Walter Matthau y Jack Lemmon en 'Primera plana', dirigida por Billy Wilder.

Walter Matthau y Jack Lemmon en 'Primera plana', dirigida por Billy Wilder. Universal Pictures

Entreclásicos

Los caballeros de la prensa: de 'Luna nueva' a 'Primera plana'

La prensa cada vez es más sensacionalista y sesgada. La orientación ideológica prevalece sobre el compromiso con la verdad.

Muchos periodistas deforman sistemáticamente los hechos para conseguir un buen titular.

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Buscar la verdad debería ser el imperativo primordial de los periodistas, pero a Walter Burns, director de The Morning Post, no le interesa la verdad, sino atraer la atención masiva de los lectores. Interpretado sucesivamente por Cary Grant y Walter Matthau bajo la batuta de maestros como Howard Hawks y Billy Wilder, Burns es un periodista sin escrúpulos que haría cualquier cosa para conseguir una exclusiva.

La mentira no le parece un vicio, sino el recurso legítimo de un periodista ambicioso. No le quita el sueño divulgar calumnias, arruinar vidas o alimentar la discordia. Se le puede acusar de muchas cosas, pero no de ser un hombre con dos caras diferentes. En su vida privada, es tan granuja como en su trabajo.

En la versión de Howard Hawks, que se estrenó en 1940 y que en España se tituló Luna nueva, Burns recurre a toda clase de artimañas para conservar a Hildy Johnson, su exredactora y exesposa, una bella y temperamental Rosalind Russell. El título original del film es His Girl Friday, que puede traducirse como "su mano derecha", "su asistente personal" o "su ayudante para todo". A su manera, Burns quiere a Hildy, pero no es un amor romántico y puro, sino un afecto inspirado por la certeza de que jamás encontrará mejor socio.

Hildy es aguda, ingeniosa, inteligente, intuitiva y valiente. Además, es atractiva y no se deja intimidar. Aparentemente, antepone su felicidad personal a su trabajo, pero en el fondo está tan atrapada por el veneno del periodismo que casi sin darse cuenta renunciará a sus planes de casarse con Bruce Baldwin (Ralph Bellamy), un ingenuo vendedor de seguros, para volver con Burns y seguir escribiendo para The Morning Post.

Hawks desliza en la trama temas como la igualdad de la mujer, la batalla entre los sexos, el sensacionalismo periodístico, la corrupción política, la paranoia anticomunista y la pena de muerte. Aunque se trata de una screwball comedy (una expresión que podemos traducir como comedia alocada o enredo frenético), la acción escarba en la naturaleza humana y sus conclusiones no son muy esperanzadoras. Nuestra especie ha desarrollado sentimientos como la compasión y la integridad, pero se trata de conductas excepcionales.

Casi todos los individuos son egoístas, chismosos, insensibles, hipócritas, cobardes y oportunistas. La inminente ejecución de un hombre solo despierta una curiosidad morbosa. Salvo Hildy y una prostituta, nadie se preocupa por el reo y, menos aún por su víctima, un policía al que se utiliza como pretexto para justificar un ahorcamiento concebido como un espectáculo.

El alcalde y el sheriff quieren aprovechar el caso para renovar sus cargos. Saben que la opinión pública apoya la pena de muerte y están dispuestos a ocultar pruebas exculpatorias para satisfacer el anhelo de sangre.

Los periodistas son especialmente despiadados. Pellizcarían a un niño o le quitarían su juguete favorito para hacerle llorar y captar la imagen

Hawks no deja títere con cabeza. Los políticos son buitres sin entrañas. Los policías casi siempre sucumben al anzuelo del soborno. La gente corriente concibe las vidas ajenas como un entretenimiento y agradece cualquier noticia truculenta que les saque de su rutina, sin importarle el sufrimiento de los otros. Los periodistas son especialmente despiadados. Pellizcarían a un niño o le quitarían su juguete favorito para hacerle llorar y captar la imagen.

Los reporteros que cubren la ejecución de Earl Williams (John Qualen), un tímido contable condenado a la horca por el asesinato de un policía afroamericano, bromean sobre las últimas horas del reo. No descartan que haya sufrido alguna forma de enajenación transitoria, pero no quieren que un indulto de última hora acabe con una noticia especialmente jugosa. Una ejecución siempre es una primera plana.

Billy Wilder no se muestra más optimista en Primera plana, la tercera versión de la obra de teatro de Ben Hecht y Charles MacArthur, que se adaptó al cine por primera vez en 1931 bajo la dirección de Lewis Milestone con el título Un gran reportaje. Walter Matthau es más canalla que Cary Grant. Carece del glamur de un galán del Hollywood clásico y no juega a ser simpático o arrebatador. Con cara de sabueso y ojos maliciosos, no es un ex marido que en el fondo aún ama a su ex mujer, sino un director de periódico que recurre a las argucias más sucias para retener a su mejor redactor.

Wilder convirtió a Hildy en un hombre y le asignó el papel a Jack Lemmon. A diferencia del personaje interpretado por Rosalind Russell, su sentido de la ética es mucho más débil. Hildy pretende casarse con Peggy Grant, una muchacha muy formal encarnada por una joven Susan Sarandon. Está harto de dormir en hoteles de mala muerte y husmear en callejones, buscando una noticia escandalosa. Se parece a Burns, pero no es tan cínico y desalmado. No sería capaz de inventarse que su jefe es un exhibicionista para destrozar su vida sentimental.

Burns posee un instinto infalible como periodista. Nunca ha ignorado que el titular y las primeras líneas son lo fundamental. Casi nadie llega hasta el final del artículo. La mayoría ni siquiera pasa del primer párrafo. Lo que mueve a los lectores no es la voluntad de comprender, sino el deseo de entretenimiento. De ahí que les interese más la liga de béisbol o la vida de los pingüinos que un terremoto en Nicaragua con cien mil víctimas. Burns no pretende ser justo, respetuoso o ecuánime.

Disfruta incomodando y destruyendo reputaciones. Es capaz de introducir una noticia sobre el director del FBI en la sección de esquelas o revelar que el alcalde frecuenta un burdel chino en vísperas de las elecciones. Al observar la forma de actuar de Hildy y Burns, Peggy se pregunta si todos los periodistas están sonados. Mollie Malloy (Carol Burnett), la prostituta enamorada de Earl Williams (Austin Pendleton), es menos indulgente. Desde su punto de vista, los periodistas no son unos locos, sino unos canallas.

¿Es Walter Burns un fiel retrato de los directores de periódicos? ¿Se puede decir que Hildy Johnson representa al redactor medio? Desgraciadamente, la prensa cada vez es más sensacionalista y sesgada. La orientación ideológica prevalece sobre el compromiso con la verdad. Y muchos periodistas deforman sistemáticamente los hechos para conseguir un buen titular. Este panorama está contribuyendo de forma decisiva a la degradación de la vida democrática y el ascenso del populismo.

Hannah Arendt ya advirtió que el éxito del totalitarismo se basa en su capacidad de reemplazar la verdad por mentiras reiteradas y adornadas con una retórica sugestiva. Cuando la opinión pública ya no logra distinguir la verdad de la mentira, el ciudadano pierde la posibilidad de orientarse en el mundo mediante una brújula moral.

El periodista no es esa brújula, pues puede equivocarse, como le sucedió a Hannah Arendt cuando en 1959 publicó un artículo titulado "Reflexiones sobre Little Rock", criticando al gobierno de Estados Unidos por utilizar la ley para poner fin a la segregación racial en las escuelas. Arendt se oponía a la discriminación racial, pero consideraba que los clubes, los vecindarios y las escuelas eran espacios privados donde las personas deberían poder elegir libremente con quién relacionarse. Años más tarde, Arendt admitió que se había equivocado.

La opinión de un periodista no es infalible, pero la columna vertebral de su profesión es la determinación de decir siempre la verdad. Los Walter Burns de hoy se parecen mucho al personaje creado por Ben Hecht y Charles MacArthur. Sin embargo, su forma de actuar no brota de una perversidad innata, sino de las exigencias del público. "¿A quién le importa la verdad? Lo que la gente quiere es una historia que devore con el desayuno", exclama Burns.

Mientras el ser humano no aprenda a reprimir sus pasiones más insanas, el sensacionalismo, la manipulación y la mentira seguirán contaminando el periodismo e impidiendo que surjan más voces como la de Manuel Chaves Nogales, cuya cruzada contra el odio y la estupidez le atrajo la ira de reaccionarios y revolucionarios. No cabe sorprenderse. Desde Sócrates, cultivar la honestidad solo garantiza una interminable sucesión de disgustos.