Perico Delgado celebra su victoria en el Tour del 88 en los Campos Elíseos. Foto: Pedro Delgado

Perico Delgado celebra su victoria en el Tour del 88 en los Campos Elíseos. Foto: Pedro Delgado

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La xenofobia contra los ciclistas españoles en el Tour de Francia: así lo recuerda Perico Delgado

Codazos, animadversión y acusaciones infundadas... Como recuerda el corredor segoviano en 'La soledad de Perico', ese era el pan de cada día para él y sus compañeros de equipo en la 'grande boucle'

23 mayo, 2023 01:29

Un demarraje de Pedro Delgado es, para mí, una explosiva magdalena proustiana. He vuelto a buscar alguno en Youtube al hilo de la lectura de La soledad de Perico (Espasa), de Ainara Hernando. ¡Y boom! Un estallido de emoción nostálgica en el pecho. Aquellos 80... Los días de las etapas de montaña de la Vuelta ya íbamos al colegio nerviosos. Sabiendo que, mientras estábamos en clase, el corredor segoviano y su equipo navarro, el Reynolds, estaban ejecutando la estrategia para que, en los puertos finales, Perico metiera el piñón de 23 dientes y dejara a sus rivales clavados en el asfalto.

Mientras el profesor explicaba cualquier cosa instrascendente para nosotros —qué más nos daba la civilización egipcia si Perico se estaba jugando la Vuelta—, conjeturábamos sobre el desarrollo de la carrera. Mi compañero Miguel, al otro lado de la mesa, decía (la frase la tengo grabada hasta hoy): “Ahora tiene que estar Abelardo Rondón [gran escalador y escudero colombiano de Perico en el Reynolds] tirando fuerte”. Era el preludio del espectáculo, que degustaríamos, ya frente a la pantalla, tras correr a casa para poner TVE.

Porque Perico, la verdad sea dicha, siempre fue un show, pura electricidad. En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. Por eso, la afición lo quiso siempre. Con ella forjó un matrimonio imperecedero y masivo que sigue vigente hasta hoy. Tenía agallas y carisma. Un punto de chulería castiza y otro de locura quijotesca. No se callaba cuando algo le molestaba (su pulso con Supergarcía fue antológico) y lo suyo era ir al ataque, subiendo rampas y también bajándolas. Hacía pues vibrar al personal, que, gustoso, renunciaba a las siestas para ver sus andanzas en la carretera. Campeó además en los Campos Elíseos cuando el deporte español, todavía, estaba bastante ayuno de triunfos de internacionales. Gasol, Nadal, Alonso y los demás estaban por venir. También Indu, el rodillo de Villava. Pero creo que Perico suscita corrientes de simpatía más intensas que ellos. Es, admito, una impresión subjetiva que no se puede certificar, que hay que pasar por el filtro generacional y que, por supuesto, ha de someterse a debate. Quizá estéril, pero ahí lo dejo.

Ya se había publicado algún libro más sobre Perico, como A golpe de pedal (Aguilar), de Julián Redondo, que compilaba un rico anecdotario en torno al campeón. Hernando, periodista especializada en ciclismo, que colabora con La Razón y Onda Cero, ha optado —a instancias del propio Perico— por un enfoque introspectivo que resulta muy jugoso. En cierto modo, lo que ‘transcribe’ es el flujo reflexivo (stream of conciousness, que dicen en la literatura anglosajona). De ese modo, nos adentramos en su psique en tiempo presente durante los momentos culminantes de su carrera. Asistimos a la maduración de sus dilemas entretanto pedalea. Como en el Tour del 83, su bautismo en Francia. En las primeras etapas llanas, con los belgas y neerlandeses estirando el grupo con velocidades superiores a los 50 kilómetros por hora, pensaba que iba morir. Le costaba incluso no descolgarse, la peor humillación posible.

La grande boucle, en la que solo se habían subido a lo más alto del podio dos compatriotas, Federico Martín Bahamontes (1959) y Luis Ocaña (1973), era para nuestros ciclistas “una matahombres”. Así se la definió Alberto Fernández a Perico cuando este le dijo que iba a personarse en la edición de 1983. Los veteranos como Fernández no querían oír hablar de cruzar los Pirineos.

Ángel Arroyo, que tenía mucha guasa, comentaba en los coloquios previos al desembarco:

-Pues a mí me han dicho que allí, cuando paras a mear, ¡te dan con el manillar en el culo!

En realidad, te daban con todo. Nadie quería quedarse atrás. Se rodaba a saco. Codazos por doquier. Cuando llegan al pavés, Perico cree que sus muñecas no resistirán los golpes del manillar. Al derrumbarse en el hotel, tras completar el recorrido, le duelen todos los músculos y los huesos del cuerpo. ¿Pero adónde hemos venido? ¿Qué locura es esta?, se pregunta con ganas de volver corriendo bajo las faldas de su madre. Sin embargo, con los días, los muchachos del Reynolds se endurecieron. Perico se fue encontrando cada vez más fuerte. Llegó a ponerse segundo en la general. Pero le faltó confianza para soltar los hachazos que le harían célebre en la montaña. Se vino con un excedente de energía. Por eso dice que aquel fue el primer Tour que debió ganar, ¡en su debut!

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Aquellos días de novato, Perico probó el racismo que le prodigaban sus 'colegas'. Constató como los corredores franceses y, sobre todo, belgas y neerlandeses lo miraban por encima del hombro, como a un polizón en una nave que les pertenecía a ellos. “Nos meten los codos, nos gritan que nos apartemos, que molestamos y que provocamos las caídas. Cuando se producen, la culpa es nuestra, aunque estemos en la otra punta del pelotón. Nuestra y de los colombianos. Se puede palpar la hostilidad hacia los españoles. No nos ven de la misma casta. Para ellos somos ciclistas de segunda. Marginados por completo. Con miradas de desprecio que parecen decirnos: ‘Idos a casa’”.

Es algo que percibió durante muchos años, incluso cuando su nombre ya había alcanzado un prestigio y se tomaba la molestia de responder a los periodistas franceses en su propia lengua, detalle revelador de la ambición intelectual de Perico, voraz lector (en la maleta para el Tour siempre colaba tres novelas) desde que una hepatitis lo dejó, siendo un crío, postrado durante meses en la cama. Esta animadversión también la masticó en el Tour del 88, cuando a pocas etapas de presentarse en París con el maillot amarilllo, saltó el caso de su misterioso positivo.

Por esta manera de bajar, a tumba abierta, a Perico los franceses le empezaron a llamar 'El loco de los Pirineos'. Foto: Archivo Pedro Delgado

Por esta manera de bajar, a tumba abierta, a Perico los franceses le empezaron a llamar 'El loco de los Pirineos'. Foto: Archivo Pedro Delgado

En la rueda de prensa que se vio obligado a dar por el escándalo, notaba en los plumillas de las tres nacionalidades mencionadas que le estaban “juzgando”, aparte de un profundo desdén: “¿Qué haces aquí? No te queremos. Fuera del Tour”. Es lo que proyectaban sus miradas. Aquel presunto dopaje por la ingesta de un diurético quedó pronto desmantelado por la justicia deportiva: no había base según la normativa vigente. Perico, extasiado, acabó escuchando el himno nacional bajo el Arco del Triunfo.

Atrás quedaban los malos recuerdos, las frustraciones previas y los traumas. En el 85, se fracturó la clavícula bajando el col de Joux-Plane. En el 86, se retiró por la muerte de su madre. En primera instancia, decidió correr al día siguiente de que su hermana le comunicara por teléfono la noticia. Quería brindarle la victoria de etapa en la cima del mítico Alpe d’Huez, pero su determinación, a medida que avanzaban los kilómetros, se desmoronó. Perico, que la noche anterior se había ‘dopado’ para dormir, pedaleaba como ido. Su cabeza viajaba a un sinfín de momentos de la infancia bajo el ala protectora de ella en el humilde barrio segoviano de Pío XII. La tristeza le empujó a poner pie en tierra. Arrasado por las lágrimas, se montó al coche del equipo.

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Es uno de los cénit emocionales del libro, cuya estructura, hábilmente engarzada, semeja el perfil de una etapa alpina o pirenaica: la gloria (ese Tour del 88 y las dos Vueltas conquistadas en el 85 y el 89) se alterna con los hundimientos y las grandes cagadas. Entre estas últimas, ya saben cuál es la más célebre: el retraso en la salida de la crono de Luxemburgo. 2 minutos y 40 segundos regalados a sus rivales. “Cómo puedes ser tan tonto”, se fustigaba durante una noche eterna, atormentado por la culpa, sin poder pegar ojo.

Años después, cuando la ‘tragedia’ ya no escocía, bromeaba diciendo que esa tarde le habían abducido los marcianos. En La soledad de Perico, sin embargo, le imputa parte del despiste a un reloj de muñeca costumizado de Reynolds en el que era difícil distinguir las manecillas del minutero de las de los segundos y las horas. Fue, en cualquier caso, un desastre monumental. Que al día siguiente se agravaría con un pésimo rendimiento en la crontrarreloj por equipos, donde lastró a un equipo en el que Indurain ya iba como un tiro. Fignon, oliendo la debilidad, aprovechaba para mortificarlo aún más:

-Eh, Perico, ¿todavía en la carrera? Yo en tu lugar me iría a casa.

Siempre fue muy majete messiez Fignon.

José María García tampoco lo tenía en gran estima. Tuvieron una enganchada en el 85, cuando Perico atacó en Panticosa a su compañero Peio Ruiz Cabestany, que iba líder. Perico ofrece justificaciones: tenía la aquiescencia tanto de Peio, que no iba sobrado, como de su director, Txomin Perurena. Supergarcía, desconocedor del intríngulis de aquel demarraje según el corredor, se lo recriminó. Y Delgado no se cortó, a pesar de la influencia casi omnímoda del periodista entonces: “A ver, José María, que tú sabrás mucho de periodismo, pero de ciclismo déjame a mí, que creo que sé más que tú”.

Luego vino lo de tildarle de antiespañol por no correr la Vuelta para preparar el Tour. Y lo del rechazo de Perico a comentar esa edición que dejó en barbecho en los micrófonos de Antena 3 para hacerlo en los de La Ser, los del archienemigo José Ramón de la Morena. Al final, enterraron el hacha de guerra pero Perico jamás le ha perdonado que faltara a su padre y su mujer en los momentos de mayor tensión.

La afición estaba de parte del corredor, claro. Hernando, que se recrea en esta querella, rememora cuando un seguidor, al final de una etapa en los Lagos de Covadonga, le espetó a García:

-Butano, ¡no te metas con Perico, que eres un hijo de puta!

García, que iba montado en la moto con el tabardo naranja que le valió el mote gasístico, respondía en los mismos términos cerriles:

-Hijo de puta, ¡tu padre! ¡Me cago en tu madre!

El aficionado, saltando por la maleza para atajar la curva del puerto, se lanzó a por él y casi lo trincó del abrigo. García, sobresaltado, azuzaba a su conductor mientras le presentaba en la cara al agresivo espontáneo una peineta. Perico lo veía todo desde la ventanilla del coche en el que bajaba al hotel, sin ocultar una mueca sonriente por la escena bufa. El encono entre ambos, dos gigantes del ecosistema deportivo español de los 80, era visceral. García hoy suscita opiniones encontradas (lo cual no es un desdoro para un periodista 'opinativo' como él, faltaría más). Perico, en cambio, sigue gozando de una adhesión casi (siempre hay algún odiador en este país) unánime. Hoy hasta los franceses le quieren. ¿Y los neerlandeses y los belgas también? Ahí ya no pongo la mano en el fuego.

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