Vista de la exposición de Moisès Villèlia. Foto: Museo Patio Herreriano

Vista de la exposición de Moisès Villèlia. Foto: Museo Patio Herreriano

Arte

Moisès Villèlia, un bosque de esculturas donde el arte es naturaleza

El Museo Patio Herreriano presenta la exquisita obra de un escultor desconocido que innovó con materiales vegetales como la caña y una escultura cinética sin parangón.

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El arte moderno es característicamente dramático, enfático y monumental. Son calificativos que cuadran bien a sus nombres más ilustres. Desde luego a Picasso, a Pollock o a Serra, por ejemplo. Sin embargo, podemos también imaginar el envés de este canon, donde encontramos a Paul Klee, a Sophie Taeuber-Arp, a Calder o a Morandi. Nombres igualmente importantes e indiscutiblemente “modernos”, a los que sin embargo podemos asociar más bien términos como ironía, levedad y silencio.

Moisès Villèlia. La promesa de Villèlia

Museo Patio Herreriano. Valladolid. Comisario: Javier Hontoria. Hasta el 7 de junio

Moisès Villèlia (Barcelona, 1928 - 1994) pertenece por derecho propio a este segundo grupo, ocupando incluso, si se quiere, el lugar más extremo en cuanto a fragilidad y buen humor. A ello hay que añadirle algunas notas propias, como es la utilización de materiales naturales hasta ese momento inéditos en el ámbito artístico, la apertura a culturas distantes o el manejo de recursos técnicos de raigambre artesanal, como el tejido.

Todo ello, ya lo estará pensando el sagaz lector o la informada lectora, le convierten en un audaz precedente de los rumbos que medio siglo después ha emprendido el arte. Por si esto fuera poco para argumentar el interés de la exposición, señalo dos asuntos más: desde 1999, que expuso en el IVAM, no le había dedicado una muestra a Villèlia ninguna institución. Y por último y sin embargo lo primero, esta exposición es una preciosa experiencia estética, que uno recorre con la sonrisa en los labios.

Hijo de un ebanista, la Guerra Civil truncó su formación, que se vio reducida a las enseñanzas del taller de su padre. Apasionado también desde muy joven por la poesía e influido por la estética oriental, sin embargo, se decantó por la plástica. Amigo del poeta Rabasseda y del crítico Cirici Pellicer, celebró su primera exposición individual en 1954 en el Museo Municipal de Mataró.

Allí le descubrió Joan Brossa, con quien en adelante mantuvo una estrecha amistad, que le introdujo en el círculo de Dau al set y le presentó al coleccionista Joan Prats. Ya entonces realizaba esculturas filiformes, no figurativas, empleando materiales tan poco convencionales como tallos de cebolla o corcho. En 1957 añadió a sus esculturas hilo, alambre y botones, para realizar una escultura desmaterializada, basada en el dibujo espacial. Seguía así la estela de nombres como Ángel Ferrant, Julio González, Alberto Sánchez o el constructivismo ruso de Naum Gabo.

Vista de la exposición. Foto: Museo Patio Herreriano

Vista de la exposición. Foto: Museo Patio Herreriano

En 1958 expuso por primera vez, en la Sala Gaspar, cañas perforadas, algunas organizadas como móviles. Recién casado con la pintora Magda Bolumar, en 1960 se adhirió al grupo de Fomento de las Artes decorativas y así surgieron sus primeros trabajos en colaboración con arquitectos e ingenieros y la utilización de materiales nuevos, como el hormigón y el fibrocemento. Con ellos diseñó varios jardines en Cataluña, como el Jardín Pros y luego, en París, el jardín interior de la galería René Metrás. En 1967 Viajó a París gracias a una beca del Instituto Francés, donde empezó a realizar sus bellísimas composiciones con papel taladrado. Entre 1967 y 1972 residió en Argentina (donde vivía su hermano) y luego en Ecuador.

El descubrimiento de ciertas variedades locales de bambú gigante le permitiría realizar esculturas de grandes dimensiones. A su regreso, se instaló en Molló. Empezó a utilizar madera de sauce, abundante en la zona y realizó obras con ecos figurativos y surrealistas. A través de Joan Prats había conocido a numerosos artistas, entre ellos Miró y Matisse, y también había expuesto en importantes galerías extranjeras. Quiero decir con esto que a pesar de su trayectoria excéntrica, Villélia gozó siempre de un amplio reconocimiento.

En 1983 la Fundación Joan Miró de Barcelona le dedicó una exposición retrospectiva y en 1992, el Pabellón de Cataluña de la Exposición Universal de Sevilla, presentó una extraordinaria colección de sus móviles. En 1989 escribió una obra teatral, El Artista, que podemos considerar su testamento artístico. Para entonces, lo que en 1958 denominó en un hermoso texto Ángel Ferrant “La promesa de Villèlia”, se había cumplido con creces.

Lo peculiar de sus esculturas es su “pobreza” material y la falta de pretensiones, así como una exploración de la escultura cinética sin parangón en el arte español. Su material característico, el bambú, es de resonancias orientales, y sin embargo él empezó utilizando cañas del Maresme y descubrió todas sus posibilidades en Ecuador. Con esos mimbres nuestro artista compuso una obra original, que sin embargo creo que es verosímil relacionar con el humor burlón de Miró o el circense de Brossa, que fueron amigos suyos.

Vista de la exposición. Foto: Museo Patio Herreriano

Vista de la exposición. Foto: Museo Patio Herreriano

Y desde el punto de vista de los materiales, diría que se emparenta con una tradición catalana que valora lo frágil y lo desechado, como sucede con Leandre Cristófol o Antoni Llena. Más que esta genealogía un poco erudita, seguramente le interesa más a quien me esté leyendo, advertir que lo que fueron auténticas rarezas en el Villèlia de mediados del siglo XX, prefiguraban estéticas tan potentes como el Arte Povera, una década posterior, o el arte textil, convertido en tendencia artística sólo en el siglo XXI.

La muestra del Patio Herreriano recorre su trayectoria de principio a fin: desde su Homenaje a Blume de 1954 a las últimas grandes esculturas colgantes de la década de 1980, lo que permite conocer su evolución. Otra peculiaridad de la muestra es la posibilidad de ver unas cuantas obras en papel, muchas de ellas inéditas. Ocupa dos salas del museo, con un montaje que supongo difícil pero que se ha resuelto con acierto. Combinar móviles como insectos y pájaros con esculturas de suelo, de verticalidad arbórea, da como resultado un bosque en el que el arte es, de alguna forma, naturaleza por otros medios.