Image: El anillo acecha Hollywood

Image: El anillo acecha Hollywood

Cine

El anillo acecha Hollywood

76 edición de los Oscar

26 febrero, 2004 01:00

Ian McKellen en el Retorno del Rey

La gran cita anual de la cinematografía, los Oscar, alcanza su 76 edición -que se celebra en la madrugada del domingo- bajo el síndrome de la censura. Pero al margen de las intervenciones políticas, será el cine de 2003 el que ocupe todo el protagonismo. Un cine que, representado por las películas con más opciones -El retorno del Rey, Master & Commander, Mystic River, Seabiscuit, Lost in Translation y Ciudad de Dios-, ofrece espectáculo e intimismo, variedad de géneros y nacionalidades. Las esperanzas españolas están depositadas en Balseros, candidata al Mejor Documental. El Cultural entrevista a su director, Carlos Bosch, así como a Andrew Jarecki, director de Capturing the Friedman’ s, su competidor más directo.

Son como una amenaza fantasma, que se cierne sobre todos nosotros, cinéfagos y espectadores, de forma implacable, desde 1929. Los Oscar de Hollywood tienen para mi un ambiguo aroma que fascina y repele al tiempo. Representan lo mejor y lo peor de Hollywood: su irresistible glamour y su abominable vulgaridad... ¿o es al revés? El caso es que, por más que intente uno mantenerse al margen de esta ceremonia sangrienta, en la que ganadores y perdedores acumulan odios y rencores de por vida (recordemos a Bette Davis y Joan Crawford conspirando el año de ¿Qué fue de Baby Jane?, como si fueran los personajes de la película), es imposible escapar. Amigos, compañeros, medios, incluso la familia, acaban por meterte en quinielas improvisadas, apuestas sobre la marcha, y porras indignas. Inevitablemente, uno termina por entrar en el juego de Hollywood, por mucho que lo maldiga.

Los Oscar sacan lo peor que hay en nosotros. Por un lado, no se pueden dejar de considerar como una farsa publicitaria. Un invento de los productores para promocionar sus películas, enmascarado tras un supuesto reconocimiento del cine como arte. Nadie se cree este invento de la anciana Academia de Hollywood, y todos somos conscientes de los cientos de mediocridades que se han hecho con la estatuilla a lo largo de los años. Pero, ¡qué alegría cuando gana nuestra peli favorita! O, más todavía, cuando un español se hace con el dorado tesoro. De repente, después de años criticando la hipocresía de Hollywood, se reconoce que la Academia tiene buen gusto, inteligencia y conciencia social. Pero, ¿qué pensar, por ejemplo, si este año, el mejor actor resulta ser Johnny Depp por su papel de loca histérica y amanerada en Piratas del Caribe? ¿No se lo habría merecido más por Eduardo Manostijeras? Bueno, es bastante improbable que ocurra, habiendo personajes atormentados como el Sean Penn de Mystic River, que ya se hizo con su Globo de Oro, el Ben Kingsley de Casa de arena y niebla, o el Jude Law de Cold Mountain (igual es demasiado joven y guapo todavía). La mayoría querríamos que lo ganara Bill Murray por Lost in Translation, porque así la Academia reconocería el genio del protagonista de Los cazafantasmas. La tradición dice que la comedia no es el género favorito de la Academia, pero los Globos de Oro también pesan.

Espectáculo e intimismo
Lo cierto es que nunca como este año había estado la cosa tan dividida entre películas espectaculares e intimistas. Frente a la última e interminable entrega de El Señor de los Anillos, a Master and Commander o la épica equina de Seabiscuit, la comedia sentimental con Lost in Translation y el thriller emocional con Mystic River, todas ellas nominadas como mejor película. Una tendencia que se ha agudizado en los últimos tiempos y que pueden atenuar films que, como Cold Mountain o El último samurái, juegan con las dos bazas, aunque se hallen presentes en otras categorías. Otra tradición muy evidente este año es la de las grandes interpretaciones pensadas de cara al Oscar. ¿Alguien puede dudar que Sean Penn o Tim Robbins no soñaran con su estatuilla, al mejor actor principal y "secundario" respectivamente, mientras rodaban Mystic River? ¿O que Diane Keaton y Naomi Watts, como actrices principales, y Holly Hunter o Renée Zellweger, como "secundarias", no se hayan imaginado estos meses sosteniendo el Oscar en sus delicadas manos? Se libra la jovencísima Keisha Castle-Hughes de Whale Ridder, que sería la sorpresa del año, y tiene sus buenas papeletas la irreconocible Charlize Theron de Monster, con su Globo de Oro ya ganado.

Siempre se ha hecho notar lo curioso de que no todas las películas nominadas a la mejor dirección lo sean también como mejor película. Pero quien se sorprenda de esto, es que todavía no ha entendido los Oscar. Con la excepción de Seabiscuit, casi todas coinciden este año, y salvo que el viejo Clint vuelva a triunfar (lo que sería inevitablemente aburrido), la sorpresa sería que se hiciera con la estatuilla al mejor director el brasileño Fernando Mereilles, con esa película de Scorsese que lleva por título Ciudad de Dios, y que por lo menos calienta un poco la pantalla. Si hacemos caso a los dichosos Globos, el candidato principal sería Peter Jackson, pero si queda algo de justicia en el mundo (o en Hollywood), es de esperar que tamaña hecatombe cinematográfica no ocurra.

Hacer un seguimiento completo de los Oscars y sus nominados es agotador, aunque sea en diferido. Aparte de las categorías principales, hay otras encantadoramente esotéricas, sólo para freaks. Las de efectos especiales, decorados y vestuario, donde películas como El retorno del rey, Master and Commander, Piratas del Caribe, El último samurái, Seabiscuit o La joven de la perla, se repartirán estatuillas con seguridad, suelen ser las más honestas, mientras que la categoría de Banda Sonora, única en la que participa el Big Fish de Tim Burton, con música de su inseparable Danny Elfman, será sin duda discutida ardientemente, en cuanto se conozca la ganadora, por esa raza especial que son los aficionados a las bandas sonoras. Otras, este año, resultan sosillas para nosotros, porque, por ejemplo, en la de mejor película en lengua no inglesa no está España.... aunque no olvidemos la categoría de documentales, donde participamos con Balseros.Dejemos pues que este año sean los francocanadienses, los suecos, los japoneses, los Países Bajos y los checos, quienes se sientan protagonistas y reivindiquen el Oscar (al menos según les vaya después, claro), como un premio justo y necesario.

Ya lo hemos hecho otra vez. Lo dije al principio: no hay escape. Desde que una bibliotecaria de la Academia de Hollyood lo bautizara como Oscar, porque se parecía a su tío, según cuenta la leyenda, el hombrecito dorado con la espada, erguido sobre la lata de celuloide (que algún día quizá se transforme en un DVD...), se ha convertido en la espada de Damocles del cine, que cuelga sobre nosotros y que, al final, acaba cayendo, haciéndonos hablar del tío Oscar durante meses y meses... Hasta el año siguiente.


Epidemia de control
La retransmisión de la 76 edición de los Oscar puede quedar ensombrecida por la fiebre conspiranoide desatada por la teta de Janet Jackson. Atemorizados, los responsables de la ABC han decidido retransmitir la gala con cinco segundos de diferencia entre la imagen real y la emitida. El presidente de la Academia de Hollywood, Frank Pierson, no ha dudado en calificar esta idea como pura y dura censura, mientras que Joe Roth, responsable de la productora, ha pretendido tranquilizar a todos explicando que sólo se interrumpiría la emisión de algo ofensivo o impúdico, nunca de una opinión política. Naturalmente, con la ingenuidad del bienpensante, Joe Roth no parece darse cuenta de que, precisamente, son medidas así las que convierten el pecho de Janet Jackson en un genuino acto político en sí mismo. Tras la epidemia de seguridad posterior a la caída de las torres, esta nueva locura desatada por la teta de Janet Jackson, puede convertir la gala de los Oscars, que presenta este año Billy Crystal, en todo un síntoma del giro reaccionario del gobierno estadounidenese y del control estatal de los grupos de comunicación. Quizá la teta de Janet Jackson se convierta en un nuevo símbolo de la libertad de expresión. Desde luego, los he visto mucho peores. epidemia de seguridad posterior a la caída de las torres, esta nueva locura desatada por la teta de Janet Jackson, puede convertir la gala de los Oscars, que presenta este año Billy Crystal, en todo un síntoma del giro reaccionario del gobierno estadounidenese y del control estatal de los grupos de comunicación. Quizá la teta de Janet Jackson se convierta en un nuevo símbolo de la libertad de expresión. Desde luego, los he visto mucho peores.