Fotograma de 'Bérenice'.

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Otras pantallas

Regresos a la Nouvelle Vague

Recientes incorporaciones en streaming a determinados catálogos on-line nos animan a regresar y repensar sobre aquella generación

24 abril, 2022 15:50

Puede resultar ciertamente anacrónico y demodé a estas alturas centrar nuestra mirada (o al menos el contenido de este post) en la Nouvelle Vague, esa generación de críticos/cineastas que pusieron el cine europeo patas arriba durante toda la década de los sesenta del siglo pasado. Solo uno de ellos sobrevive físicamente, Jean-Luc Godard, ya con 91 años de edad (y dos películas pendientes por hacer, según declaró en su última entrevista), si bien todos ellos sobreviven a través de sus obras, que en mayor o menor medida siguen ejerciendo una poderosa influencia en los cines de hoy, al menos de carácter icónico aunque también en las asilvestradas formas con las que "revisaron" y "pervirtieron" la historia del cine para inscribirse automáticamente en ella.

Digo que puede resultar anacrónico, pero recientes incorporaciones en streaming a determinados catálogos on-line nos animan a regresar y repensar sobre aquella generación, que cuando dio sus primerísimos pasos en el cine amateur lo hizo siempre en modo colaborativo (el grupo Rohmer, Godard, Rivette, Truffaut y Chabrol) y filmando en 16mm para poner a prueba sus ideas y la técnica antes de pasar al largometraje.

Eric Rohmer (1910—2010) vivió hasta los 89 años. Su primer largometraje, El signo de León (1962), lo estrenó con 42. Aunque empezó tarde a hacer películas (era el mayor de la Nouvelle Vague, apodado cariñosamente por sus compañeros Momo), tuvo tiempo de realizar alrededor de 50 títulos, incluyendo cortometrajes y piezas televisivas. Una filmografía esencial para entender la modernidad cinematográfica. El primero de ellos fue un cortometraje desaparecido, Journal d’un scélérat (1950), que escribió junto al protagonista, el novelista Paul Gégaff (guionista habitual de Chabrol), y que fue su primera colaboración con Jean-Luc Godard y Jacques Rivette.

Pero todo empezó en realidad con el cortometraje Bérenice (1984), que filmó en 16mm junto a Rivette y que él mismo protagonizó, en uno de los escasísimos papeles que interpretaría delante de la cámara. De los jóvenes turcos, tal y como dejó escrito Truffaut, Rohmer fue el que más magisterio alcanzó con el rodaje en 16mm, y Bérenice es una perfecta muestra de ello.

La película puede verse ahora en Filmin, que la ha sumado recientemente a su catálogo, y se trata de una adaptación realizada por el propio Rohmer de un cuento de Edgar Allan Poe. Más que una versión del cuento se trata de una perversión, en la que el futuro autor de La coleccionista y La rodilla de Clara ya apunta aquí algunas ideas (el fetichismo del coleccionista) que desarrollaría ampliamente en estas dos películas. En todo caso, desde el punto de vista formal y narrativo, el film nos revela una faceta extraña en la filmografía rohmeriana, pues con esta historia se adentra en los territorios del terror psicológico, en la obsesión de un hombre con la dentadura de su prima enferma, a través de un tratamiento atmosférico de horror barroco. El film, que se rodó en el palacete de André Bazin, padre de la crítica moderna y mentor de la Nouvelle Vague, es a todas luces un genuino precedente del estallido de libertades formales y narrativas que se produciría pocos años después con los nuevos cines.

Política de los autores

Aquella generación de cineastas franceses que puso en marcha la nueva ola francesa, con todas sus contradicciones y sus milagros, aún sigue deparando algunas sorpresas. Basta navegar por el catálogo siempre floreciente de la "salle Henri", la programación on-line gratuita de la Cinémathèque Française, para comprobarlo. Recientemente se ha producido un hito en este sentido: la recuperación de una película inédita de Chris Marker, de casi dos horas de duración.

Poco antes de que el enigmático cineasta falleciera el 29 de julio de 2012, envió una carta a Costa-Gavras, presidente de la filmoteca francesa, para que sus archivos (550 cajas de material de todo tipo) quedaran salvaguardados en la institución parisina. El legado del artista dio lugar a una extraordinaria exposición en 2018, Chris Marker, las siete vidas de un cineasta, y también al descubrimiento de Rush. Voyage à Moscou (1990).

En realidad son los brutos sin montar que rodó en Betacam de un viaje a Rusia en 1990, en compañía de Costa Gavras, Yves Montand y el español Jorge Semprún, que entonces era ministro de Cultura. Regresan todos ellos para mostrar el film La confesión (1970) en el país que vive el final de su perestroika, "el final del hombre rojo", como señalan. Marker registra los testimonios con su videocámara, poniendo a prueba una vez más su método etnográfico, que se puede apreciar mejor que nunca en este caso al tratarse de los materiales brutos, sin edición, de aquel viaje.

También se ha puesto gratuitamente a disposición del púbico en la plataforma de la cinemateca francesa una conversación con Henri Langlois, el fundador de la filmoteca y padre espiritual de la Nouvelle Vague, que no en vano da nombre a la sala virtual. En Conversation avec Henri Langlois, el gran programador dotado de genio crítico y amante del cine realmente visionario, explica en el Museo del Cine del Palais de Chaillot su visión de la historia del cine. La entrevista la realizaron Pierre-André Boutang y Yonnig Flot en 1975 y puede verse con subtítulos opcionales en inglés. Se trata de una verdadera clase magistral, donde Langlois recorre las grandes obras que han jalonado la historia del cine, y donde afirma, entre muchas otras revelaciones, que Jean Vigo fue el único cineasta que logró la fusión perfecta del cine mudo y el sonoro.

Langlois dedicó prácticamente toda su vida a conservar y difundir el arte cinematográfico, empezando por almacenar bobinas en la bañera de su casa hasta presidir una asociación global de archivos fílmicos. Su ambición pasaba por que la Cinemateca fuera "un centro en el que la gente entra como es y sale transformada". Sus novedosos y reflexivos criterios a la hora de programar cine –proyectando todas las películas de un director de estudios como Howard Hawks, por ejemplo–, estableció en los años cincuenta las bases para el desarrollo de la futura "política de los autores", aquella que alumbró el genio de la Nouvelle Vague.

Miguel Munárriz. Foto: Daniel Mordzinski

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