de contexto domina todo el filme, donde la vieja Suspiria maneja símbolos y arquetipos jungianos o referencias teosóficas y ocultistas de forma caótica y desordenada, dejando al espectador la misión de identificarlos (o no), la nueva sitúa un personaje aparentemente marginal, que acaba por tener más importancia de la esperada y sirve como hilo conductor para estas referencias y guiños. Se trata del Dr. Josef Klemperer, psicoanalista precisamente jungiano, testigo ocular cuyo nombre evoca, sin duda no de forma casual, al intelectual judío alemán Victor Klemperer, quien sobrevivió al nazismo gracias a la condición aria de su esposa y cuyos diarios son uno de los testimonios más relevantes del periodo. Personaje que, como es bien sabido, interpreta también la ubicua Tilda Swinton, en un ejercicio de ironía hipermoderna que subraya el empoderamiento femenino y feminista que preside el filme, del que han desaparecido prácticamente todos los personajes masculinos, con excepción de los hipnotizados y emasculados policías incapaces de adivinar la realidad que se oculta tras los muros de la escuela de baile.

La Suspiria de Guadagnino es cualquier cosa salvo un remake. Todo el empeño de su director estriba en un desapego formal y hasta moral de su referente directo. Aunque gran parte del filme juega la baza de lo retro y la nostalgia, los dos aspectos que más pueden sorprender al conocedor del original, para bien y para mal, son de carácter totalmente contemporáneo: su estética monocromática, oscura y melancólica, que enfatiza la música de Thom Yorke, y su necesidad de cerrar el círculo. Guadagnino ofrece explicaciones, motivos y razones, dotando a sus personajes de pasado y situando todo, desde la trama sobrenatural hasta la psicología de los protagonistas, en una perspectiva histórica. La memoria, la necesidad de perdón y de redención, con aires casi mesiánicos, se entrelazan aquí con la secreta intrahistoria mágica y política de Europa. Donde Argento incitaba al viaje esotérico, lírico y ácido, puramente estético, lleno de sangre, color y horror, Guadagnino propone una oscura reflexión histórica y ética, utilizando elementos del cine de terror sin ser cine de terror. La nueva Suspiria conduce al espectador hacia una meditación sobre el problema del mal, la compasión y la necesidad de amor que no puede estar más lejos de su modelo, sustituyendo, en palabras del propio Argento, la crueldad por la ternura.