Mapa de la NASA Con las temperaturas del pasado 13 de julio. Superaron los 40 grados en muchos puntos del planeta. Imagen: NASA/GEOS

Mapa de la NASA Con las temperaturas del pasado 13 de julio. Superaron los 40 grados en muchos puntos del planeta. Imagen: NASA/GEOS

Entre dos aguas

Cambio climático: la fiesta se ha terminado

¿Son las recientes olas de calor la expresión de una fase crítica en el calentamiento global? Urge tomar conciencia de la situación y ponerse en manos de la ciencia

17 septiembre, 2022 03:01

Lo sabíamos. Sabíamos que lo que ha sucedido este verano podía ocurrir, o mejor, que tenía que ocurrir, que más pronto que tarde tendría lugar. Me refiero, claro está, a las altas temperaturas, a las "olas de calor" prolongadas, a la sequía y, consecuencia derivada – en ocasiones impulsada por desequilibrados, cuando no individuos movidos por fines particulares–, incendios devastadores. Es el cambio climático.

"Oí una fuerte voz que salía del santuario y que decía a los siete ángeles: Vayan y vacíen sobre la tierra esas siete copas de la ira de Dios". Así comienza el capítulo 16 del 'Apocalipsis' –el último libro del Nuevo Testamento cristiano–, y que continúa relatando que los reyes, reunidos "en el lugar que en hebreo se llama Armagedón", vieron "relámpagos, voces y truenos, y la tierra tembló a causa del terremoto más violento que todos los terremotos que ha habido desde que hay gente en el mundo".

Gaia reacciona

Y Dios hizo a todos beber "el vino de su ira terrible". Ahora no podemos achacar a un imaginado Dios enfurecido y cruel los males que ya estamos –todos, en todo el mundo– padeciendo. Imitando la memorable frase de Bill Clinton, "¡Es la economía, estúpido!", ahora deberíamos decir: "¡Somos nosotros, estúpidos!". Aunque también podríamos pensar en que Gaia reacciona, que se venga de los ultrajes a que nuestra especie la ha sometido. Gaia, la Tierra sintiente postulada por James Lovelock, ha desaparecido este último julio.

El problema es global, especialmente en esta etapa condicionada por la invasión rusa de Ucrania, que obligará a algunos países a utilizar carbón

Nuestro Armagedón tampoco se está manifestando con terremotos, relámpagos, voces y truenos. Está siendo más silencioso: el calor que aletarga y termina ahogando, la ausencia del suave sonido del agua que desparraman las nubes, y que a veces, como si quisiera advertirnos de su importancia, estalla en devastadoras tormentas: "del cielo cayeron sobre la gente enormes granizos", dice también el 'Apocalipsis', en el que se aventuraba que "todas las islas y los montes desaparecieron".

No, no desaparecerán los montes, pero sí –lo estamos comprobando desde hace años– los majestuosos glaciares que una vez los adornaron. Y también desaparecerán numerosas islas, sepultadas por la subida del nivel de mares y océanos, debida al flujo del agua procedente de los hielos fundidos de los casquetes polares. ¿No vemos –es noticia en los informativos de televisión– cómo las aguas marinas acechan las costas, reduciendo cada vez más la distancia a la "primera línea de playa"?

Huellas de dinosaurios

Como si estuviéramos emprendiendo un viaje hacia atrás en el tiempo, las sequías ponen al descubierto testimonios del pasado: en Texas han aparecido huellas de dinosaurios de hace 13 millones de años, antes ocultas por el agua; en Serbia, la disminución del caudal del Danubio, que alcanza récords históricos, ha puesto al descubierto cerca de la ciudad de Prahovo veinte barcos de la época nazi repletos de explosivos.

Y en nuestro propio país estamos viendo en los cada vez más vacíos embalses cómo reaparecen viejos pueblos otrora sacrificados en aras del "bien común". Como si fuera una tardía venganza de quienes fueron extrañados de sus terruños. Espectros del pasado que se preguntarán qué "bien común" es ese que termina desapareciendo en virtud de una desenfrenada ansia consumista. ¿Para esto tuvieron que abandonar sus casas, sus pueblos?

El verano que está a punto de terminar ha sido revelador, y si aceptáramos lecciones, aleccionador. Tenemos que tomar medidas para… adaptarnos, para convivir en las mejores condiciones posibles con los escenarios que nos aguardan. Vendrán tiempos mejores, lloverá, se rellenarán algo los embalses, hará a veces menos calor, pero no nos engañemos, la pauta que dominará el futuro es la que acabamos de experimentar, la que aún estamos sufriendo.

La "civilización de los derechos"

"No nos engañemos", pero ¿qué digo?, si lo que una gran parte de la humanidad ha estado haciendo, y continuará haciendo hasta que no haya más remedio, es cerrar los ojos ante evidencias cada vez más notorias. Todos hemos visto este verano imágenes de miles de personas aglomeradas en aeropuertos, estaciones de tren o lugares de veraneo que, al ser entrevistadas, clamaban furiosamente reivindicativas: "¡Ya teníamos ganas! Nos merecemos disfrutar después de lo que hemos pasado".

Es la "civilización de los derechos", ajena cada vez más a "los deberes". Sé que el que sea así no es sino consecuencia de la larga lucha de la humanidad por librarse de tiranías, por ganar derechos que deberían ser inalienables. Una lucha, por supuesto, aún no terminada, pero que no puede ser absoluta: tenemos deberes con los demás, con los más desfavorecidos, con las generaciones futuras y con la herencia medioambiental y de biodiversidad que deberían recibir.

Energías alternativas

La humanidad tiene ante sí un gran reto. En las sociedades más pujantes –y España, no obstante sus limitaciones, forma parte de ese grupo–, esto significa no solo desarrollar apartados como las energías alternativas o promover la reducción del consumo, sino también actuaciones de más rápida y fácil implantación, del tipo de, por ejemplo, facilitar la ampliación del reciclaje de residuos sólidos, gestionar ya, sin tantas dilaciones, la utilización adecuada del agua, no sólo controlando los regadíos, sino incluso prohibiendo el llenado de piscinas privadas.

Vista aérea de los Andes. Con el calor extremo han desaparecido los mantos protectores de las cimas de las montaña, lo que provoca que se derritan más rápido los glaciares. Foto: NASA/Landsat

Vista aérea de los Andes. Con el calor extremo han desaparecido los mantos protectores de las cimas de las montaña, lo que provoca que se derritan más rápido los glaciares. Foto: NASA/Landsat

Otro ejemplo: como los incendios forestales, espontáneos o provocados, continuarán, es necesario que las localidades de entornos rurales tomen medidas para limpiar los bosques que les corresponden. No estaría mal, por otra parte, que los ministerios correspondientes siguieran el ejemplo del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, que planea plantar mil millones de árboles durante la próxima década para recuperar millones de hectáreas de bosques devastados por incendios en el oeste estadounidense. Los bosques, recordemos, son fuentes de oxígeno, proveedores de recursos y un poderoso instrumento para luchar contra el cambio climático. "El mejor momento para plantar un árbol –dice un viejo proverbio chino– fue hace veinte años, pero el segundo mejor momento es ahora".

El problema, por supuesto, es global, pero no podemos escondernos en esa globalidad, especialmente en esta dura etapa condicionada por la invasión rusa de Ucrania, que obligará a algunos países centroeuropeos a incrementar la utilización de ese generador de dióxido de carbono –un gas de efecto invernadero– que es el carbón. La invasión de Ucrania, al igual que –aunque su dimensión ética sea muy diferente– el ciego consumismo que caracteriza a la humanidad, nos enfrenta a una cuestión crucial, la de la naturaleza de nuestra especie, Homo sapiens.

¿Naturaleza frente a cultura?

Capaz de producir obras inimaginables para los primeros Homo, nuestra especie tiene también en su bagaje histórico atrocidades estremecedoras. Podemos comprender esa terrible dualidad, pues al fin y al cabo hemos llegado a ser lo que somos combinando el egoísmo con el altruismo. (No ha sido fácil el camino que nos ha traído al presente en un viaje de varios cientos de miles de años.) Y ambos rasgos perviven en nuestra naturaleza, la vieja disyuntiva: naturaleza frente a cultura. Una naturaleza que se muestra también en ese mandato bíblico que se ha convertido en maldición (Génesis 1:28): "Creced y multiplicaos, y llenad la tierra". Pero al llenar la tierra, ¿qué espacio queda para otras especies? Y, ¿puede el planeta no sufrir satisfaciendo a todos?

Decía al principio que sabíamos que el cambio climático estaba en marcha, y cuáles serían sus consecuencias. Lo habían advertido miles de científicos; lo podíamos haber leído en innumerables publicaciones, de carácter técnico o generalista. Pero, ¿han tenido consecuencias esas advertencias y pronósticos? Se podría construir una variante del clásico cuento de Pedro y el lobo. Ahora los científicos serían como el pastorcillo que –en su caso para divertirse– va diciendo "¡Que viene el lobo!".

Punto de no retorno

En el cuento todos le creen, pero el lobo no llega porque no existe y cuando al final llega, nadie le cree. En la variante que propongo los científicos habían estado gritando: "¡Qué viene el cambio climático!", y o no les creían o, simplemente los ignoraban, o se celebraban reuniones internacionales que conducían a muy poca cosa. Ahora dicen: "¡El cambio climático ya está aquí!", y muchos ya les creen… pero es tarde, se ha superado el punto de no retorno.

Solo queda adaptarse y tratar de aliviarlo. Una lección que se puede extraer de todo esto es que la gran mayoría de la humanidad valora la ciencia, sí, pero lo que más le atrae de ella son cosas como las espectaculares imágenes que produce el telescopio espacial James Webb, y especialmente las poderosas aplicaciones que genera, a la cabeza ahora internet, las plataformas y dispositivos móviles de comunicación e información. Pero la ciencia es, por encima de todo, un modo racional de entender el mundo y tomar medidas para enfrentarse a él.

En manos del Metaverso

Está de moda hablar del Metaverso, un espacio digital tridimensional que abre la posibilidad de sumergirse en un mundo virtual, de vivir una "cibervida". Si el futuro se muestra complicado, desagradable para vivirlo, mejor refugiarse en una cibervida que puede adecuarse al gusto propio.

Admiro a Albert Einstein, al estudio de cuya obra y vida he dedicado no pocos esfuerzos, pero no puedo aceptar algo que dijo en 1918 y que hoy casi podría convertirse en un manifiesto en defensa del metaverso: "Creo, junto a Schopenhauer, que una de las más fuertes motivaciones de los hombres para entregarse al arte y a la ciencia es el ansia de huir de la vida de cada día, con su dolorosa crudeza y su horrible monotonía". Prefiero aquellos versos de Gabriel Celaya: "Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse".

Y hoy, al igual que los mañanas futuros, "mancharse las manos" es renunciar a todo aquello que agravará el cambio climático que ya está con nosotros.

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