Schola Antiqua procesionando en las invocaciones iniciales del Oficio de difuntos de Victoria Foto: Sandra Polo

Schola Antiqua procesionando en las invocaciones iniciales del Oficio de difuntos de Victoria Foto: Sandra Polo

Qué raro es todo!

El que canta bien...

El festival Atrium Musicae de Cáceres volvió a reunir a músicos de talla internacional y convirtió de nuevo el atrio en puente entre tradición litúrgica y compromiso social.

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En el atrio, ese espacio porticado, mitad abierto, mitad cerrado, que vemos en tantas iglesias románicas, tuvo lugar, hace mil y pico años, el tránsito desde drama litúrgico al teatro profano. Allí renació el teatro europeo, otro milenio después del esplendor antiguo.

La música vivió una evolución parecida, desde lo sacro a lo secular, también en el atrio de las iglesias. El atrio fue el puente por el que el arte escénico medieval salió del templo para abrirse a otros espacios, cultos y populares.

Me hace pensar en otro puente, el que domina la escenografía del teatro noh japonés y permite el viaje, ida y vuelta, entre el espacio ultramundano y el terrenal.

Atrium Musicae, el atrio de la música, es el festival que, desde hace ya cuatro años, trae a Cáceres música de talla internacional. Lo promueve la Fundación Atrio Cáceres, la entidad filantrópica en la que Jose y Toño, los creadores del restaurante Atrio, depositan sus beneficios.

La fundación demuestra creer en la música como instrumento de transformación social: entre otras cosas, financia la contratación de profesores de música en todos los colegios de la provincia. Creen que eso es útil para el desarrollo de los niños y los músicos les agradecemos la confianza.

Es verdad que la música enriquece al que la recibe y que promueve la cohesión social, porque nos hace compartir emociones profundas. Y abstractas, sin moraleja, porque la música nos conmueve sin significar nada, lo que multiplica su utilidad. Pero no sirve cualquier música. La clave es la calidad.

San Agustín decía: "Qui bene cantat, bis orat", que suele traducirse como: "quien canta, reza dos veces", olvidando la palabra clave: "bene". Hay que cantar bien; si no, no vale. Por lo que pude ver de la cuarta edición de este festival, el gran Agustín de Hipona habría quedado satisfecho.

Empezando por el orar, oímos dos coros magníficos: el coro polifónico asturiano León de Oro, creado por Marco Antonio García de Paz, y la Schola Antiqua, que fundó el padre Laurentino Sáenz de Buruaga y dirige Juan Carlos Asensio, gregorianistas de garantía. Juntos, dieron una versión muy seria del Officium defunctorum de Tomás Luis de Victoria.

Luego, por separado, hicieron dos programas muy atractivos: El León preparó una especie de Victoria & friends, una mirada abierta al gran Tomás Luis que lo hacía convivir con compositores lejanos en el tiempo, pero próximos en la sustancia: Donati, Pärt, Rheinberger y Whitacre.

Por su parte, la Schola de Asensio exhibió virtuosismo sonoro y programador en unos maitines de fantasía en los que narraban cantando las mismas escenas marianas que estábamos viendo en el retablo de la Concatedral de Santa María.

Oraciones aparte, el pianista Javier Perianes dio un estupendo recital que puso a Falla en diálogo con Chopin y Albéniz. Recordaremos su versión de las Cuatro piezas españolas y de la albenicianas El Polo y Almería.

Otro gran virtuoso, el violonchelista italiano Mario Brunello, tocó las suites 1 y 3 de Bach y la Sonata 2 de Weinberg en el Museo Vostell, un lugar asombroso, que hace emanar el espíritu Fluxus del monumento natural de Los Barruecos.

En la estepa de Malpartida de Cáceres, entre rocas caballeras y nidos de cigüeña, un viejo lavadero de lanas acoge enormes piezas de arte conceptual en las que resuena la música de Bach.

Y un tercer virtuoso, el percusionista Juanjo Guillem, lideró en el Espacio de Creación Joven del Ayuntamiento de Cáceres una sesión muy singular.

Con su grupo Neopercusión y con la Banda Sinfónica de la Diputación Provincial, que dirige Antonio Luis Suárez, interpretó una versión propia de El hundimiento del Titanic, una partitura entre minimal y new age del británico Gavin Bryars.

Se trataba de vivir sonoramente, en oscuridad casi completa, la experiencia de los músicos tocando sin parar el himno Otoño en la cubierta del barco. Música hasta el final.