Retrato de Marilyn Monroe realizado por Slim Aarons a principios de los 50 ('Marilyn'. Blume, 2025)

Retrato de Marilyn Monroe realizado por Slim Aarons a principios de los 50 ('Marilyn'. Blume, 2025)

Cine

Marilyn Monroe, una de las mejores perversiones del cine

Su vida y su trabajo –hay que insistir en que actuar es un trabajo, no una gracia recibida– se enlazan como una serpiente sinuosa. Es normal, es frecuente. Lo terrible es cuando la serpiente de la fama estrangula a su portador.

Más información: Penélope Cruz en Cannes: "No me desmayé de milagro. Estaba subida en un tanque y creía que tenía un aneurisma"

Manuel Gutiérrez Aragón
Publicada

Para algunos, aquello fue como abrir en dos el vientre de Marilyn para que lo contemplara todo el mundo. Una profanación de la memoria de una pobre mujer, víctima de los estudios Fox y de sí misma. Para otros, era una desmitificación necesaria. Una búsqueda de la verdad en el contexto que rodeaba a la actriz, incluyendo las pesquisas del FBI sobre sus actividades y sus relaciones políticas. También sobre su ternura y sus frustrados deseos de maternidad. Sin olvidar su capacidad para amar y ser amada, para la representación del deseo mundial de un cuerpo al que el cine nos había hecho conocer mejor que el de nuestras novias, amigas y conocidas. El sexo y la política hacen una combinación imbatible. Y, además, el autor era uno de los nuestros: Arthur Miller.

Así fue el estreno en Madrid de Después de la caída (1965), dirigida e interpretada por Adolfo Marsillach, con Marisa de Leza como Maggie–Marilyn. El acontecimiento tenía lugar en el Teatro Goya, ante un público ansioso como consecuencia del éxito mundial de la obra. Marilyn volvía a escena después de muerta, o más bien habría que decir que con el cadáver aún fresco, dada la premura del estreno respecto a su muerte reciente. La representación en Estados Unidos había sido escandalosa. Lo mismo estaba ocurriendo en París, Londres o Madrid. Los fans de Marilyn acusaban a Miller de mala fe y poca vergüenza, de manipulación. Los fans de Miller aplaudían la lucidez y la desmitificación.

Por entonces yo estudiaba en la Escuela de Cine, no muy lejos del Teatro Goya. Estudiantes de dirección, guionistas y aprendices de interpretación también estaban divididos. A unos les parecía una obra esclarecedora del mito, y otros acusaban a Miller de oportunismo y de traición a la memoria de su exesposa.

El brillo de estrella de Marilyn sigue hoy eclipsando al de la actriz. Porque lo era, y muy grande. Su vida y su trabajo –hay que insistir en que actuar es un trabajo, no una gracia recibida– se enlazan como una serpiente sinuosa. Es normal, es frecuente. Lo terrible es cuando la serpiente de la fama estrangula a su portador. Eso también sucede, pero no es normal.

Hubo, desde el primer momento en que la muerte la convirtió en mito, en sex symbol mediática –esa forma moderna de leyenda–, quien quiso contar la verdad, desvelar a la ‘auténtica’ Marilyn. Indagar en aquella vida que todavía hoy nos atrae, que tiene un punto de morbosidad indudable, mezclada con la admiración por un tipo de interpretación que no ha pasado de moda, sino que ha crecido con los años. Uno de los primeros en escribir sobre su vida fue nada menos que su exmarido, el dramaturgo Arthur Miller, al que todos admirábamos. Pero ¿la verdad puede ser dramatizada en un texto teatral?

Al poco tiempo de la muerte de Marilyn, en 1962, Miller comenzó, como decíamos, a volcarse en el texto de Después de la caída (1964), en donde la pareja Quentin y Maggie son el trasunto de los propios Arthur y Marilyn. El autor expone sin tapujos una relación difícil con Maggie, ante la que se siente responsable y con mala conciencia. La obra avanza en escenas cortas y sugeridas. Quentin intenta ayudar a Maggie, trata de comprenderla sin conseguirlo, porque seguramente él mismo necesita comprensión y ayuda. Es una relación llena de culpa y de responsabilidad moral. Un fracaso amoroso, un éxito teatral. Esto último nunca se le perdonó a Arthur Miller, claro está.

Buenos directores de actores como Billy Wilder o Laurence Olivier tuvieron muchas dificultades con Marilyn. Sobre todo, por su falta de puntualidad, su inseguridad, su tiranía de diva. Tampoco se aprendía bien sus líneas de guion. Uno y otro confiesan que durante los rodajes pensaron que todo iba a salir mal, irse al traste. Sin embargo, los dos reconocen que finalmente ganó la actriz.

La cámara reflejaba algo que el ojo no había visto, un mundo sensual y desordenado. Algo cálido y mórbido. Se necesita mucho talento para representar una y otra vez el papel de ‘rubia tonta’, de ingenua atractiva. Hay un punto perverso en verla actuar en esas interpretaciones de mujer imaginariamente ingenua, de ser conseguida de manera fácil y breve. El cine forma parte de nuestros sueños privados. Y Marilyn es una de nuestras mejores perversiones.