Image: Todos tienen sus razones

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Cine

Todos tienen sus razones

9 octubre, 2003 02:00

Laia Marull en Te doy mis ojos

Directora: Icíar Bollaín. Intérpretes: Luis Tosar, Laia Marull. Guionistas: Icíar Bollaín y Alicia Luna. Estreno: 10 octubre. 106 minutos

Jean Renoir estaba convencido de que todo el mundo tiene sus razones. También pensaba que la realidad consiste en ser mágica, en ser fantástica. "Si se quiere dar con la realidad", afirmaba, "se debe dar con ella. Basta con eliminar lo que nos parece fabricado por las costumbres de nuestra época". Sin embargo, nuestra época está construida sobre las malas costumbres de lo cotidiano. Silencios esquivos, malentendidos, amores que matan. ésa y no otra es la realidad en la que cree la Icíar Bollaín de Te doy mis ojos. No es ni una realidad mágica ni fantástica, porque ésa es la que pertenece al arte que Pilar descubre cuando empieza a trabajar como guía pictórica en una iglesia, explicando a los turistas y explicándose a sí misma los secretos de la creación artística proyectados en una pared. La realidad de Bollaín no tiene nada de mágica: cuando vemos cómo Pilar hace sus deberes con su hijo Juan, sentada en una mesa con mantel, estamos a punto de ver quién ha puesto el mantel, quién ha escrito el diálogo que debería sonar como si nadie lo hubiera escrito. La realidad de Bollaín no es mágica porque está preconstruida, y a veces se le ven las costuras. Lo que no significa que, detrás de esas costuras, brillen muchos elementos mágicos, hipnotizadores: el hermoso detalle de las zapatillas caseras que lleva Pilar al escaparse de casa o la barbacoa familiar durante la que, de repente, entendemos en poco tiempo por qué Antonio es como es, una hormiga acomplejada que clava sus fauces donde no debe.

Te doy mis ojos habla de un tema tan escabroso y peliagudo como el maltrato a las mujeres. Consigue hacerlo sin caer en el sensacionalismo -no hay ni un solo golpe, sólo el miedo a un golpe que puede producirse- y, tal vez lo más interesante de la película, invierte parte de su metraje examinando el comportamiento del verdugo, interpretado por un inspiradísimo Luis Tosar. No es que todo el mundo tenga sus razones sino que tenemos que esforzarnos por entenderlas. Antonio es un vendedor de electrodomésticos que sufre un terrible complejo de inferioridad. Sus ataques de ira están provocados porque piensa que el objeto de su amor, al que posee por entero ("te doy mi boca, te doy mis ojos", le dice Pilar en la única escena de sexo de la película), puede encontrar algo mejor a lo que agarrarse. El peligro del abandono se transforma en furia, y la víctima, que Marull encarna con el alma y el cuerpo encogidos, vive arrinconada en un extremo del salón, su voz debilitada por el pánico. Es encomiable la contención y la ecuanimidad con que Bollaín aborda el tema. Es un feliz hallazgo que la película empiece cuando Pilar se marcha de casa por primera vez, como dando por sentado que nos estamos perdiendo algo -la sangre, los moratones, las urgencias de hospital- que tendremos que imaginar, la inexorable fuerza de los puntos suspensivos. Es brillante que una sesión de terapia de grupo de impenitentes maltratadores se convierta de repente en una divertida improvisación teatral, un hilarante sketch de comedia castiza. Es bonito escuchar cómo hablan las mujeres de los hombres a la hora de la comida, creando una complicidad de género que suena auténtica.

Sin embargo, a veces Bollaín no puede evitar un cierto didactismo al acercarse a la transformación de Pilar y a la involución de Antonio. Las sesiones que éste tiene con su psicólogo, la lectura de su diario (demasiado poético como para resultar verosímil) y la contundencia de algunos estereotipos (la madre amargada, la hermana comprensiva) pueden hacernos pensar que Bollaín se deja tentar por la autoindulgencia. Después de todo, la realidad es mucho más ingenua de lo que nos imaginamos: el bruto es el bruto, la víctima es la víctima, los golpes son los golpes. En descargo de la directora de Flores de otro mundo, hay que decir que Te doy mis ojos era todo un desafío, y, probablemente, es la mejor película -mucho mejor, por ejemplo, que Sólo mía, similar en temática y radicalmente distinta en planteamiento- que se podía esperar sobre la violencia doméstica. Nos quedamos, pues, con la imagen de dos soledades que nunca podrán vivir bajo el mismo techo, el tremendo efecto secundario de una rabia que rompe y rasga muchos hogares españoles: la de una Pilar sin zapatillas de estar por casa, con los ojos iluminados por un Mondrian cuyos colores desentraña, y la de un Antonio comiendo solo, con la vista perdida en un punto infinito e irrecuperable, los platos a medio recoger, la rabia apagada por dentro.