Una escena de 'La última noche con mi hermano'. Foto: Bárbara Sánchez Palomero

Una escena de 'La última noche con mi hermano'. Foto: Bárbara Sánchez Palomero

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'La última noche con mi hermano', emotivo y largo drama de Sanzol

El director del Centro Dramático Nacional alza en el Teatro María Guerrero un montaje sobre la enfermedad y las relaciones entre hermanos.

Más información: Alberto Conejero y sus 'Tres noches en Ítaca': una tragicomedia sobre las relaciones maternofiliales

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Quizá porque esperamos que Alfredo Sanzol nos deleite con su ingenio para la comedia, nos quiebra un poco la ilusión que su último montaje sea un drama, La última noche con mi hermano, que acaba de escribir y dirigir en el María Guerrero. Avisados quedan los lectores, esta pieza va de hermanos, de unos que se enfrentan por cuestiones ideológicas mientras otros estrechan aún más su querencia fraternal cuando la parca atenaza con separarlos para siempre.

La última noche con mi hermano orbita en torno a dos temas: por un lado, nos habla de la tragedia de Nagore (Nuria Mencía) a la que acaban de detectarle un cáncer. La enfermedad no se elige y en este caso difícilmente tiene remedio, su metástasis es avanzada. El asunto ha sido abordado repetidas veces en el teatro (y también en el cine); Peris-Mencheta lo toca en Constelaciones estos días en el Teatro Valle-Inclán y me viene el recuerdo de Wit con Rosa María Sardá haciendo frente a un cáncer terminal con su ironía negrísima.

Nagore entra en escena cuando sube el telón y se dirige al público para decirnos que está muerta y que lo que viene a continuación es "teatro de difuntos, hecho para dar ánimo a los vivos". La frase es ocurrente, pero poca acción veremos en las dos horas y media que nos aguardan y a las que una merma sería de agradecer.

La prolongación dramática de la tragedia de Nagore nos lleva al impacto que su enfermedad va a tener en sus seres queridos, especialmente en su hermano Alberto (Jesús Noguero), al que está muy unida y del que recibirá el amor y el cuidado que cabe esperar.

Auguro que la actuación de Mencía —que nos muestra la evolución del deterioro físico de la enfermedad— va a ser candidata a todos los premios y galardones que estén por venir. Sanzol le ha escrito un personaje que funciona como alter ego femenino suyo y que me resultó familiar hasta que recordé La respiración, una comedia que el autor estrenó en 2016 y que la actriz protagonizó haciendo otro trasunto femenino de Sanzol que curiosamente también se llamaba Nagore.

Aquella Nagore pasaba por un estado anímico depresivo, entonces tras una separación de pareja, y echaba mano de guiños tragicómicos y humorísticos como ocurre aquí, donde también se muestra directa y clara en su forma de expresarse y con ese combativo temperamento que tópicamente se atribuye a los navarros; además, en este drama es abogada laboralista y simpatizante de los abertzales, lo que le permite perorar a su favor en algún momento.

A los buenos hermanos Nagore y Alberto se les enfrenta la pareja de hermanos antagonistas, representados por Ainhoa (Elisabet Gelabert) y Claudio (Cristóbal Suárez), que llevan sin hablarse desde hace años.

Hay una deliberada intención del autor de mantener el suspense sobre la causa que les separó, por lo que no voy a desvelarla, pero es fácil presumir por dónde van a ir los tiros. Ainhoa es la mujer de Alberto y madre de dos chavales (Naia y Oier) que añaden una tercera pareja de hermanos, también muy diferentes entre sí, pero todos concernidos en el cuidado de la enferma Nagore.

El elenco que acompaña a Mencía es sobresaliente: Elisabet Gelabert, es una actriz fabulosa de gran verosimilitud; no le van a la zaga ni Jesús Noguero, que tiene momentos estupendos como cuando hace de borracho para satisfacer a su hermana, ni Cristóbal Suárez en el personaje de oncólogo. Los adolescentes Biel Montoro y Ariadna Llovet cumplen. Aplauso para el vestuario de Vanessa Actif, magnífica la colección de jerséis que visten.

Larga y previsible, la obra transmite el espíritu optimista y de amor a la vida presente en las comedias de Sanzol. Drama, pero trufado con escenas tragicómicas que es el género que mejor escribe el autor. Lo novedoso es desde luego el tema del amor fraternal, asunto al que se han consagrado feroces fábulas desde la Antigüedad como la de Caín y Abel del Génesis o la de Etéocles y Polinices de la dinastía tebana.

Aunque en la obra no lo observamos, sí me llama la atención que en el programa de mano Sanzol confunda el amor entre hermanos con la idea de "fraternidad" del ideario republicano francés. La fraternidad es lo que Aristóteles llama "amistad cívica" y con la que se refería al vínculo que nos une como miembros de una comunidad política y que evita la discordia. Sin embargo, "los hermanos se aman entre sí porque la naturaleza ha querido que nacieran de los mismos padres", decía el filósofo griego, y es un amor visceral que puede degenerar si ellos no son virtuosos.

La última noche con mi hermano

Teatro María Guerrero, hasta el 5 de abril

Texto y dirección: Alfredo Sanzol
Reparto: Elisabet Gelabert (Ainhoa Iturbe Sáez y Rosa La Curandera), Ariadna Llobet (Nahia Oyarbide Montero y Vecina), Nuria Mencía (Nagore Oyarbide Sola), Biel Montoro (Oier Miró Iturbe), Jesús Noguero (Alberto Oyarbide Sola) y Cristóbal Suárez (Claudio Iturbe Sáez)
Escenografía: Blanca Añón
Iluminación: Pedro Yagüe
Vestuario: Vanessa Actif
Música: Fernando Velázquez
Sonido: Sandra Vicente
Movimiento: Amaya Galeote
Caracterización: Chema Noci
Producción: Centro Dramático Nacional