Los escritores Franz Kafka, J. M. Coetzee (foto: Gustavo Valiente / Europa Press) y León Tolstói.

Los escritores Franz Kafka, J. M. Coetzee (foto: Gustavo Valiente / Europa Press) y León Tolstói.

Entreclásicos

De vuelta al Edén: los escritores que aman a los animales

"Los mataderos son el Treblinka de los animales", escribió Coetzee. Como él, Schopenhauer, Tolstói, Kafka, Kundera o Sigrid Nunez manifestaron su repulsa ante la violencia contra el reino animal.

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Desconfío de las personas a las que no les gustan los perros, los gatos y, en general, los animales. Desprecio a los que afirman que los animales no tienen derechos, pues carecen de deberes. Un recién nacido o un enfermo de alzhéimer no pueden asumir ningún deber y nadie sensato cuestiona su derecho a la vida y la dignidad.

Los que utilizan el manido argumento de los derechos y los deberes en realidad quieren decir que solo los humanos tienen derechos, con independencia de su estado. Ese argumento no está muy alejado del racismo, que despoja de derechos a determinados colectivos por su peculiaridad biológica.

El especismo, que solo reconoce derechos en el género humano, ha convertido la Tierra en el infierno de los animales. Así lo ha advertido Yuval Noah Harari, que en Sapiens. De animales a dioses escribe: “Durante los dos últimos siglos hemos sometido a decenas de millones de animales a un régimen de explotación industrial caracterizado por una crueldad sin precedentes en los anales del planeta tierra. Si solo aceptamos un 10 % de lo que reivindican los activistas de los animales, la ganadería industrial moderna podría considerarse el peor crimen de la historia”.

El nobel sudafricano John M. Coetzee expuso la misma tesis hace mucho tiempo por medio de su personaje Elizabeth Costello, una escritora imaginaria que protesta por las diferencias que establecemos entre los humanos y los animales para justificar la violencia organizada de las granjas y los mataderos: “¿Qué tiene de especial la forma de conciencia que reconocemos que hace que matar a quien la posee sea un crimen, mientras que matar a un animal quede sin castigo?”.

Si nos remontamos al siglo XIX, descubriremos una perspectiva similar en Schopenhauer, según el cual “la presunción de que los animales no tienen derechos, y la ilusión de que nuestro trato hacia ellos no tiene ningún significado moral, es un ejemplo realmente indignante de brutalidad y crueldad occidental”.

Fernando Savater admira a Schopenhauer, pero al mismo tiempo afirma que hablar de los derechos de los animales es tan absurdo como hablar de los derechos del triángulo isósceles. Creo que la mejor respuesta a esta imbecilidad ya la formuló Schopenhauer: “El olvido intencional en el que los moralistas han puesto a los animales es bien conocido por todos, pero si hablamos de moral, no tener consideración por los animales es una doctrina repugnante, grosera y llena de barbaridades”.

Savater, cada vez más aficionado a molestar y provocar, ha llegado a decir que Pedro Varela, el librero neonazi que pasó un tiempo en prisión por negar la Shoah, era un preso político. Esa falacia sugiere que al autor de Ética para Amador, una obrita saturada de banalidades, le cuesta menos minimizar los exabruptos de un admirador de Hitler que manifestar respeto por la vida animal.

Por cierto, se suele decir que Hitler amaba a los animales, pero no es cierto. Antes de suicidarse, probó el cianuro con su perrita Blondi y sus cachorros y, en los años de apogeo del Reich, obligó a los judíos a sacrificar a sus animales domésticos, argumentando que estaban contaminados por haber convivido con una raza de “subhumanos”.

Una mala interpretación del Génesis promovió la idea de que los animales fueron creados para servir al hombre, pero lo cierto es que en el Edén original no había violencia y se observaba una dieta vegetariana. Evidentemente, es una fábula, pero con un claro significado moral: matar animales y alimentarse de ellos constituye un mal objetivo. Es una de las consecuencias del pecado original.

El cartesianismo, con su visión del cosmos como una gigantesca máquina, fortaleció la cosificación de los animales y preparó sin advertirlo la rampa de Auschwitz, pues los humanos acabaron sucumbiendo a este planteamiento perverso.

Para el fascismo, uno de los vástagos del capitalismo, todo es una mercancía con un valor variable. Los judíos, los enfermos, los gitanos, los eslavos y, en general, todos los que se desviaban de un supuesto canon de perfección, fueron sacrificados masivamente como animales tras ser cosificados y excluidos de la condición humana.

De hecho, los nazis se inspiraron en los mataderos de Chicago para procesar los cadáveres. No es extraño, por tanto, que se haya repetido en infinidad de ocasiones que los judíos iban a las cámaras de gas como corderos al matadero.

"Los mataderos son el Treblinka de los animales —escribe Coetzee—. Estamos rodeados de una industria de la degradación, la crueldad y la muerte que iguala cualquier cosa de la que fuera capaz el Tercer Reich, incluso la hace palidecer, dado que la nuestra es una industria sin fin, que se autorregenera, que trae al mundo conejos, ratas, aves de corral y ganado con el único propósito de matarlos”.

Coetzee se anticipa a los que justifican la matanza de animales para garantizar la alimentación del ser humano: “Afirmar que Treblinka era, por decirlo de algún modo, una empresa metafísica dedicada exclusivamente a la muerte y la aniquilación, mientras que la industria cárnica está dedicada en última instancia a la vida (una vez sus víctimas han muerto, al fin y al cabo, no se las convierte en ceniza ni se las entierra, sino que, al contrario, se las corta, se las refrigera y se las empaqueta para que puedan ser consumidas en la comodidad de nuestros hogares), serviría de tan poco consuelo a sus víctimas como habría servido (y perdón por el mal gusto de lo que sigue) pedir a las víctimas de Treblinka que perdonaran a sus asesinos porque necesitaban su grasa corporal para hacer jabón y su pelo para rellenar colchones”.

Frente a los que cuestionan el vegetarianismo, Elizabeth Costello responde: “Me pregunta usted por qué me niego a comer carne. A mí me asombra que usted pueda meterse el cadáver de un animal muerto, me asombra que no le dé asco masticar carne cortada y tragarse los jugos de heridas mortales”.

Ernest Hemingway en 1939. Foto: Lloyd Arnold

Ernest Hemingway en 1939. Foto: Lloyd Arnold

Aunque en la república de las letras hay cazadores, como Hemingway, Tolstói o Miguel Delibes, el clamor de los que odian la violencia contra los animales es mucho mayor.

Miguel Delibes reconocía que no podía disparar a un corzo, pues sus ojos eran demasiado humanos y admitía que le costaba rematar a un conejo herido.

Con los años, Tolstói se arrepintió profundamente de haber cazado lobos y liebres en su juventud hasta el extremo de escribir: “El hecho de que los animales sufran y mueran para complacer nuestros apetitos es una de las mayores manchas en la historia de la humanidad”. El escritor ruso llegó a la conclusión de que el vegetarianismo era un imperativo moral ineludible: “Si el hombre busca una vida recta —apuntó—, su primer acto de abstinencia debe ser no lastimar a los animales”.

Hemingway, que mató leones, rinocerontes, leopardos, antílopes, osos, tiburones y otros animales salvajes, admitió que la violencia siempre exigía ir un poco más lejos: “Sin duda, no hay cacería como la caza de hombres, y aquellos que han cazado hombres armados durante el suficiente tiempo y les ha gustado, en realidad nunca se interesarán por nada más”. La espeluznante y reciente noticia sobre safaris humanos en Sarajevo confirma esa teoría. Empresarios aficionados a la caza mayor pagaron grandes sumas por disparar contra civiles. Los niños siempre eran la pieza más codiciada y se pagaba por ellos mucho más que por un adulto.

El respeto a la vida animal es el primer paso para acabar definitivamente con todas las formas de violencia. En la novela El amigo, Sigrid Nunez afirma que el amor a los animales no es un sentimiento impregnado de misantropía, sino un afecto que nos dignifica y nos protege de nuestros peores impulsos. Si alguna vez desapareciera, “nuestra caída hacia la violencia y la barbarie será mucho más veloz”.

Jane Goodall sabía que no es posible “compartir tu vida con un perro o un gato y no saber perfectamente que los animales tienen personalidades, mentes y sentimientos”.

No hay amores de primera y segunda categoría. Como escribió Lamartine, “no tenemos dos corazones, uno para los animales y otro para los humanos. O se tiene un corazón o no se tiene”.

Yo acabo de perder a Vilma, una perrita mestiza de dieciséis años, y Greta, una gatita común de casi veinte. Ambas habían sufrido la devastadora experiencia del abandono. Vilma, con un par de años. Greta, con un par de días.

Las dos nos han aportado cariño, compañía, alegría y esperanza, y nos han mostrado que el ser humano solo conoce la plenitud cuando rompe su aislamiento y se conecta con la naturaleza.

Algún idiota afirmará que solo nos querían porque las alimentábamos, lo cual es obscenamente falso, o subrayará que sus vidas son incomparablemente menos valiosas que las de un ser humano. No creo que sea cierto. El valor de una vida se mide por lo que aporta y un perro o un gato aportan mucho más que un violador, un pederasta, un maltratador o un genocida.

Pertenecer a la especie humana no acredita un valor intrínseco. ¿Alguien puede sostener seriamente que la vida de Eichmann, Stalin o Pinochet poseen más valor que la de un perro o un gato que acompañan a una familia, proporcionando calor y afecto?

Franz Kafka aseguraba que “todo el amor del mundo cabe en la mirada de un perro agradecido”. Milan Kundera completa esta reflexión con un apunte teológico: “Los perros son nuestro vínculo con el paraíso. No conocen la maldad, ni los celos, ni el descontento. Sentarse con un perro en una ladera en una tarde gloriosa es estar de vuelta en el Edén, donde no hacer nada no era aburrido, era paz”.

Algunos no compartirán estas especulaciones, pero un aserto elemental de Kundera desarma cualquier objeción: “El verdadero examen moral de la humanidad consiste en su actitud hacia aquellos que están a su merced: los animales”.

Escribo estas líneas abrumado por el dolor de las pérdidas, pero pienso que Vilma, Greta y otros muchos animales que han pasado por mi vida me han permitido atisbar ese Edén del que habla el libro de Isaías, donde el león y el cordero caminarán juntos y un niño será su pastor.

Nadie ha visto el paraíso, pero intuyo que será un lugar así, donde no habrá crueldad ni miedo, sino paz y ternura. Espero reencontrarme allí con todas las criaturas que me han salvado de tantas cosas, enseñándome que la raíz de la existencia no está hecha de odio, sino de amor y delicadeza.