Emmanuel Macron durante su discurso en Île Longue el 2 de marzo de 2026. Foto: Élysée

Emmanuel Macron durante su discurso en Île Longue el 2 de marzo de 2026. Foto: Élysée

Entre dos aguas

La geopolítica nuclear, Emmanuel Macron y Francia, un país al que hay mucho que envidiar

El discurso que pronunció el presidente francés el pasado marzo sobre la disuasión armamentística es un claro ejemplo de orgullo de pertenecer a una gran nación.

Más información: 'Si alguien la crea, todos moriremos': ¿La IA amenaza nuestras vidas?

Publicada

Existen momentos en la historia de la ciencia en los que se producen desarrollos que pueden afectar profundamente a la propia historia de la humanidad. El que realizaron a finales de 1938 Otto Hahn y Fritz Strassmann, en el Departamento de Radiactividad del Instituto de Química de la Asociación Káiser Guillermo, situado en Dahlem, por entonces una zona rural en las afueras de Berlín, la fisión del átomo uranio-235 cuando se lanzaban sobre él neutrones, es uno de ellos.

Como es bien sabido, la primera aplicación "práctica" de ese hallazgo llegó en agosto de 1945 con el lanzamiento de las bombas atómicas que destruyeron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki (la de esta ciudad no era de uranio, sino de plutonio, pero el que se empleara este elemento químico transuránico estuvo íntimamente ligado a las investigaciones sobre el uranio).

Desde entonces, la disponibilidad de armamento atómico ha condicionado la política internacional. También hay que recordar que la energía nuclear se ha utilizado, y continúa utilizándose, para la producción de electricidad en centrales nucleares, empleo que ha sido objeto de intensas discusiones y manifestaciones.

Ha sido y es tal la presencia de "lo nuclear" que también ha penetrado en la cultura, porque esta en modo alguno es ajena a todo lo que sucede, incluyendo lo que tiene que ver con la política.

Pensemos, por ejemplo, en el cine, donde son incontables las películas cuya temática está ligada al mundo nuclear, desde sátiras del tipo de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove) (1964), de Stanley Kubrick, sobre la destrucción mutua asegurada, hasta visiones apocalípticas como la que ofrece El día después (1983), que muestra los devastadores efectos de un ataque nuclear a Estados Unidos; todavía recuerdo la impresión que me produjo cuando la vi, como también recuerdo, aún estremecido, la lectura de la novela La carretera (2006) de Cormac McCarthy, y su subsiguiente película (2009). Y no olvidemos el éxito que tuvo Oppenheimer (2023), de Christopher Nolan, centrada en el Proyecto Manhattan y en el icónico director del Laboratorio de Los Álamos, en donde se reunieron todos los elementos necesarios para preparar las bombas que asolaron las dos ciudades japonesas.

Analizar el "espíritu", el propósito que subyace en las políticas de los países que disponen de armamento nuclear, constituiría un complicado, y desde luego extenso, ejercicio de exégesis sociopolítica, que va desde las indisimuladas amenazas del presidente ruso, Vladímir Putin, hasta el no reconocimiento de su disponibilidad de Israel.

No obstante, quiero detenerme en el discurso que pronunció el presidente Emmanuel Macron el pasado 2 de marzo en la Île Longue, que alberga la base naval más importante de Francia. Situada en la bahía de Brest, en el departamento de Finisterre, esa base es, en palabras de Macron, "una catedral de nuestra soberanía y un símbolo de nuestro constante compromiso con la disuasión nuclear durante ahora hace más de 65 años".

El presidente francés dejó claro que quien golpee a Francia tenga por seguro que "sufrirá un daño del que no podrá recuperarse"

Su discurso, que animo a que lean (se encuentra fácilmente en internet), es, en mi opinión, un magnífico ejemplo de la Francia que yo siempre he admirado, la del orgullo de pertenecer a una gran nación, de poseer un idioma común.

La Francia que tuvo entre sus ciudadanos a luminarias como Lavoisier, Laplace y Pasteur, a Napoleón —aunque finalmente traicionase a la cruel, pero también magnífica, Revolución francesa— y a De Gaulle, a Descartes, Galois y Poincaré, a Víctor Hugo, Zola y Simone de Beauvoir, y sobre todo, para mí, a Montesquieu y Chateaubriand, el Chateaubriand de Memorias de ultratumba, la inolvidable obra que comienza con unas palabras que no pueden sino arañar el alma de quienes tienen una cierta edad: "Como me es imposible prever el momento de mi fin, y a mis años los días concedidos a un hombre no son sino días de gracia, o más bien de rigor, voy a explicarme".

En su discurso Macron explicaba con claridad que, insertos en un mundo como el actual, Francia iba a mejorar su armamento nuclear no en número, pues la idea de carrera armamentística era odiosa, sino para dejar claro "a todo adversario o combinación de adversarios que no imaginen la menor posibilidad de golpear a Francia sin tener por seguro que sufrirán un daño del que no podrán recuperarse". Lo que denominó dissuasion avancée (disuasión avanzada).

Hacía hincapié también en que estaba pensando, al mismo tiempo, en la seguridad de Europa —la Europa de la que Francia siempre se ha enorgullecido de formar parte— y que se estaba esforzando por establecer las relaciones oportunas al respecto.

Pero lo que más he admirado de este discurso es que Macron reconocía en varios momentos que estaba continuando una senda por la que habían transitado otros predecesores suyos en la presidencia de la nación, como De Gaulle y Mitterrand. Envidio a una nación en la que los seguramente inevitables enconos políticos no impiden que un presidente hable bien de sus antecesores. Por supuesto, el presidente Trump es el ejemplo canónico de lo contrario, pero no hace falta mirar tan lejos.

Envidio también a una nación que sabe honrar a sus mejores ciudadanos del pasado. El 21 de abril de 1995, en una ceremonia encabezada por el Presidente de la República, François Mitterrand, los restos de Marie y Pierre Curie, que en su momento habían sido depositados en el humilde cementerio de Sceaux, fueron trasladados al Pantheon, el lugar que Francia ha destinado para que reposen "los grandes hombres de la patria". Marie Sklodowska-Curie fue la primera mujer en recibir tal reconocimiento.

"Al transferir las cenizas de Pierre y Marie Curie a este santuario de nuestra memoria colectiva —señaló Mitterrand— Francia no realiza únicamente una obra de reconocimiento, afirma también su fe en la ciencia, en la investigación, y su respeto por aquellos que consagran a ella, como hicieron Pierre y Marie Curie, sus fuerzas y sus vidas".

"Desde su infancia —añadió Mitterrand mostrando la grandeza que se debe exigir al Presidente de una nación con grandeza— Marie Sklodowska resistió: contra las humillaciones del poder extranjero, contra su 'naturaleza difícil que es preciso vencer', como ella dijo de sí misma, contra las fatalidades de la condición de la mujer, contra los dogmas de todo tipo que la pretendían encadenar. Ella quiso gobernar su vida y forjarse un destino. Y tuvo las cualidades que eran necesarias".