Image: Lolita: palabra, cine y seducción

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Cine

Lolita: palabra, cine y seducción

Stanley Kubrick puso su genio particular sobre la obra maestra de Nabokov

6 enero, 2005 01:00

Una escena de la película Lolita

Batallando contra las puritanas imposiciones de la censura, Stanley Kubrick convirtió en siniestra comedia negra una obra que le convertiría en cineasta de culto. El Cultural entrega el día 6 de enero de 2005, por sólo 8,95 euros, el DVD Lolita (1962), la primera y más turbadora adaptación de la obra de Vladimir Nabokov, de cuyo guión se encargó el propio autor de la novela.

Como todos los cuentos morales norteamericanos, o al menos los más recordados, el de Lolita termina en tragedia. Esto no es ninguna novedad ni siquiera para quien no haya visto aún la película -un paso previo recomendable para leer la novela-, porque las primeras y violentas imágenes de la versión cinematográfica de Kubrick ya se encargan de dejar las cosas claras: lo que usted verá a partir de ahora es lo que ha conducido a esto, a un maníaco que lo ha perdido todo matando a otro maníaco que le ha robado todo.

El todo es Dolores Haze, la nínfula Lolita, un bello animal de inteligencia y sensualidad precoces. El enfermizo amor y el irresistible, imposible deseo sexual de un hombre culto de mediana edad por una niña de catorce años (en la novela tiene doce, pero para Hollywood años sesenta hubiera sido demasiado) no puede acabar en matrimonio feliz, tal y como Kubrick y su productor Harris prometieron a un tal Shurlock -el director de la oficina de autocensura de Hollywood- cuando consiguieron las opciones a la adaptación de la novela.

Para un hombre como Kubrick, que con tanto rigor cumplía y hacía cumplir los contratos, es una suerte que aquella promesa no quedara escrita. Seguramente sólo accedió para asegurarse el privilegio de ser el cineasta que llevaría la obra maestra de Vladimir Nabokov a las pantallas.

Es evidente que un happy end a un relato tan oscuramente vitalista como Lolita, aún cuando fuera legal en algunos estados contraer matrimonio con menores -coartada jurídica que eliminaba el elemento de perversión ante la censura-, no era sólo ridículo, sino completamente inverosímil dadas las circunstancias. Las cosas no podían acabar bien para el triángulo de perversión formado por Humbert Humbert, Claire Quilty y la joven Lolita.

Y menos si cabe en una película de Kubrick, donde se sabe que los desplazados no tienen derecho a triunfar. Convencido de que sólo su autor sabría cómo hacer de la novela un guión, Kubrick envió un telegrama a Nabokov solicitando su ayuda.

Es lógico preguntarse cómo entonces, en aquellos años de listas negras y puritanas aplicaciones del Código, alguien tuviera la osadía de convertir en imágenes un texto tan desafiante con las reglas sociales, una sátira de América tan inquietantemente erótica como la soñada por Nabokov. No en vano, su guión tendría finalmente sólo una relación tangencial con la amarga comedia negra que finalmente realizó Kubrick.

La película se resiente de las lógicas limitaciones a la evocadora prosa del profesor Humbert, de cuyo diario se desprenden los fragmentos más románticos y sensuales del texto, los que conectan con el ardor de su alma enferma por la pequeña nínfula; pero bien es cierto que no sólo la censura sino las limitaciones propias del formato cinematográfico impedían una traslación fidedigna de texto a imágenes.

Es admirable, sin embargo, cómo a pesar de que ni siquiera se permitió la filmación de un beso entre los amantes fugitivos, ciertas escenas -Lolita en el jardín, Humbert pintándole las uñas de los pies- logren transmitir un inequívoco y turbador erotismo.

Objetivo imposible
En todo caso, la sublimación erótica no era el (imposible) afán de Stanley Kubrick -sí lo fue para Adrian Lyne en su olvidable versión de 1995-, sino más bien dar cuenta del siniestro, inevitable camino a la perdición cuando se vive a expensas del oscuro objeto del deseo. La rivalidad por Lolita, enfermiza y acuciante para Humbert, transforma el filme a partir de la segunda mitad en un tour de force entre los personajes, extensible a los actores.

El infierno habita en los ojos de James Mason, consumidos por el deseo, el pánico, la locura y la culpa; también en las extravagancias del camaleónico Peter Sellers, aportando distinción y misterio al filme, y en la maquiavélica indiferencia que transmite la debutante Sue Lyon cuando Lolita toma conciencia de su poder. La intervención de Shelley Winters confirma que Lolita es de esas películas bendecidas por su reparto. Se hace muy difícil pensar en otros actores, como también en otro director que no fuera Kubrick para dirigir esta controvertida película, que le convertiría ya para siempre en cineasta de culto.


Detrás de la pantalla
-Neil Coward y Laurence Olivier rechazaron el papel de Humbert Humbert por considerar que podía tener efectos negativos sobre sus carreras. David Niven, Marlon Brando y Errol Flyn también fueron considerados para el papel.
-El nombre del personaje Vivian Darkbloom, la compañera muda y siniestra de Claire Quilty, es un anagrama de Vladimir Nabokov.
-Cerca de 800 actrices aspiraron al papel de Lolita, pero ninguna convencía a Kubrick. Cuando Nabokov vio una foto de Sue Lyon, dijo que se la imaginaba exactamente igual.
-La película que Humbert y Lolita ven desde el coche es La maldición de Frankenstein, de Terence Fischer.