Asteroides: ¿principio y fin de la vida?
Origen y composición de estos cuerpos ante la XII Semana de la Ciencia
El asteroide Lutetia, de 130 kilómetros de longitud. Foto: ESA
Los Asteroides han marcado la evolución de nuestro planeta. Algunos, como Lutetia, podrían darnos las claves del origen del Sistema Solar. A punto de comenzar la XII Semana de la Ciencia, el próximo lunes, el profesor Francisco Anguita, autor de Biografía de la Tierra, analiza las dos caras de estos cuerpos y recorre algunos de los proyectos que los estudian.
Construir un planeta es una tarea delicada. Difícil sería edificar un castillo de naipes junto a una taladradora funcionando a pleno ritmo, y por eso no hay un planeta entre Marte y Júpiter: los tirones gravitacionales del planeta gigante arruinaron los esfuerzos de los pequeños cuerpos existentes en aquella zona por organizarse en uno mayor. Así se originó el cinturón de asteroides, un lugar mítico de la Sci-Fi de aventuras, y también de las primeras exploraciones del Sistema Solar. La NASA no lanzó hacia Júpiter la sonda Pioneer 11 hasta que su gemela Pioneer 10 no cruzó sana y salva el cinturón, demostrando que éste no era un campo de minas espacial como en las aventuras de Buck Rogers.Corría 1973, y comenzaba la aventura del Sistema Solar exterior, llena de sorpresas como todas las exploraciones. Una de ellas fue comprobar que no sólo la Luna había sido sometida a un duro bombardeo, aún visible en sus oscuras cuencas circulares, sino que todo el sistema estaba regado de decenas de miles de cráteres de impacto. De pronto, los asteroides eran importantes, ahora como proyectiles. ¿Qué había sucedido, exactamente? Las últimas simulaciones del Sistema Solar inicial que obtienen los superordenadores sugieren que Júpiter y Saturno realizaron una corta invasión hasta la órbita de Marte, el equivalente planetario de una incursión de castigo.
Dadas las enormes masas de los invasores, esta expedición fue más que suficiente para desestabilizar por completo el gran depósito de cuerpos menores. De cada mil asteroides iniciales, 999 fueron expulsados de sus órbitas y convertidos en bombas volantes a la deriva por todo el Sistema Solar. Sin esta labor de limpieza, la nube de asteroides sería tan densa que los viajes más allá de Marte serían difíciles, tal vez imposibles.
Al chocar contra la Tierra, algunos de estos intrusos-refugiados trajeron valiosos presentes, como agua y aminoácidos, ingredientes que pudieron ayudar a que la vida surgiese en nuestro planeta. Otro, tardío, causó hace 65 millones de años una extinción masiva que, al exterminar al grupo reptiliano dominante, ayudó a la entrada en escena de los mamíferos.
¿Qué hacer si llega el peligro?
Ahora, la especie dominante descendiente de éstos ha tomado conciencia de que la colisión que le permitió controlar el planeta podría repetirse. La NASA ha actualizado su censo de asteroides potencialmente peligrosos: cuenta 4.700. Pero en la letra pequeña leemos que esta alarmante cifra resulta de extrapolar sólo 107 cuerpos localizados realmente. ¿Está gritando la agencia espacial ‘¡Que viene el lobo!' para conseguir más financiación? Tal vez, pero, ¿y si tuviese razón? ¿Qué hacer si el peligro se concreta?En la página del Centro Goddard de NASA se lee que la detección de un asteroide en rumbo de colisión con la Tierra sería "un gran acontecimiento unificador", puesto que requeriría la colaboración de todas las naciones de la Tierra. Una predicción harto discutible, ya que el Cambio Climático Global es como un asteroide interno que no está consiguiendo la menor unificación; en todo caso, si fuese así, bienvenido el asteroide.
Supone también Goddard que tendremos tiempo sobrado para preparar un contraataque. Teniendo en cuenta que hay tres grupos (dos en centros de la NASA y otro en la Universidad de Arizona) dedicados a la detección temprana de cuerpos menores en órbitas inquietantes, esta suposición parece correcta. Si la amenaza se hace real, habría tiempo de lanzar una nave capaz, en teoría, de neutralizar el peligro.
La solución preferida en principio (y seguida por Hollywood en sus filmes Armageddon y Deep Impact, de 1998), destruir el invasor mediante explosivos químicos o nucleares, se ha descartado porque podría generar un riesgo aún mayor: convertir el asteroide en una lluvia de fragmentos de trayectorias impredecibles. Tanto más cuanto que muchos asteroides (Itokawa es el modelo) son cuerpos fragmentarios, con evidente tendencia a atomizarse. Por ello, la solución explosiva ha sido relevada por otra consistente en desviar el asteroide, algo en teoría posible incluso con sondas de bajo empuje. Los diseños existen ya, y alguno podría probarse en esta década.
En los planes actuales estas naves no irían tripuladas. ¿Qué sentido tiene entonces el anuncio de la NASA de que va a comenzar un programa para entrenar a astronautas con el fin de que aterricen en asteroides? En la nota de prensa se lee que se trata de adquirir la capacidad de "explorar su superficie, buscar minerales, o descubrir cómo destruirlos, en caso de que supusieran una amenaza para la Tierra". Esta mezcolanza de objetivos recuerda bastante al Proyecto Apolo, que vistió apresuradamente de ciencia un programa de prestigio nacional. Ahora no hay ninguna carrera espacial declarada, pero no existe gobierno al que no le encante pasear la bandera.
Hay que decir que, por varias razones, el proyecto es descabellado. En primer lugar, porque parece volver a la descartada filosofía de destruir el asteroide. En segundo término, porque un viaje tripulado de un año (duración estimada de la misión) en el espacio exterior requiere una inversión gigantesca, que ni siquiera se ha movilizado por un objetivo más concreto, como es la exploración de Marte. En tercer lugar, porque la búsqueda de minerales nos retrotrae a un viejo sueño (o pesadilla) de la ciencia-ficción: industrializar el espacio, algo afortunadamente fuera de nuestro alcance actual y previsible.
En su obra cumbre (Cosmos, 1980), Carl Sagan nos advirtió de que, a largo plazo, la supervivencia de una civilización tecnológica dependería de su capacidad de defenderse de los asteroides. Pero han pasado tres décadas, y ahora estos vagabundos ya no son sólo asesinos espaciales capaces de alterar la evolución de una biosfera. Sus nuevos papeles como mensajeros de vida y depositarios de los archivos secretos de la infancia del Sistema Solar han cambiado nuestra visión. La facilidad con la que Gaspra, Ida, Mathilde, Eros, Itokawa, Lutetia, Apophis o Vesta se han dejado visitar nos permite una actitud positiva, la que debemos tener ante unos nuevos vecinos: no verles como amenazas, sino como fuentes de nueva sabiduría.