La compositora Unsuk Chin, Premio Fronteras del Conocimiento. Foto: Fundación BBVA
La música universal de Unsuk Chin
La compositora surcoreana recibirá esta semana el premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA por su "capacidad de transformar el sonido en un juego de ilusiones y metamorfosis".
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Cuando se anuncia música sinfónica escrita por un compositor de origen japonés, chino o coreano, mi oído se sitúa, quiera yo o no, en modo puente: voy a asistir a un ejercicio de conexión entre mundos.
Con solo oír el nombre de Toru Takemitsu, Toshio Hosokawa, Tan Dun o Isang Yun, todo mi aparato perceptor se configura para desatender otras curiosidades y fijarse en el ponteo: ¿Cómo abordará este compositor el contacto entre dos mundos tan lejanos? ¿Mirará a este desde aquel o a aquel desde este? ¿Buscará la fusión, los espacios comunes, o subrayará las distancias? ¿En qué nivel de profundidad? ¿Se fijará en el propósito de la creación de música, tan distinto en una y otra tradición, o explotará las diferencias exteriores, las riquezas de color y de matiz? ¿Se le oirá la fascinación exploradora propia del pionero o la melancolía del desterrado? ¿Reunirá ambas, tal vez? ¿Experimentará el desarraigo del emigrante (ya no soy de allí, pero tampoco termino de ser de aquí)?
Esta disposición mental viajera, centrada en la aproximación entre sitios, me ha llevado a disfrutar enormemente durante decenios de la delicadeza de Takemitsu; de la hondura de Hosokawa cuando mira, después de tanto, a su tierra natal; de la sorprendente levedad de Dun, que une tranquilamente los universos por arriba; y de la dura expresividad de Yun, que clava aquí un clavo ideado y fabricado allá lejos.
El caso de Unsuk Chin (Seúl, 1961), que recibirá esta semana el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, es distinto. Que haya nacido a la vida y a la música en Seúl, que haya madurado como compositora en Alemania y esté asentada en Berlín, que se haya formado con el húngaro György Ligeti y con un alumno coreano de Ysang Yun, son circunstancias que tienen su interés, pero no contribuyen a la razón de ser de su música, que no puede ser más pura, porque responde únicamente a la pulsión de oír y a la de expresar.
En Bilbao, en el concierto de premiados, se interpretará su Concierto para violonchelo y orquesta, que pone en escena la enésima versión de la dualidad solista-grupo con singular sentido de la confrontación dramática y evidente fascinación por el sonido en sí, al margen de pertenencias y culturas. La música de Chin nos hace desdeñar el juego de las identidades. Siguen existiendo si uno se empecina en buscarlas, pero ya no están en el centro, sino suenan diluidas en una globalidad estrictamente individual.
Su música es personal y, por eso mismo, universal. Lo que Chin lanza enérgica y certeramente a nuestro oído es la expresión musical de su persona, más que de ninguna de las colectividades que su biografía ha ido atravesando. Es el sonido de una del millón de globalidades posibles.
Unos días antes del concierto Fronteras, y con parecido efecto de individuación expresiva, la Fundación BBVA reunió en el madrileño Palacio del Marqués de Salamanca la música de los beneficiarios de sus becas Leonardo en torno a una obra de Salvatore Sciarrino, otro ilustre premio Fronteras. Las interpretaciones, magníficas, fueron obra del Plural Ensemble, cuyo director, Fabián Panisello, presentó el programa como un ejercicio de diversidad.
Después, mi oído sacó en conclusión (suponiendo que los oídos puedan concluir algo) que la tal diversidad era hija, a la vez que madre, del desinterés por la filiación. Estética, quiero decir. Más que de dónde vienes, interesa ahora quién eres. No es ya dime de quién eres, como en el villancico, sino solo quién, sin "de".
En seis obras oímos seis voces muy distintas, sin que sus posibles encuadramientos en estéticas o tendencias tuvieran especial relevancia, pero no fue una exhibición de relativismo sino de individuación. No es que dé igual una cosa que otra, sino que lo único que el oyente espera de cada obra es talento e impulso poético. Lo demás cada vez importa menos.
Oímos el sorprendente Trío núm. 2 de Sciarrino que, en realidad, es un dúo de violín y violonchelo. Ambos operan en el ultra agudo. Armónicos eternos, trinos en la azotea. El piano asiste expectante. De Raquel García-Tomás (Alice's Adventures in Wonderland) vimos la proyección de una película de dibujos con acompañamiento de piano en vivo y electrónica. Lo más interesante: las relaciones de parentesco entre ambos tipos de sonidos.
Nār de José María Sánchez-Verdú tiene lugar en los alrededores del silencio, donde los sonidos se aproximan mucho a nuestra sensibilidad y nos asombran con su capacidad de matización. Luego, Eneko Vadillo nos sacó de la lupa para ofrecernos las emociones macroscópicas de su Fibrillatio. Dramatismo espectral.
En su sonriente #5, Óscar Escudero juega, literalmente, con el movimiento y la recitación de los instrumentistas y con el timbre sorpresivo y la visualidad del piano preparado. Vasos de tubo, globos hinchados, mazas. El pianista teclea en la madera del piano y le explora los bajos. Comedia sonora. Finalmente, Israel López-Estelche nos dio en Remembering retazos de música. Lo interesante: su engarce en una especie de suite que suena clásica por la bonita pátina de intemporalidad que a este compositor le sale siempre del lápiz.