de izquierda a derecha: Juan Antonio de Ulloa, Jorge Juan y José Celestino Mutis.

de izquierda a derecha: Juan Antonio de Ulloa, Jorge Juan y José Celestino Mutis. Diseño: Rubén Vique

Entre dos aguas

La ilustración y la ciencia española: una relación complicada

La sociedad científica de nuestro país se empapó escasamente del espíritu ilustrado. Hubo excepciones: Jorge Juan, Antonio de Ulloa, los hermanos Elhuyar y José Celestino Mutis.

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Uno de mis periodos históricos favoritos es el siglo XVIII, el de la Ilustración, o Siglo de las Luces. Fue entonces cuando la nueva física newtoniana se implantó no solo en su cuna, las Islas Británicas, sino también en la Europa continental, con Francia a la cabeza, país en el que tuvo que vencer la resistencia de una física y cosmología dominada por la visión de Descartes, con un medio continuo que penetraba todo el universo.

Fue entonces cuando el estudio de la Verdad pasó de la religión, donde reinaba el concepto de Revelación, a la ciencia; de los teólogos y sacerdotes a los científicos y filósofos. Al menos para ilustrados como Voltaire, Kant, Montesquieu, Hume, Diderot, Holbach, Adam Smith, D’Alembert, Émilie du Châtelet o Hume.

La Ilustración fue un soplo de aire fresco en un mundo en el que la religión y los monarcas absolutistas reinaban sin apenas oposición, y la Revolución Francesa (1789) fue su más conspicua manifestación. Un soplo de aire que se manifestó no solo en Francia, Inglaterra y Alemania, sino también en la Rusia de los zares, pues ilustrado fue, aunque viviera la mayor parte de su vida en el siglo XVII, Pedro I, apodado El Grande, y Catalina II. ¿Y en España?

Me ha hecho volver a esta cuestión —que ya abordé en un capítulo de mi libro El país de los sueños perdidos— la publicación de Voces de la Ilustración (Biblioteca Castro, 2025) que, al cuidado de Joaquín Álvarez Barrientos, reproduce textos de Benito Jerónimo Feijoo, José de Cadalso y Gaspar Melchor de Jovellanos. Ciertamente los tres estuvieron empapados del espíritu ilustrado, ahora bien, ¿de qué Ilustración estamos hablando en el caso de España?

En uno de sus libros, Los afrancesados, el gran historiador Miguel Artola escribió: "No existe una Ilustración española porque no existe en España un cuerpo de filósofos y tratadistas políticos imbuidos en las nuevas ideas". No diría yo tanto, pues Feijoo, Cadalso y Jovellanos no fueron ajenos a las ideas que configuraron buena parte de la Ilustración.

El problema es que la relación de España con la ciencia original fue muy pobre, salvo en unos pocos casos, los de Jorge Juan, Antonio de Ulloa, los hermanos Elhuyar y José Celestino Mutis. De hecho, si se considera la historia general de la Ilustración, la contribución española que debe figurar se encuentra únicamente con relación a la colonización de América, donde apareció una fauna y flora antes desconocidas. Fue allí donde brilló Mutis.

El único que aportó algo a la ciencia newtoniana fue Jorge Juan. El mejor ejemplo de ello es su libro Examen marítimo theórico práctico, ó Tratado de Mechánica aplicado á la construccion, conocimiento y manejo de los navios y demas embarcaciones (1771; traducido al francés en 1783 y al italiano en 1822), obra destinada a escuelas de guardiamarinas.

La relación de España con la ciencia original fue muy pobre, salvo en unos pocos casos, como los de Jorge Juan, Ulloa y Mutis

En ella Juan se ocupaba del cálculo diferencial e integral sin evitar los cálculos necesarios, que involucraban la mecánica establecida por Isaac Newton en su libro Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (1687), artes científicas hasta entonces no practicadas, no desde luego con rigor parecido, por españoles.

En los dos tomos de que consta su tratado, Jorge Juan desarrollaba un completísimo estudio de un tema nada fácil, la física de fluidos, necesaria para entender los movimientos de los barcos y encontrar cuál debía ser el mejor diseño de estos.

Entre las cuestiones de la física de fluidos que trataba se encontraban algunas que ya habían abordado científicos tan notables como Huygens y los hermanos Jacob y Johann Bernoulli, pero lo que a Juan le interesaba no era tanto los principios básicos como sus aplicaciones; así, escribía, por ejemplo, que "la sublime theórica de los Bernoullis [era] poco o nada adaptable a la práctica", o que cuando estos la aplicaban al movimiento de navíos contenía errores.

En cuanto a lo que todavía se pensaba en España de Copérnico y su sistema heliocéntrico, nos da idea lo que sucedió con el libro Observaciones astronomicas y phísicas (1748), uno de los tomos en los que Ulloa y Juan presentaron los resultados de la expedición francesa, en la que participaron, para medir un arco de meridiano en el ecuador (se trataba de determinar cuál era la forma de la Tierra, un asunto que podía decidir qué física, si la newtoniana o la cartesiana, era correcta).

Jorge Juan defendía a Copérnico y Newton, algo que la Iglesia católica española no podía tolerar, lo que le obligó a efectuar algunas correcciones y añadir en la introducción: "Así discurrían estos grandes ingenios [Newton y Huygens] en la Hipótesis [esta es la palabra que se vio obligado a utilizar] del movimiento diurno de la Tierra; pero, aunque esta Hipótesis sea falsa, la razón del equilibrio siempre probaba contra la perfecta esfericidad de la Tierra". Galileo redivivo más de un siglo después.

El principal divulgador de la física newtoniana en España fue Feijoo. En su clásico, y ya prácticamente olvidado, libro España y la revolución del siglo XVIII (1988), Richard Herr señalaba que "Feijoo defendió valerosamente el método experimental del protestante inglés [Newton] contra la escolástica española. Para ilustrar a sus compatriotas, se esforzó por darles a conocer el progreso científico. Señaló la falibilidad de los médicos de la época, denunció la devoción exagerada a los santos y a los falsos milagros y sobre todo declaró una guerra sin cuartel a la superstición. Destilaba su información de las mejores fuentes que estaban a su alcance; sus ensayos aluden a más de doscientas obras francesas y a otras sesenta y cuatro de diversos orígenes extranjeros".

Lo hizo Feijoo en obras como Teatro crítico universal (1726-1740) y Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), interesantes, sí, pero divulgativas y nada más.

Por cierto, en los pasajes seleccionados en Voces de la Ilustración de estos textos no aparece Newton. Sí lo hay en ese libro impagable, en el que se unen crítica y diversión, que es Los eruditos a la violeta (1772) de José de Cadalso. De él extraigo el siguiente ejemplo: "De la astronomía, escoged los sistemas de Ptolomeo, Tycho Brahe y Copérnico aquel que mejor os pareciere. Aprended de memoria las distancias que los más célebres astrónomos han calculado del Sol a los otros planetas […] Y esto bastará para que os tengan por don Alfonso el Sabio".

De Jovellanos trataré la semana próxima.