Image: Retratos de supervivencia

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Cine

Retratos de supervivencia

Rosales aborda con realismo la catatonia laboral de la juventud española, Bonello decepciona con un biopic de Yves Saint Laurent y Rohrwacher convoca la magia en su crónica rural neorrealista

19 mayo, 2014 02:00

Ingrid García Johnsson y Carlos Rodríguez son los protagonistas de Hermosa Juventud de Jaime Rosales

En la sección "Un certain regard" le tocó el turno al único español que presenta largometraje este año en Cannes, Jaime Rosales, cuya propuesta sobre los efectos de la crisis económica en la juventud española generó no pocos entusiasmos. No es probablemente lo mejor que se pueda decir de una película, y no la hace válida per se, pero lo cierto es que Hermosa juventud es el primer filme español que aborda de frente, sin vacías coartadas argumentales, el cotidiano de la depresión y supervivencia de la llamada generación nini, la que ni estudia ni trabaja, con su futuro hipotecado y su complicado presente. Ese es por de pronto el gran interés que plantea el quinto largometraje de Jaime Rosales, el cuarto que presenta en el ágora cinematográfico de Cannes. Desde su vocación por llegar a un público amplio dentro de sus limitaciones de cine autoral, el relato se inscribe en la temperatura ambiental de nuestros días, alineándose con sus primeras películas, Las horas del día y La soledad, para distanciarse del formalismo, incluso experimentalismo, de Tiro en la cabeza y Sueño y silencio.

Hermosa juventud, planteado con una determinada vocación de realismo, sigue la vida de una pareja joven haciendo frente a sus penurias en el marco urbano de extrarradio, atrapada en el marco de unas familias desestructuradas, en la imposibilidad de sus sueños y la parálisis laboral de un país con un 25% de desempleo con más de la mitad de su juventud parada. Para ello da el protagonismo a actores amateurs (Ingrid García Johnsson y Carlos Rodríguez), de quienes logra extraer magníficas interpretaciones planteando encomiables desafíos, como el coqueteo de los protagonistas con el cine porno para ganar algo de dinero. El relato se desvía de su objetivo al incluir ciertas tramas llevadas por el misterio que no acaban de integrarse con naturalidad, y también adolece de la ambición de querer abordar demasiados flancos y más temas de los que es capaz de mantener en equilibrio (a veces desde una postura algo superficial), pero encuentra sus mejores momentos en los retratos de la cotidianidad de la pareja y algunas significativas elipsis. Rosales muestra una vez más su insólita capacidad dentro del cine español para observar con lupa los gestos y comportamientos de sus personajes, así como para dar rienda suelta a dispositivos estéticos y narrativos (esta vez con la multiplicación de texturas y pantallas: skype, wassup, internet...) de discutible eficacia pero indudable ingenio.

Saint Laurent, de Bertrand Bonello


Gaspar Ulliel caracterizado como Yves Saint Laurent en el biopic de Bertrand Bonello

En el año en que Cannes arrancó con varios biopics (Grace de Monaco, Mr. Turner...), llegó este fin de semana el tercero y también llegó la discordia: Saint Laurent, inmersión proustiana y estilizada en la vida y obra del visionario diseñador Yves Saint Laurent, interpretado por el más que solvente Gaspar Ulliel. Del cineasta francés Bertrand Bonello, que hace unos años nos maravilló y nos hipnotizó en este mismo escenario de Cannes con L'Apollonide, podríamos haber esperado mucho más. Quizá el principal motivo de la decepción es la propia naturaleza del género, que excepto en contadísimas excepciones (el Turner de Leigh, sin ir más lejos), no logra trascender el esquematismo y las buenas intenciones de corte hagiográfico. A pesar de que hay cierta libertad y audacia estética en la propuesta del francés, lo cierto es que la película nunca termina de trascender los límites convencionales de cualquier biopic en sus más de dos horas de duración: relato de los greatest hits curriculares y retrato más o menos caleidoscópico de su personalidad, con especial atención a sus fijaciones psicológicas, creativas y (homo)sexuales.

Del creador de moda que estableció las criterios del dandismo en la segunda mitad del siglo pasado, la película se propone reflejar especialmente su aislamiento del mundo y de sí mismo mediante el continuado consumo de drogas. Se agradece que no asome la hagiografía, sino más bien lo contrario: traza esta película una semblanza demoledora del personaje, centrada en su auge profesional y su vacío existencial entre los años sesenta y setenta. Para evocar el vacío sobre el que construyó su vida, a pesar de su desbordante creatividad, el filme da vueltas sobre las mismas ideas y situaciones en un incesante y cansino bucle de excesos y emociones. Aunque no faltan momentos de inspiración en este retrato del aislamiento (como el acierto de dividir la pantalla para mostrar, a un lado, imágenes documentales de lo que ocurría en el mundo, y en el otro, las colecciones privadas del artista), la creatividad de Bonello o bien se ha visto limitada por la naturaleza del filme o bien no se ha atrevido a forzar la máquina frente a quien se considera poco menos que una institución cultural en este país. Los temas y preocupaciones formales que atraviesan la obra del galo quedan en Saint Laurent reducidos al esbozo y la simplificación banal. No es una mala película, si bien el retrato del personaje carece de verdadero interés y resulta muy decepcionante viniendo de quien viene.

Le meraviglie, de Alice Rohrwacher


Una imagen de Le meraviglie

La propuesta que ha cubierto la habitual cuota italiana de la competición de Cannes, en un año en el que ninguna de sus figuras más celebradas (Moretti, Bellochio, Sorrentino, etc) ha entregado película, ha sido el conmovedor drama familiar, rebosante de personalidad, Le meraviglie (Las maravillas), dirigido por Alice Rohrwacher. Centrada en el final del verano de una extraña familia de apicultores, que bajo el control de un padre alemán de pasado hippie determinado a proteger a su mujer y tres hijas de la inminente llegada del "fin del mundo" (la decadencia del primitivismo de la vida rural sustituido por la civilización, básicamente), la película seduce por su capacidad para equilibrar el naturalismo y la poesía en su retrato de unas formas de vida al margen de la civilización y entregadas por completo al sacrificio del trabajo y su simbiosis con el entorno natural. Dos acontecimientos extraordinarios vienen a desestabilizar el statu quo familiar: la acogida de un huérfano alemán y la llegada al lugar de un hortera concurso de televisión en el que la hija mayor, sin escolarizar, está determinada a participar aunque sea desobedeciendo a su excéntrico y autoritario padre.

Rohrwacher, de quien no conocíamos sus anteriores trabajos (el documental Checosamanca y la ficción Corpo celeste), exhibe una enérgica y empática mirada para mostrar con naturalismo cuasi documental las formas de vida que pone en escena, recorridas además por una suerte de realismo mágico que trasciende el carácter meramente anecdótico. Con un vigor y una sensibilidad fuera de norma, la singular mirada de la directora, en su alabanza de aldea de naturaleza casi roussoniana, logra imprimir interés y veracidad a la propuesta, especialmente atenta a las interpretaciones de un reparto que exhibe continuados fogonazos de autenticidad, como si la responsable del filme estuviera realmente retratando un mundo que le resulta muy familiar. El pulso dramático de Le meraviglie, en el que también caben el humor y las fugas líricas y surreales, se alimenta así de una agilidad y una ligereza extrañamente seductoras y en perfecta consonancia con la honestidad de la propuesta, que huye en todo momento de las convenciones de un drama en el que un director con menos personalidad hubiera cargado las tintas sobre los dramáticos efectos sociales de unas formas de vida que rechazan de plano cualquier atisbo de civilización para convertir la película en un tratado de asistencia social llevado por las buenas intenciones.