El biólogo y ecólogo estadounidense Paul R. Ehrlich. Diseño: Rubén Vique

El biólogo y ecólogo estadounidense Paul R. Ehrlich. Diseño: Rubén Vique

Entre dos aguas

Adiós a Paul R. Ehrlich, el amante de las mariposas que alertó de los peligros del aumento de población

Uno de los fundadores de la biología de la conservación, el estadounidense formó parte de un pequeño grupo de científicos que supieron llegar a la conciencia de la sociedad.

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El 13 de marzo falleció el biólogo y ecólogo estadounidense, catedrático de Biología en la Universidad de Stanford, Paul R. Ehrlich (había nacido en 1932). En el prefacio de su autobiografía —Life. A Journey through Science and Politics (Yale University Press, 2023)— intentó resumir lo que había pretendido a lo largo de su carrera: "Gran parte de mi trabajo se ha centrado en la vida de animales, plantas y microbios, y en su evolución y comportamiento. Incluyendo la evolución y comportamiento que moldea la vida de mi mamífero favorito, Homo sapiens".

Y añadió: "Mi vida también ha conllevado esfuerzos con el fin de influir en la sociedad para que se moviera rápidamente en la dirección de mejorar toda vida, y vidas, limitando el crecimiento de la población humana, incrementando la equidad racial, de género y económica, y preservando los sistemas que soportan la vida y el medio ambiente, sistemas en los que abundan vidas no humanas. De los estudios sobre las mariposas que he realizado durante toda mi carrera y de mi angustia por la pérdida de sus hábitats naturales, ha surgido una visión de una vida mejor y más sostenible para todos los seres que existen en el único planeta habitable de nuestro sistema solar".

Como señalaba en la cita anterior, Ehrlich fue un apasionado estudioso de las mariposas, ese insecto lepidóptero que pertenece al delicado grupo de especies que se pueden considerar miembros de la familia del "canario en la mina", en el sentido de que, al igual que en el siglo XIX y comienzos del XX se utilizaban canarios en las minas de carbón para detectar gases tóxicos, las desapariciones de mariposas sirven para identificar problemas medioambientales.

Una de las características que más distinguen la obra de Ehrlich de la de otros científicos implicados en la defensa de la naturaleza y de la vida que contiene fue el hecho de que no se limitó a considerar los aspectos científicos, sino que los enmarcó y relacionó con otros dominios, como el sociológico, el poblacional y el medioambiental.

Especialmente conocido es el libro que escribió junto a su esposa, Anne, que, sin embargo, no apareció como coautora, debido a la insistencia del editor, quien también exigió que se cambiara el título que habían propuesto, Population, Resources and Environment (Población, recursos y medio ambiente), por el más llamativo de The Population Bomb (La bomba de población, 1968).

El título original era más adecuado porque ponía de relieve que el crecimiento de la población mundial, y el ritmo con que lo hacía, amenazaba no solo al suministro de alimentos sino también al clima, la calidad del aire, el agua potable y la biodiversidad de la Tierra, y consecuentemente a la capacidad de los gobiernos para manejar las situaciones que se derivaban de ello.

Las ideas de Paul y Anne Ehrlich quedan reflejadas en lo que decían al comienzo del prólogo: "La batalla para alimentar a toda la humanidad ha acabado. Las hambrunas de la década de 1970 están sobre nosotros, y cientos de millones más de personas van a morir de hambre antes de que acabe esta década. Ya nada puede evitar un aumento sustancial en la tasa de mortalidad, aunque se podrían salvar muchas vidas mediante programas de choque 'estirando' la capacidad de la tierra para aumentar la producción de alimentos".

Ahora bien, estas afirmaciones hoy deben ser matizadas. En primer lugar, porque la capacidad de producción de alimentos ha experimentado avances muy notables, de manera que podría ser posible que toda la población mundial recibiera una alimentación suficiente, pese a que haya pasado de 3.692.492.000 personas en 1970, a más de 8.000 millones, cifra que, según la ONU, se alcanzó el 15 de noviembre de 2022.

Desgraciadamente, la realidad es otra: según un informe de 2016 preparado por un panel independiente de expertos sobre alimentos y agricultura, encabezado por John Kufuor, expresidente de Ghana, y sir John Beddinton, antiguo asesor principal de ciencia del gobierno del Reino Unido, alrededor de 800 millones de personas padecían hambre, y 2.000 millones se alimentaban con una dieta que carecía de las vitaminas y minerales necesarios para mantenerlos saludables, lo que resultaba en problemas de corazón, hipertensión, diabetes y otros males, que disminuyen la productividad y amenazan con colapsar los servicios sanitarios.

Ehrlich entendió que para combatir los problemas medioambientales y de salud a los que se enfrenta la humanidad no basta con la ciencia

Otra afirmación que los Ehrlich hacían en el prólogo nos suena hoy familiar, aunque incluyendo razones que ellos no podían imaginar: "Los niños de las actuales opulentas sociedades occidentales heredarán un mundo completamente diferente, un mundo en el que los estándares, políticas y economías de sus padres no existirán".

Importante también es el énfasis que Ehrlich puso tanto en The Population Bomb, como durante toda su carrera: el de que la globalización ha cambiado radicalmente lo que fueron las extinciones de civilizaciones a lo largo de la historia. Las civilizaciones de los griegos, egipcios, mayas, aztecas o romanos colapsaron, pero lo hicieron sin que ello afectase al conjunto del planeta.

Esto ya no es así. Las tecnologías actuales, y los medios de transporte y comunicación, han unificado el mundo. La pandemia del covid lo demostró recientemente, y hoy estamos viendo las consecuencias globales que tiene bloquear un pequeño paso marítimo, el estrecho de Ormuz, porque limita el suministro de un combustible necesario para el funcionamiento de tecnologías que se utilizan en todo el mundo, en los países ricos al igual que en los menos desarrollados.

Con independencia de los errores de apreciación que pudo haber cometido, Ehrlich entendió bien que para combatir los problemas medioambientales y de salud a los que se enfrenta la humanidad no basta con la ciencia, aunque el conocimiento que esta proporciona es imprescindible. Necesarios son también el activismo político y la difusión de lo que la ciencia enseña al respecto.

Por todos estos dominios transitó con distinción Paul Ehrlich, uno de los fundadores de la biología de la conservación. Formó parte de un pequeño grupo de científicos que supieron llegar a la conciencia de la sociedad: Rachel Carson, Carl Sagan y Edward Wilson, con quien compartió en 1990 el Premio Crafoord, que concede la Real Academia Sueca de Ciencias para las disciplinas que no distinguen los Premios Nobel. Lo recibieron "por sus contribuciones fundamentales a la biología de poblaciones y a la conservación de la diversidad biológica".